—Gracias por eso, Lynette —digo, tratando de que mi voz no suene tan hueca. Pero entonces, la pregunta que me había estado quemando la lengua desde que respondí la llamada sale antes de que pudiera detenerla—. ¿Ella ya llegó a casa? Hay un silencio breve, uno de esos silencios que Lynette maneja con una diplomacia impecable. —No, no ha llegado todavía, señor. —Entiendo. Gracias, Lynette —murmuro y cuelgo sin esperar más. Guardo el teléfono con un movimiento brusco. No quiero pensar en Stella. Menos que mi mente regrese a nuestra última noche compartida, en la calidez de su piel o en la forma en que su cuerpo se ajustaba al mío como si estuviéramos hechos del mismo molde. Me había pasado el día entero tratando de convencerme de que poner distancia esta mañana había sido un acto de cabal

