Siento que el corazón me late en los oídos. Ivy está dándome una especie de "permiso", pero cargado de advertencias. —No me parece que Audrey deba ser la engañada —dice, y antes de que yo pueda saltar con una defensa, ella levanta una mano—. Y no me malinterpretes. No es porque ella me agrade, ni por una cuestión de sororidad femenina. Audrey no es ninguna víctima, créeme. Yo veo sus colores, Stella. Ella no me engaña con sus poses de diva y su voz melosa. Ella dirige su propia agenda. Ivy suspira, y por un momento parece agotada por el drama familiar. —El problema es la óptica —explica—. Si todo este enredo sale a la luz antes de tiempo, si la prensa los pilla en todo esto, Audrey va a ser la única víctima ante los ojos del público. La pobre mujer, traicionada por el director estrella

