Yo, en cambio, soy el retrato de la decadencia. Llevo unos pantalones cortos de algodón gris desgastado y una camiseta de tirantes que ha visto tiempos mejores; mi cabello es un nido de pájaros enredado y estoy segura de que tengo restos de rímel corrido bajo los ojos, haciéndome parecer un mapache moribundo. La diferencia entre su perfección hollywoodense y mi miseria inmigrante es tan hiriente, tan cruda en este pasillo estrecho, que me dan ganas de cerrar la puerta en su cara y gritar hasta quedarme sin voz. —¿Qué haces aquí? —inquiero en un susurro, mi voz todavía rasposa, seca, sin ninguna inflexión de cariño. —¿Me invitas a pasar? —espeta él con una sonrisa ligera, una de esas sonrisas que normalmente derretirían cualquier resistencia en mí, que me harían olvidar el mundo. Pero hoy

