Todos los prisioneros habían sido desembarcados en esa astroestación en las lanzaderas de los cilindros volantes y, enseguida, habían sido recluidos en zonas restringidas en la oficina portuaria de seguridad pública. Sin embargo, mientras la casi totalidad de la tripulación del navío 22 y todo el pelotón de asalto permanecían aislados, en poco menos de media hora la comandante Margherita Ferraris, el capitán Marius Blanchin, el ingeniero jefe capitán Spiridion Kavafis y el equipo científico, incluido el médico de a bordo Gorgo, habían sido conducidos por una guardia armada a Río de Janeiro, donde, como les había dicho el jefe de su escolta, tenía su sede el gobierno mundial. Allí les habían llevado al palacio presidencial y conducido a un enorme salón, en cuyo fondo, a unos cincuenta metr

