Algo que necesitas sacarte de la cabeza

2466 Words
MILA Me despierto a la mañana siguiente en una nube, el tipo de pesadez que se desliza después de interminables horas de sollozos. Todavía con el vestido y el maquillaje de la noche anterior, me tambaleo buscando algo que tenga sentido; mi teléfono, desmaquillador, una taza de café. Mi teléfono aparece primero, lleno de mensajes de preocupación de Asher. Le respondo primero, con los ojos lagañosos mientras escribo mi mensaje con un ojo cerrado. La suciedad sobrante de mi rímel dificulta las cosas. Asher: Me estas asustando, nena. Nunca pierdo la oportunidad de darte las buenas noches. Mila: Me dormí temprano y dormí profundamente. ¡Debí necesitarlo! Asher: Es ese nuevo anillo nuevo, ¿verdad? Demasiado pesado, te cansa. Mila: si, pero aún así voy a necesitar uno nuevo para el día de nuestra boda. Asher: Estoy en ello. ¿Cuál es la gran noticia de anoche? Al menos esta Asher. El punto brillante constante en mi vida. la ligereza y la perspectiva con las que puedo contar. Me había ayudado a levantarme el trasero tantas veces que no puedo contarlas durante la universidad. No quiero ser la chica perpetuamente afligida, sin embargo. No quiero entrar en los detalles de la carta. Solo quiero que este asunto pase desapercibido por un tiempo. Así es como lo había estado tratando desde el principio. Mila: No fue gran cosa. Solo unas preocupaciones estructurales sobre el negocio. No valía la pena la vista al bar en absoluto. Asher: Es porque estás conmigo. Te está rastreando. Probablemente a mi también. La ansiedad regresa, floreciendo en repugnantes zarcillos a través de mi vientre. ¿Mi padre también ha estado leyendo mis mensajes de texto todo el tiempo? Mila: ¿Hora de mi propio plan celular? Asher: Te agregaré al mío. Asher: No, consigamos un nuevo plan. Asher: Para la familia Hamilton. Hablar con Asher me ayuda a despertarme y recuperar algo de claridad. Siguiente orden del día: admirar mi anillo de compromiso. Me lo vuelvo a poner en el dedo, sonriendo mientras voy a baño y me desmaquillo. Después de una ducha rápida y una exfoliación facial, estoy lista para regresar a Los Ángeles. Empaco mis cosas me pongo un suéter holgado y cómodo y unos jeans, me pongo mis zapatos planos favoritos y guardo mis cosas en mi bolso bandolera de Venice Beach, guardando el bolso de diseñador en mi equipaje de mano. Cuando salgo de mi habitación, el olor a huevos y pan tostado flotan en el aire. Encuentro a mis padres en la cocina, donde su cocinera, prepara la comida que huele delicioso. Un perfecto pan tostado con aguacate me espera. –Buenos días a todos– digo, forzando una pequeña sonrisa. Georgia me saluda con más entusiasmo que nadie. –Te ves radiante y hermosa– dice entusiasmada. –Lo son siento exactamente, pero gracias– –Quiero darle un toque fuerte a tu vuelo de hoy, así que nos estamos cargando de grasas buenas. Le pongo un chorrito de salsa de anacarados y chilpotle recién hecha por encima. Los brotes son de rábano y guisantes. –Se ve perfecto– Me deslizo en un taburete alto y frente a la isla central donde Georgia tiene instalada a su estación de desayuno. Mi padre levanta una ceja desde el comedor, donde él y mi madre estan sentados. –¿Te gustaría acompañarnos? – pregunta mi padre. –Si, por supuesto– Mi mirada se posa en los huevos. –¿Puedes servirme un plato de eso tambien? Micro vegetales extra. Y ese anacarado o lo que sea. De hecho, mezclémoslo todo. Georgia hace lo que le pido, entregándome el tazón grande de desayuno. Me uno a mis padres en el comedor y veo signos de interrogación en los ojos de mi madre. –¿Cuándo empezaste a comer huevos? – pregunta. –¿No se me permite comer huevos? – coloco mi servilleta en mi regazo como me habían enseñado. Incluso en un desayuno informal, nuestros cubiertos estan ordenados con precisión, servilletas de tela listas, todo en su lugar. –Pensé que por eso estaban allí– Mi madre frunce los labios y mira a Georgia. Una advertencia para que no se saliera demasiado de la línea, incluso delante del personal pagado. Firmar acuerdos de confidencialidad es una práctica habitual para los empleados de nuestra familia, pero todos sabemos que hablan entre ellos. Ninguna cláusula de confidencialidad puede erradicar los chismes. –Siempre has preferido desayunos más ligeros– mi madre resopla, y su mirada se posa en la humeante taza de té verde que tiene delante, el único desayuno que ha tomado en las últimas dos décadas y media de estar casada con mi padre –No quisiera que te enfermaras en el avión– Parpadeo al ver el glorioso conjunto en mi tazón. Es cierto, no había comido huevos de pequeña. Pero sobre todo se debía a la sugerencia implícita de todo más ligero que mi madre consideraba apropiado para chicas como yo. Solo unas pocas calorías menos que un trastorno alimenticio. –He estado trabajando en una nueva dieta con mi entrenador en Los Ángeles– le digo, lo cual es solo prácticamente cierto. En realidad, es porque mi visita para conocer a los padres adoptivos de Asher en Kentucky hace un año me abrió los ojos a las alegrías de los huevos recién puestos para el desayuno. Me habían bañado en una delicia esponjosa, con queso, de gallina criadas allí mismo. convertida al instante. –Estamos haciendo tres días a la semana desayunos para preparar el entrenamiento de fuerza. –Hm– La cara practicada de leve incredulidad de mi madre podría haber sido un meme. –Suena riguroso– –Ha sido genial. nuevo régimen, nueva yo– bromeo. –Solo no te pongas demasiado musculoso– dice mi madre entre sorbos de té. –No querrás confundir a Dustin– Mis fosas nasales se dilatan mientras me trago las reacciones contrapuestas que amenazan con salir a la superficie. Ni siquiera estoy segura de por dónde empezar. –Madre…yo… ¡Wow! – –¿Qué? – deja el té, parpadeando. Es tan buena jugando la carta de la inocencia después de los comentarios más mordaces. Me aclaro la garganta, clavando el tenedor repetidamente en los huevos. Comentarios como estos me hacen no querer volver nunca a casa. Si no hubiera sido por Asher, no habría venido esta vez. La emoción me oprime la garganta mientras una dolorosa oleada de recuerdos me invade. Siempre me siento así cerca de mis padres. A pesar de todo, mantengo mi rostro neutral. No pueden captar ni un atisbo de emoción o mi padre me perseguiría como abejas a la miel. Porque los defectos de nuestra familia siempre han sido clarísimos: Tom había sido demasiado raro; yo soy demasiado emocional. –No creo que necesites ser tan dramática¬– digo cuando estoy segura de que mi voz no delataría la avalancha de emociones que me han golpeado por dentro. –Son solo literalmente huevos. Por si acaso, me pondré una etiqueta con el nombre de Dustin para que recuerde mi puesto en la empresa– Mi madre resopla, algo entre un gruñido y una risa. Tenía que ser hábil para provocarla más, y eso había dado en el clavo. –¿Tuviste la oportunidad de leer la carta anoche? – pregunta mi padre, con la mirada fija en Georgia mientras se mueve por la cocina. Me trago un bocado de huevo. –Si– Sigue un largo silencio. Sus miradas me arden. –Difícil de leer, como mínimo– añado finalmente y le doy un mordisco a mi tostada de aguacate. El movimiento de mi mano izquierda con el pan tostado llamo la atención de mi madre. Sus pupilas se dilatan mientras su mirada se conecta con el anillo en mi mano. Mierda. Me había olvidado del anillo de compromiso. Mierda, mierda, mierda. Mi ritmo cardiaco se cuadriplico y casi me ahogo con mi pan tostado mientras la tensión aumenta entre nosotros. –Ooh. Cariño. ¿Cuál es el nuevo etilo? – Su sonrisa parece forzada mientras se lleva la taza de té a los labios una vez más. La mirada de mi padre finalmente se posa en el brillante anillo. Me maldigo por el descuido. Maldigo la niebla mental que. me había permitido salir de mi habitación con el anillo a la vista. Había planeado decírselo. Pero no ahora. No inmediatamente después de la carta. No cuando tenía mi plan en marcha. –No me di cuenta de que habías ido de compras mientras estabas aquí– murmura mi padre. –Parece un anillo de compromiso– dice mi madre con tras una risa temblorosa. No puedo mentir sobre esto. –Lo es– Los ojos de mi madre se abren de par en par por un breve instante antes de volver la mirada hacia mi padre. Él se mueve y la silla de madera que cruje. –Georgia, ¿puedes darnos un momento? – pregunta mi padre, con la mirada fija en mí. Una tempestad de salvia del bosque se arremolina allí. –¡Por supuesto! Meteré estas magdalenas en el horno cuando regrese– dice, secándose las manos con una toalla mientras sale obedientemente de la cocina. Mis padres esperan unos momentos después de que Georgia se fue antes de lanzar el ataque. –¿Quién te dio ese anillo? – La voz educada de mi padre no puede ocultar el temblor de ira. –Asher– susurro tan bajo que casi no puedo oírme. –¿Por qué sigues viéndolo? – sisea mi madre, como si Georgia estuviera al acecho a una distancia audible. Abro y cierro la boca varias veces. –Es mi novio. Mi prometido ahora– –Lo que quiere decir– espeta mi padre. –es por lo que tirarías tu futuro por un chico como el– –No estoy tirando mi futuro– respondo, pero mi voz se marchita ante su indignación. –No hay futuro con el– dice mi padre, apretando los dedos en un puño. –Si estas con él, lo habrás tirado todo por la borda. Es tan simple como eso, Mila– –No entiendo por qué lo ves así– susurro. Las lágrimas han regresado, la emoción me aprieta la garganta, y esta vez no es lo suficientemente fuerte como para apartar cualquier rastro. –Es un buen hombre. Está destinado a la grandeza. Él es…– –No es nada– repite mi padre. –Es una broma. Es un capricho pasajero– –Algo que necesitas sacarte de la cabeza– dice mi madre en voz baja. –Que es lo que esas haciendo, ¿verdad? – –No quiero sacarlo de mi cabeza– digo débilmente. No estoy segura de tener la fuerza para soportar esta conversación después del tormento de leer la carta de Tom. Pero esta conversación tiene que suceder. –Quiero casarme con el– Mi padre se ríe amargamente, sacudiendo la cabeza como si hubiera sugerido que quería casarme con un poste de luz. –No lo harás en absoluto– –Lo haré – digo, aunque en voz tan baja que no estoy segura de haberlo dicho realmente. Mi padre se presiona dos dedos en el centro del frente. –Sacarás esto de tu cabeza. Y entonces entrarás en razón– –Ninguna hija mía se va a casar con un ranchero como ese– fárfula mi padre. –Fuiste criada para mejores cosas. No te dimos todo lo que necesitas en bandeja de plata solo para que lo tires todo a la basura en un pedazo de basura sureña como el– Las lágrimas han llegado, y no les importa callarse. Un sollozo me oprime el pecho. –No es basura. Si pudieras conocerlo…– –Se lo suficiente– sisea mi padre. –No tiene nada. No puede ofrecerte nada. ¿Cómo puedes no ver esto, Mila? – –Por favor. Entra en razón– dice mi madre en voz baja, extendiendo la mano para apretarme la muñeca. El gesto maternal se sintió como una reprimenda. Retiro la mano e intento tragarme otro sollozo. El silencio se apodera de mí, eterno que escucho entre los tres. Me cubro la cara con las manos, intentando con todas mis fuerzas recomponerme. –Deja de llorar– dice mi madre después de un momento. –No hay necesidad de ser tan emotiva– Sus palabras fueron tanto una advertencia como una súplica. En esta familia, nunca hubo necesidad de ser emotiva. Ni siquiera cuando mis padres me arrancan el corazón del pecho y me obligan a verme desangrar. Mi instinto es disculparme, calmarme, volver me de piedra como ellos quieren. Y lo intento. Lo intento con todas mis fuerzas. He estado practicando esto toda mi vida. Pero el dolor de lo que han expresado aquí es demasiado grande. Todavía estoy curando las heridas de la carta que Tom que había leído, y ahora quieren que me clave un cuchillo en mi pecho y actúe como si no doliera. –Tienes que hacer lo mejor para tu futuro– continúa mi padre. –No puedes dejar que tus emociones se interpongan. ¿Cómo crees que construimos esta familia a tan altas alturas? No dejando que nuestros corazones lo jodan todo– –Hay un tiempo y un lugar para el amor– interviene mi madre. –Y este no lo es– –Francamente, pensé que te habíamos enseñado algo mejor que eso– solloza mi padre. La decepción en su voz provoca otra oleada de lágrimas que lucho como el demonio por ocultar. –Tal vez deberías irte– dice finalmente mi madre cuando mis intentos de dejar de llorar no tienen éxito. Revisa su reloj. –Puede que llegues tarde. Conrad, llamemos al coche– Mi padre gruñe y saca su teléfono. Respiro entrecortadamente, secándome los ojos con la servilleta. Mi madre chasquea la lengua. –Estás manchando las servilletas con rímel– Dejo la servilleta y me paso los dedos por las mejillas. Esta conversación está lejos de terminar, pero por ahora no saldrá nada más. –Voy a buscar mis cosas– –El coche llegará enseguida– anuncia mi padre, tan despreocupadamente como si acabáramos de terminar una reunión de negocios. Asiento, disculpándome para volver a mi habitación y poder recomponerme, respirando profunda y purificadoramente. Pero la verdad es que nada me limpiará por completo del asco y el desdén que habían emanado de ellos. Detestan a Asher porque no es su tipo. No es su tipo de personas ni su tipo de dinero. Y ninguna cantidad de tiempo, lágrimas o conversación nos ayudaría a encontrar un punto en común.
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