—Al menos en lo posible... hemos limpiado —susurro, casi para mí misma—. Pero seré honrada con ustedes. No creo que pueda reabrir La Dolce Vita. Es demasiado dinero. El inspector fue claro: quince mil dólares solo para empezar con la estructura y las multas. Y eso sin contar la reposición de maquinaria en la cocina, la electricidad y el stock. El silencio que sigue es más pesado que el agua que sacamos. Lola posa su mano sobre la mía. Sus dedos son cálidos y están húmedos. Me mira con los ojos inyectados en sangre, producto del cansancio y, sospecho, de haber llorado a escondidas en el baño. —Tengo unos ahorros, Stella... No es mucho, pero si todos ponemos algo... Niego con la cabeza de inmediato, retirando mi mano con suavidad, pero con firmeza. —No, Lola. No. Esos ahorros son para l

