El silencio contrastaba de manera insolente con el recuerdo del bullicio de los alumnos que llenaba cada rincón más temprano. El colegio después de hora tenía la habilidad de convertirse en un museo y si bien Munay solía aprovecharlo para estudiar, esa tarde estaba particularmente nerviosa.
No podía creer su suerte, llevaba cuatro años siendo invisible, sin socializar, sin darse a conocer y desde esa mañana de lo único que se hablaba en los pasillos era su castigo junto a Martin. Ni siquiera tenía la certeza de que conocieran su nombre y ahora todos parecían hacerlo. Alumnos de todos los años se le habían acercado y aunque en su mayorìa querían saber de Martin, le obligaban a mantener esa odiosa conversación de camaradería que siempre había evitado.
“No es para tanto” “No fue tan grave” “Es mas lo que se dice” “Ni siquiera lo conozco” ella respondió con aquellas frases intentando evadir nuevas preguntas, pero el hecho de haberse vuelto el centro de atención ya la incomodaba.
Miró su reloj por tercera vez. Hacía ya una hora que las clases habían terminado y si no recordaba mal, Martin le había dicho que la verìa allí. Tomó el último sorbo de su café y cuando estaba dispuesta a abandonar el lugar su voz volvió a sorprenderla.
-¿No me pediste uno?- le dijo señalando el vaso de cartòn vacío y ella alzò sus ojos para mirarlo. Llevaba el cabello mojado y una remera deportiva que marcaba sus musculosos brazos sin escrúpulos.
-Llegas tarde.- le respondió intentando obviar el hecho de que estaba demasiado atractivo.
-No te dije hora ¿Como puedo estar tarde?- le respondió èl tirando su bolso en el suelo para sentarse frente a ella.
Munay puso sus ojos en blanco y comenzó a buscar en su mochila, tomando una cinta improvisada que evitaba que los libros se cayeran.
-Me podrías haber avisado que primero ibas a nadar.- le dijo sin mirarlo. Él tenía sus ojos clavados en aquel viejo bolso desteñido y cocido en varios lugares.
-Bueno, no importa, acá tengo lo que tenemos que hacer, podemos dividirnos las tareas.- le dijo, mientras el seguía mirando su bolso.
-¿Qué pasa? ¿Te molesta que no sea Jansport?- le dijo irónicamente, con un poco más de altanería de la que le hubiera gustado .
-Me sorprende que te entren tantos libros. ¿Sabes que existe el formato digital, no?- le dijo imitando su tono y ella negò con su cabeza.
-No creo que valga la pena discutir eso ahora, ¿vamos a lo nuestro?- dijo y Martin arrugó sus labios con provocación, de repente “ lo nuestro” comenzaba a tener otras connotaciones en su mente.
Munay lo mirò y con solo imaginar lo que podìa estar pensando sus mejillas se tornaron de un rosado que intentò disimular pasando tus manos por ellas.
-Fijate si te parece bien.- dijo cerrando sus ojos para volver a respirar con tranquilidad. ¿qué le pasaba? Era Martin de Alzaga, alguien inalcanzable, alguien diferente, alguien que nunca se fijaría en una chica como ella.
Martin tenía sus ojos en el papel que ella le había dado, intentaba leer, pero su mente lo llevaba a estudiarla con disimulo. Tenìa el cabello peinado hacia atrás y su piel se mostraba firme dibujando unas líneas luminosas en su angulosos pómulos que la hacían ver enigmática, sus ojos rasgados pestañaron mientras sus labios carnosos hacían muecas disuasivas, como si no quisieran separarse para demostrar lo apetecibles que sabían. Nunca había visto a nadie como ella, no se parecía a ninguna de las chicas que conocía y de repente se convirtió en alguien que no quería dejar de mirar.
Sus miradas se cruzaron en una sentencia de segundos y él estiró los papeles para disimular.
-¿Hiciste todo esto en una hora?- le preguntò sin querer explicar porque llevaba tantos minutos analizándola.
-No es tanto. ¿Te parece bien?- le dijo ella sacándole los papeles de la mano para olvidar ese caprichoso pensamiento en el que él la miraba y ella sonreía.
-El Form para inscribirse me parece bien, las donaciones a través de las redes también, pero creo que tenemos que organizar algo más… en vivo.-dijo echándose para atrás mientras estiraba sus brazos por encima de su cabeza y su remera se alzaba presumiendo su trabajado abdomen.
Munay esquivò su mirada mientras buscaba cualquier otra cosa para entretenerse.
-¿En vivo?- le preguntò
-Si, un acto, una fiesta, algo que los convoque, es más fácil quitarle la plata a la gente cuando está de buen humor.- le dijo orgulloso de su reflexiòn, pero lejos de admirarlo ella se rio.
-¿Qué te causa gracia?-le preguntò dolido, había esbozado su mejor argumento y ella lo encontraba irrisorio.
-Nada. Está bien, hagamos algo. No sé que se acostumbra acá, en mi pueblo hay una feria anual donde cada uno lleva lo que mejor sabe hacer. Comidas, bailes, telares, lo donan y luego reciben el valor que la gente cree oportuno.- le explicó recordando con una sonrisa involuntaria su viejo Jujuy, sus días en ese festival, bailando hasta que los pies le dolìan y comiendo Capias hasta no poder más.
-¿De donde sos? Parece que extrañas un poco,¿no?- le dijo abandonando su actitud altanera. Verla sonreír había sido abrumador y la forma en la que había hablado lo había llevado a querer saber más.
Munay lo mirò abandonando su sonrisa, no quería hablar de ella, no quería contarle nada, no quería ni siquiera continuar conversando, simplemente porque cada minuto que pasaba solo pensaba más en él.
-De Jujuy y si, un poco extraño. ¿Conoces?- le preguntò bajando la guardia. Estaba agotada de buscar excusas para pelear con el. De pensar razones para confirmar que era un arrogante, cuando en realidad, con cada segundo lo encontraba mejor que el anterior.
Martin negò con su cabeza, de repente la miraba distinto y como ella no lograba descifrar el significado de esa mirada, quiso cambiar de tema.
-Bueno, ¿entonces? ¿Que se hace acá?- le preguntò retomando la conversación.
Martin volvió a inclinarse hacia atrás, necesitaba espacio para ordenarse. No podía estar pensando en coquetear con ella, no tenía nada que ver con las chicas que le gustaban, estaba allí por una sanción, solo era eso.
-No creo que la gente de acá quiera cocinar. Somos más bien de los partidos a beneficio, torneos, o las muestras de arte ridículamente costosas. - le dijo mirando su reloj, para comprobar que tenía varios mensajes sin responder.
Munay tomó aquel gesto como si en realidad no quisiera estar ahí y regresó a su actitud combativa.
-Mirà, yo te ofrecí encargarme sola, si tenes que irte…- le dijo mirando en dirección a su reloj también.
-Creì que ya habíamos pasado esa discusiòn.- le respondió él con una sonrisa de lado mientras se sacaba el reloj y lo arrojaba sobre su propio bolso.
-Estaba vibrando y me molestaba. - le dijo restándole importancia al hecho de que aquello solo le confirmaba que preferìa seguir allì, junto a ella.
Munay volvió a sonreír, esta vez fue una sonrisa incluso más grande y èl no pudo más que imitarla. No entendía lo que le pasaba, pero se sentía bien y solo por eso no quiso evitarlo.
-Entonces ¿un torneo de natación a beneficio?- le preguntó ella presionando el botón trasero de su lapicera para comenzar a anotar.
-Podríamos incluir niños de primaria, a los padres les encanta presumir de ellos, podríamos entregar medallas y todo, cobramos las entradas, ponemos un stand para informar del viaje y aceptaremos donaciones.- le dijo ella sin perder su sonrisa y el tampoco quiso hacerlo.
-Si al final me vas a convencer.- le dijo èl y ella alzò sus cejas con curiosidad.
-¿De qué precisamente? - le preguntó incrédula.
-Nada, Muny, cosas mías.- le dijo mientras sus ojos se oscurecían de una forma que volvió a sonrojarla.
-¡Por fin te encuentro!- La voz de Ofelia llegó desde la entrada de la cafetería vacía y ambos se vieron obligados a interrumpir una conexión que ninguno de los dos se permitìa aceptar.
-Andá si queres, preparo lo del torneo y te aviso.- le dijo mientras la joven rubia de piernas largas y cuerpo esbelto caminaba hacia los dos.
-Puedo hacerlo yo, vos ya preparaste esto, pasame tu número que te lo mando .- le dijo y ella volvió a sonreír con inocencia.
-¿En serio pensas que alguien con esta mochila puede tener un celular?- le preguntó de forma retórica justo cuando Ofelia llegaba a los dos y le daba un beso ruidoso en los labios a un Martín que ni siquiera pudo reaccionar.
-Yo te busco.- le dijo Munay ofreciéndole una sonrisa escueta a Ofelia, para luego abandonar la cafetería y liberar la pila de nervios que había acumulado durante su tiempo allí, junto a él.