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2306 Words
-Gracias por tus labios. Espero que mi beso te haya gustado tanto como a mi.- escribió Martín en la soledad de su habitación, mientras su piel se encendía con tal solo recordar la forma en que había recorrido aquel cuerpo fuerte y adictivo. -Tampoco tengo con qué comparar.- escribió Munay sin molestarse en ocultar el rubor de tus mejillas, ya que estaba en la serenidad de su habitación, sola. Martin se incorporó en su cama con perplejidad. Había sido su primer beso, eso ponía las cosas en otra escala. Si ella nunca había besado a nadie, de seguro tampoco… pensó llevando sus manos a su cabello para tocarlo y aclarar sus ideas. Se había sentido capaz de hacerle el amor en ese mismo momento, de no ser por los pasos de la tía Frida subiendo la escalera, la hubiera tomado allí mismo. Hubiera sido un encuentro desesperado, uno corto pero intenso, uno que sin dudas hubiera sido satisfactorio, al menos para él, ¿pero para ella? No sabía muy bien por qué pero ahora que conocía su falta de experiencia tenía la necesidad de que fuera algo inolvidable. No podía darle algo veloz, algo desesperado, algo pasajero, aunque fuera lo que siempre hacía. No con ella. No terminaba de encontrar la razón, pero ella parecía diferente, no en lo obvio, estaban a la vista sus diferencias físicas, pero no pensaba en ello, de hecho eso era tan atractivo a sus ojos que ni siquiera se parecía a un problema. El problema era hacerlo bien, demostrarle que en verdad deseaba mucho hacerlo, que había disfrutado de su beso pero que quería que ella se sintiera igual. Todo era nuevo para él, nunca había pensado tanto al respecto, solía satisfacer sus necesidades, recorrer el camino que sabía que lo llevaba al final esperado y seguir adelante. Pero ahora estaba abrumado, ¿y si ella no había querido hacerlo? Recordaba que no lo había tocado, recordaba que casi no había movido su cuerpo, a lo mejor se había precipitado en creer que ella quería besarlo. Si antes estaba en el cielo, ahora había caído sin paracaídas y eso comenzaba a molestarle. No era agradable tener tantas preguntas en la mente, no cuando todas peleaban con el deseo creciente de volver a tener sus labios. -Hablamos mañana. - escribió arrepintiéndose al instante. Munay leyó la línea y dejó el celular sobre la cama tomando una almohada para ahogar su grito en ella. ¡Qué rabia tenía! Lo había arruinado, ¿por qué le había dicho que había sido su primer beso? , lo había alejado, lo había asustado, eso era evidente. Si había soñado con la posibilidad de repetirlo ahora estaba segura de que era imposible. Con lágrimas en los ojos y su mente hecha un remolino, logró dormirse. Pero al día siguiente, lo que creyó olvidado regresó y se tradujo en largos minutos frente al espejo. Quería verse bien, aunque en su mente no entendía lo que había visto en ella, ya no era su imaginación, Él la había besado, él había querido y solo deseaba que quisiera volver a hacerlo. Llegó al camino de la entrada y volvió a mirar su teléfono, había cambiado la foto de la pantalla por una que ofrecía el dispositivo, no quería ofrecer motivos para despertar sospechas, pero su decepción creció al notar que no había mensajes. Avanzó de todos modos, había pasado cientos de días caminando por allí, no tenía por qué sentirse nerviosa. Llegó al edificio principal y las risas de Ofelia y sus amigas lograron que su mirada se desvíe. Se reía mientras enroscaba su cabello en su lapicera de colores. Era tan alta, tan delgada y tan.. blanca que los sueños de la noche decidieron alzar el telón para demostrar que eso era todo lo que eran: sueños. Avanzó hasta su casillero con los ojos tristes y por fin oyó su voz. Hablaba con sus compañeros de equipo, risas estridentes y exageradas demostraron que estaban exultantes y cuando por fin cerró la puerta de su casillero lo vio. Tenía su cabello cayendo sobre su frente, las mejillas arrugadas por la mueca de sus labios y sus brazos relajados a los lados del cuerpo mientras apoyaba su hombro en la pared. Era la mismísima imagen de un capitán de equipo, todos los clichés de las películas parecían haber sido obtenidos de su figura pero cuando desvió su vista y por fin la vio, todo ese atractivo se desvaneció. Munay apenas había comenzado a alzar su mano, tenía intenciones de hacerle un gesto con sus dedos a modo de saludo pero el terror en sus ojos la llevó a interrumpir su movimiento. No quería que lo saludara, mucho menos que se acercara o que intentara hablarle. Y lo confirmó cuando bajó su vista y giró su cuerpo para darle la espalda. Sin querer hacer el ridículo se apresuró a escapar. Necesitaba dejar ese pasillo, ese colegio, esa vida, lo antes posible. El enojo, la impotencia y el dolor se habían apoderado de su cuerpo y aunque quería correr, solo pudo regresar a sus rincones invisibles. Se salteó la primera clase, la única que compartía con él ese día y con el correr de las horas su furia pareció ir en descenso. No había hecho nada malo, repasaba lo ocurrido y estaba segura de que ella no había buscado nada de lo sucedido. No entendía lo que había cambiado en Martin, pero no quería pasar su vida preguntándose, por eso por la tarde, cuando casi acababan las clase tomó su teléfono y tecleó -Te comparto lo del torneo, ya está listo. Si no se te ocurrió nada para sortear, no queda nada por hacer. Chau.- Y esa última palabra golpeó a Martin de tal manera que se levantó con prisa, abandonando el aula, a pesar del llamado de la profesora. ¿Qué había hecho? ¿Por qué se había comportado de esa manera? Había estado pensando en ella toda la noche, todo el día y sin embargo en el único momento en el que había tenido la posibilidad de acercarse, se había sentido expuesto. La carga social de ser el capitán, el que siempre tenía las mejores respuestas, las mejores chicas, las mejores salidas lo había llevado a ofenderla. ¿Por qué no la había seguido? ¿Por qué no le había dicho que se moría por volver a hablar con ella? ¿Por qué no le había escrito cuando en verdad lo había hecho en miles de oportunidades borrando los mensajes luego?. Ahora ella había dicho chau, había sido más valiente, había querido sacárselo de encima y él solo podía pensar en buscarla. -Hola.- le dijo a Pilar al verla salir del aula, en el que se suponía que debía estar Munay. -¿La viste a Munay?- le pregunto frente a su mirada de sorpresa. El nunca le había hablado antes y la joven se sentía cohibida. -Se fue a la biblioteca.- le respondió obligándose a superar la sorpresa y él esbozó un gracias mientras se alejaba con prisa en la dirección indicada. Entró al edificio y la puerta lo anunció golpeándose a su paso. -Señor, tenga cuidado.- le recriminó la secretaria. Lo cierto era que nunca había estado en ese edificio, la biblioteca nunca le había llamado la atención, siempre conseguía apuntes para los exámenes y con eso le bastaba. Las miradas de los estudiantes sentados en las mesas de estudio lo observaron con desagrado. Se sentía como un mono en un zoológico, expuesto, ajeno, fuente de miradas incrédulas. Pero él no se amedrentaba, infló su pecho y se acomodó su mochila en el hombro. Volvió a recorrer el lugar con su vista, los curiosos habían regresado a sus libros, al parecer ellos eran más interesantes que el intruso, pero no la vio. Sacó su teléfono y la misma secretaría entrada en años alzó su mano para señalarlo. -No están permitidos.- le dijo sin siquiera molestarse en sonar amable y él no tuvo más remedio que guardarlo, pero cuando estaba a punto de desistir oyó su voz. -Creo que en la sección B, de nada.- dijo Munay y él siguió el sonido de su voz para descubrirla en uno de los pasillos, había alzado su mano para señalar otro sector y el jovencito al que le hablaba sonrió mientras se alejaba. Martin se acercó silencioso y cuando estuvo detrás de ella, colocó sus manos en su cintura de manera posesiva. Había perdido todo el temor y nerviosismo con solo verla. Quería recuperar su risa, sus comentarios divertidos, sus labios. -Hola.- le dijo y ella se sobresaltó emitiendo un ligero grito que quiso ocultar con su mano sobre su boca. -Perdón, no quería asustarte.- agregó Martin y un shhh se oyó desde el otro lado del pasillo. Munay lo miró y, sin saber cómo, todo su enfado se evaporó en menos de un segundo. Sus labios se curvaron hacia arriba con gracia mientras él la imitaba. Ella cruzó su dedo índice sobre su boca indicando que hiciera silencio y giró para comenzar a caminar. Martín no podía evitar sonreír, la siguió estudiando su andar y el motivo por que cual le gustaba tanto volvió a hacerse evidente. Pasaron varios pasillos hasta uno más alejado, que hacía una L y ella por fin giró. Ya no sonreía. -¿Qué necesitas?- le preguntó en un susurro, estaban más lejos pero tampoco podían subir el tono. Entonces él no dudó. Se abalanzó sobre su cuerpo, volviendo a besar sus labios. Atrapó su cintura entre sus brazos y acercó su cuerpo que no tardó en reaccionar ante el ansiado contacto. El movimiento fue tan repentino que ella ni siquiera pudo evitarlo, pero otra vez no se animó a tocarlo. Se quedó quieta, disfrutando de ese beso que cada vez se profundizaba más mientras todo su abdomen parecía haber entrado en ebullición. No entendía lo que sentía pero era avasallante, imparable y demasiado delicioso. Martin había cerrado sus ojos, sus dedos acariciaban su espalda y sus brazos intentaban acercarla más, si es que era posible. Pero entonces notó que ella no lo tocaba. De nuevo estaba quieta, lo besaba con devoción, invitándolo a la luna pero no lo abrazaba, ni siquiera una caricia y sin querer forzarla se alejó lentamente. -¿Estás bien?- le preguntó, liberando sus labios pero no así su cintura. Munay alzó sus ojos y apretó los labios. Era tan inocente que Martin comenzó a aflojar la fuerza de sus abrazos. Si ella no quería, no podía hacerlo, pensó, pero entonces la vio asentir. Estaban moviendo su cabeza de arriba abajo y eso lo hizo sonreír. -Creí que te habías arrepentido.- le confesó haciendo que él alzara sus cejas con incredulidad. -No me mires así, hoy iba a saludarte y vos..-comenzó a decir pero él volvió al ataque. Cubrió su labios con un beso, menos profundo pero igual de eficiente. -No digas eso, hoy fui un tarado.- le dijo al separarse y ella sonrió. -No se, Muny, con vos es todo ... nuevo. Es como si hubieras logrado destruir todo lo que creía que sabía. Ayer me dijiste que había sido tu primer beso y me asusté, no porque no lo deseara, sino porque en verdad quería haberlo hecho bien. Me gustas, me gustas mucho.- le dijo y la que comenzó entonces fue ella. Esta vez enredó sus brazos alrededor de su cuello y comenzó a besarlo, mientras él se deleitaba con gozo. Acariciaba su cabello, mientras recorría su boca, por fin se había animado y el resultado era aún mejor. Martín tiró del borde inferior de la camisa para introducir sus manos debajo de la prenda y acariciando su espalda sus manos traviesas continuaron hasta adelante. Entonces ella suspiró excitada, aquel beso, aquella forma de acariciarla, aquel enriedo de manos la estaban llevando a la luna. Con un movimiento lento él la apoyó contra la única pared libre y entonces su excitación creciente presionó su bajo vientre desencadenando un cosquilleo tan inesperado como irresistible. Munay se asustó, no quería detenerse, pero sabía que no podía continuar. -Esperá.- dijo entre respiración y respiración y él no tuvo más remedio que hacerle caso. -Si, si, no es el lugar adecuado.- dijo él tomando distancia mientras acomodaba su cabello con sus manos. Munay se acomodó la ropa mientras la risa quería escapar de sus labios y al verla, él la imitó. -Tengo práctica ahora, pero si me esperás me gustaría llevarte a tu casa.- le dijo sin quitarle los ojos encima, una nueva necesidad de aprender su cuerpo de memoria lo había conquistado y ya no quería luchar contra ella. -Creo que mejor me vuelvo ahora, mi tia.. Bueno, ya sabes. - le dijo bajando su vista, pero él volvió a acercarse -Por favor.- suplicó para luego volver a besar sus labios y ella negó con su cabeza mientras suspiraba. -¿Mañana?- le preguntó ansioso. -Machu, yo no sé si esto… no se que esperas de mí, pero yo..- comenzó a decirle y él se acercó aún más tomando sus mejillas entre sus manos. -Muny, hoy fui un tarado ya te lo dije, si necesitas que grite a los cuatro vientos lo mucho que me gustas lo hago, pero si a vos te gusto tanto como vos a mi, no me alejes, por favor.- le dijo en un tono que nunca antes había utilizado, como si su vida dependiera de ello. Entonces ella volvió a sonreír. -Está bien, te espero. Pero no le grites nada a nadie, prefiero seguir siendo la alumna invisible, no estoy preparada para la exposición.- le pidió y él sonrió victorioso. -Ok, lo que vos digas.- le dijo depositando un nuevo beso en sus labios, para luego alejarse con prisa, porque ahora sabía que si demoraba un segundo más ya no iba a ser capaz de hacerlo.
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