Me quedo mirándola, sintiendo el peso de la corona que yo mismo me puse. Pienso bien mis palabras. Mi mente viaja por un segundo a la cocina, a la autenticidad de Stella discutiendo por un trozo de pan, y luego vuelvo a la sofisticación plástica de la mujer que tengo encima. Pero soy muy cuidadoso intentando darle una salida o solución práctica. —Podemos retrasar la boda un par de semanas más, después de tu viaje a Aspen —sugiero con calma. Audrey se tensa tanto que parece que va a romperse. Me mira como si acabara de perder la cabeza. —¡Claro que no! —exclama, con expresión indignada—. Mi vestido ya está casi listo, los invitados de la lista ya han confirmado y solo tenemos pendientes asuntos de la decoración y detalles que podemos solucionar sin problema. Seré la señora Sterling el dí

