Me quedo mirándolo mientras se aleja por el pasillo, dejándome en una cocina que de repente se siente demasiado pequeña. El silencio que queda es pesado y asfixiante. —Hijo de... —Susurro entre dientes. No dispuesta a dejar que él tenga la última palabra, me levanto del taburete con una energía que no sabía que tenía esta mañana. La furia me recorre las venas con una necesidad de confrontarlo que no puedo ignorar. Cruzo la cocina y lo alcanzo justo en el salón principal, cerca de la gran escalinata. —¡¿Por qué tienes que comportarte de esa manera?! —inquiero a sus espaldas, con la voz vibrando de indignación. Él se detiene en seco y me mira por encima del hombro, con esa elegancia arrogante que siempre lo envuelve. —¿Me hablas a mí? —¡Sí, te hablo a ti! —replico, plantándome frente a

