Al verme entrar, deja el guion sobre la laptop y me observa. No hay rastro del hombre que me había cargado en la ducha; ahora vuelve a ser el arquitecto de su propio imperio, calculador y atento. —¿Cómo te sientes? —inquiere, y su voz tiene una suavidad que me desarma más que cualquier grito. —Mejor —respondo, deteniéndome a unos metros de él. Mis manos se esconden en los bolsillos del chándal, buscando algo de calor—. Acabo de comer algo que me dio Lynette... Gracias por preocuparte. Alistair asiente con una cautela casi imperceptible. Me estudia en silencio, notando seguramente que el color ha vuelto a mis mejillas, aunque mis ojos siguen teniendo ese velo de agotamiento. —¿Podemos hablar? —pregunto, sintiendo que, si no suelto lo que tengo dentro ahora mismo, acabará por asfixiarme.

