Él se gira lentamente, dejando la bolsa de comida sobre la encimera. Se frota la nuca, un gesto que delata su propia tensión oculta. —Relájate, Stella —dice con esa calma exasperante del hombre que está acostumbrado a controlar las situaciones—. El callejón estaba vacío. Nadie me ha visto. He sido cuidadoso. Se detiene a escasos centímetros de mí. Su cercanía me quema. Intenta rodearme con su brazo, buscar ese contacto físico que últimamente se ha llegado a sentir normal, una cercanía que nos reconecta en medio del caos. Es su forma de decir "estoy aquí". Pero me alejo con cara de mala leche, esquivando su toque como si su mano fuera fuego. Él se queda con el brazo en el aire, y su expresión cambia instantáneamente de la confusión a una sospecha fría, afilada. —Creo que tuviste una noc

