Y como si lo hubiéramos invocado con el pensamiento, Silas aparece entre la multitud como una exhalación. Viste un traje que grita dinero antiguo y se mueve con esa actitud de dios que camina sobre las aguas, abriéndose paso con una arrogancia natural que solo un productor musical de su calibre puede permitirse. A su edad, Silas sigue pareciendo el líder de una banda de rock que acaba de vender el alma al diablo y ha recibido un buen cambio. —Vaya, mira quién descendió del Olimpo para mezclarse con los mortales —me burlo cuando llega a nuestra altura. Silas suelta una carcajada despreocupada y me rodea el cuello con el brazo en un gesto de camaradería que casi me tira el whisky. Sus ojos verdes se ven algo achispados, brillantes bajo las luces estroboscópicas del lugar. —Digamos que tuv

