Capítulo Uno.

1225 Words
Collin. Volver al pueblo donde mi corazón se destruyó es un acto de sumo masoquismo. Es excavar una herida que nunca sanó, por más que una coraza la envolviera. Me duele el alma de solo recordar, de solo pasear por los pasillos del chalet y verla allí, con esa sonrisa que nunca pude eliminar. Me gustaría decir que pude dejarla ir, que el tiempo borra todos los sentires, pero es una vil mentira. Esta tarde, cuando la curiosidad me carcomió y pasé por enfrente de su casa, la tristeza se apoderó de mí al ver el abandono del lugar, la decadencia de la casa que la albergó por años. Un letrero de desalojo me dio la bienvenida, y no pude evitar preguntarme dónde demonios estará. No llegué más lejos, no me atreví a contratar a alguien que la buscara. No por mí, sino por respeto a la mujer que tengo al lado. —El ambiente es hermoso. Clarise me sonríe, pero no es la sonrisa que anhelo, no es la sonrisa que me persigue en mis sueños, llenándome de una dualidad entre amor y odio que jamás pensé sentir. —Sí, cuando era pequeño mis padres me traían todos los domingos. Aprieto su mano, observando el anillo que tiene en el dedo. Estoy comprometido, voy a casarme en menos de un mes. Regresé a este lugar por la maldita tradición familiar de casarse en el chalet, y quiero irme lo más pronto posible. Aunque bueno, no he seguido la tradición al pie de la letra, ya que el anillo en ese dedo no es la reliquia familiar que tendría que haberle dado. No pude hacerlo, no cuando en mis sueños adolescentes sería otra mujer la que lo portaría. —Antes no había cantantes para animar la velada, me parece una muy buena idea. Dicen que es espectacular. Mi padre nos sonríe del otro lado de la mesa, sin embargo, mi madre parece perdida en sus pensamientos. Más tensa de lo normal. Clarise aplaude emocionada. No es una mala mujer, parece ser dulce, aunque a veces en sus ojos hay algo que no puedo comprender. Fue mi madre quien la encontró para mí. De tantas citas que tuve, fue una de las pocas que logró despertar algo de sentimientos en mí. Como era de esperarse, pertenece a una familia pudiente. Para colmo, es la hija de uno de nuestros más grandes inversionistas. Tengo el futuro de la empresa en mis manos, y no debo arruinarlo. —Mamá, ¿todo en orden? Me mira del otro lado de la mesa, sonriéndome con una alegría que no le llega a los ojos. Ha estado así desde que aterrizamos hace dos días. Me pregunto qué demonios le pasa. —Perdida en los recuerdos, nada más. No tengo tiempo a responderle, no cuando el dueño del local anuncia a la cantante. Todos aplaudimos, observando cómo el telón se eleva y las luces se prenden enfocando a la persona que avanza hacia el micrófono. En este preciso instante todo pasa a cámara lenta para mí. El bullicio a mi alrededor se pierde y solo hay silencio, silencio entorpecido por los latidos furiosos de mi corazón. Entra envuelta en un vestido verde oliva, con su cabellera rojo fuego suelta a su alrededor. Parece más una diosa que una mujer. La bebo con los ojos, saciando un hambre que lleva cuatro años acumulándose, observando los cambios que estos cuatro años le han dado. Su cuerpo es más curvilíneo, ya no es una adolescente, se ha transformado en una mujer, una mujer más bella que cualquiera, una mujer a la que mi imaginación no le hacía justicia. Odio y amor se entrelazan en mi interior. Furioso, la fulmino, dolido, odiándome por seguir queriéndola, odiándola por el poder que aún posee en mí. —Auch. Tengo que poner todo de mí para girar la cabeza y observar a Casie. Me mira con el ceño fruncido, intentando liberar su mano del agarre tenaz de la mía. Me disculpo, dándome cuenta que mi otra mano se encuentra en un puño, apretando el mantel con tanta fuerza que, cuando la abro, las arrugas no se van de la tela. —¿Qué te sucede? Hay cierto enfado en su voz. Por un solo segundo, pasa su mirada del escenario a mí nuevamente, y desee con todo mi corazón que no se dé cuenta de la escena que se desarrolla. —Nada. —Giro la cabeza en dirección a mi madre, la cual me mira con una ceja alzada—. ¿Lo sabías? Sus ojos son hielo, y su única respuesta un asentimiento corto, antes de volver la vista al escenario. Furia cruda se acumula en mi interior, furia que crece al escuchar la dulce voz femenina dándonos las buenas noches. No la miro mientras empieza a cantar. Pero es imposible no hacerlo cuando la letra me golpea con fuerza en el maldito corazón, su voz se mete en cada fibra de mi ser, haciéndome recordar tiempos donde era feliz, donde solo pensaba en ella y en nuestro futuro en conjunto. Siento la mirada de mi madre quemando mi rostro, la mirada de mi prometida, pero yo no puedo quitarle los ojos de encima a la encargada de destrozar mi corazón. La odio tanto por lo que me hizo, por lo que nos hizo, pero no puedo dejar de anhelarla, su risa, su cuerpo, cómo me hacía sentir… Sacudo la cabeza, presionando la mandíbula tanto que los dientes me chirrían. Apuro la copa de whisky, haciendo que el ardor me devuelva a la realidad. Soy un hombre a punto de casarse y venir aquí ha sido una puta bajeza por parte de mi madre. ¿Qué demonios pretende? La música se corta más rápido de lo que me gustaría admitir. La voz de la ninfa, cargada de dolor, deja de llegar a mis oídos y me desconcierto ante el anhelo que sacude mi alma. —Nos vamos. No llego a pararme del asiento; la fría mirada de mi madre me mantiene en mi lugar. —No seas maleducado, la cantante está a punto de venir a saludar. Le he pedido a Gustave que la haga venir a nuestra mesa. Sonríe con toda la mezquindad que se ha apoderado de ella desde el momento en que Christopher se fue de este mundo. —¡Me encantaría! Clarise sonríe ansiosa, sin darse cuenta de la lucha de miradas entre mi madre y yo. Mi padre tiene la decencia de carraspear y tomarla del antebrazo. —¿No te parece que es demasiado, mi amor? Ella niega con la cabeza, sin apartar la mirada de mí. —No. Tiene que saber que está fuera de sus límites y no puede volver a acercarse. Furia cruda me sube por la garganta. La fulmino con la mirada, rechinando los dientes. Ella me fue infiel, me dejó; mi madre no tiene nada por lo que preocuparse. No dejaría que se me acerque, que me destroce otra vez como lo hizo. Abro la boca, dispuesto a responderle, pero es tarde. Siento su presencia a mi espalda, los orbes de mi madre mirando en esa dirección, llenándose de oscura satisfacción. Giro la cabeza con lentitud, clavando la mirada en ella. Su sonrisa se tambalea y sus orbes, como platos, se clavan en los míos haciéndome estremecer.
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