Al despertar, todo había cambiado. La familia de mi hija ya no estaba en el continente. Se habían marchado lejos con el exnovio de Isabel Castellán y sus amigos. ―¡No puedo creer que los hayas dejado ir! ―repliqué una vez más, Mala’ikan aceptaba mis exabruptos con gran paciencia, debo admitir. ―Así debía ser ―respondió sin alterarse. ―¿Y qué pasará con mi hija? ―Ella regresará. ―Sí, pero ¿cuándo? Ellos no estarán aquí para recibirla. ―¿Y quién te dijo que ella podía nacer solo en esta tierra? ―Ella siempre ha vuelto aquí. Sonrió y negó con la cabeza. ―El mundo se está expandiendo, Medonte. La vida está cambiando. Tú tendrás que cambiar. Es más, ya no podrás seguir andando por ahí, como si te valiera nada la opinión de los demás. Ahora las reglas del mundo cambiaron. Debes

