Él la rodea por los hombros y le da un abrazo protector, un gesto que Ivy devuelve con una sonrisa radiante antes de separarse y posar sus ojos astutos en mí. Su mirada es amable, pero sé que me está estudiando, analizando el lenguaje corporal entre su hijo y yo con la precisión de un escáner. —Stella, es bueno verte —me saluda. —Igualmente, Ivy. —Stella —Lincoln se adelanta, dándome un asentimiento cortés—. Perdón por venir sin avisar, pero Ivy insistió. Le da una mirada a su esposa por encima de sus gafas de lectura, pero ella ni se inmuta. —Sí, bueno, al menos he traído costillas y no tu gran pesca del día —replica ella, haciendo una seña con el dedo índice para indicar que los peces que Lincoln atrapó recientemente eran, probablemente, del tamaño de un llavero. Alistair y yo termi

