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1881 Words
Munay daba vueltas en su cama sin poder contener su enojo. Había repasado la tarde en su mente sin encontrar motivos para que Martin se hubiera comportado de ese modo. Ella no le había pedido que la llevara a su casa, no le había pedido que tocara su pierna, mucho menos que se acercara tanto. ¿Por qué era ella quien se sentía en falta? ¿Por qué no podía dejar de repasar esa escena en la que ella cerraba sus ojos y él la dejaba en ridículo? Sin querer volver a enfrentar su sonrisa superada, habìa apelado al ùnico motivo por el cual su tía la dejaba ausentarse, y le había dicho que no se sentía bien, al fin y al cabo casi nunca faltaba al colegio, no estaba mal comenzar a utilizar algunas excusas en su último año, pensó para convencerse. Pero al querer evitarlo, había pasado todo el día pensando en él. Cansada de darle vueltas a algo que no debía tener importancia decidiò tomar una ducha. Se tomó todo el tiempo que quiso y luego se puso sus pijamas más cómodos, esos enormes que escondían todo su cuerpo, se cepillo el cabello y no se molestó en recogerlo. Entonces oyó unos golpes en la puerta de su habitación y abrió sin cuidado, la única que golpeaba era su tía y sin embargo esta vez, no estaba sola. -Querida, vino tu compañero a dejarte la tarea, es un amor este chico.- dijo la mujer con lo más cercano a un tono dulce que una anciana de raíces germanas podía tener y Munay se llevó las manos a la boca intentando ocultar su sorpresa. -¿Ya te sentís mejor?- le preguntó Martin, disfrutando de ese rosado en sus mejillas. Había pasado toda la noche pensando en ella, ya no se molestaba en buscar explicaciones, estaba claro que era porque le gustaba. Sin embargo, se había estado castigando a sí mismo por no haber aprovechado el momento, por no haber hecho lo que deseaba, por haberse dejado atrapar por el temor y haberla hecho sentir mal. Entonces había llegado al colegio con la intención de reparar su error y ella no había aparecido. Sin muchas opciones para averiguar el motivo de su ausencia, había tenido que acercarse hasta la dirección y con todos sus trucos había logrado que la secretaria le dijera que Munay estaba enferma. Con la duda eterna de no saber si aquello era real, había pasado la tarde dándole vueltas al asunto y cuando el timbre anunció el final del día, en lugar de ir a su práctica de natación, había llegado hasta la puerta de su casa. El recuerdo de su auto estacionado sobre esa misma calle, con ella cerrando sus ojos esperando algo que él no le había podido dar, le dio valor para reparar su error y aprovechando su imagen de joven educado, de familia propera había convencido a la intimidante tía Frida de que lo dejara verla. Ahora estaba allì, en el umbral de su habitacion, una que se morìa por conocer, con ella sonrojada enfundada en unos enormes pijamas que no hacìan màs que hacerla lucir real, con su cabello n***o como la noche cayendo a los lados de su hermoso rostro y sus ojos enigmàticos queriendolo aniquilar. -¿Podrìa pasar un momento, Señora Frida? Hay algo que me gustarìa explicarle, asì no se pierde en la explicación que dieron hoy los profesores.- dijo y la mujer miró a su sobrina con ojos de complicidad. Sabìa que aquello no era cierto, pero también sabìa que su adorada sobrina merecía algo más que una vida aburrida y responsable y en el fondo sabìa que llevaba los genes de su hermano en la sangre y solo por eso le correspondía un poco de aventura en su vida. -Pasà querido, voy a prepararles algo para comer.- dijo la mujer abriendo más la puerta para darle paso. Munay no podía creer lo que estaba ocurriendo y sin querer revelar sus nervios se tomó el cabello para enrollarlo en un rodete que se soltó en el instante en el que sus dedos lo liberaron. -¿Qué estás haciendo acá?- le preguntó una vez que su tìa bajó la escalera y él entró, cerrando la puerta a su paso con esa sonrisa de objetivo logrado que se tradujo en sus ojos sonrientes también. -Me preocupé, ya sabes que no quiero hacer el trabajo solo.- le dijo acercandose a la pequeña cama para sentarse en ella sin pedir permiso. Munay cruzó sus brazos delante de su pecho y el escote estirado de aquella remera mostró su hombro desnudo con descaro. -En serio, Martin, no hacía falta que vinieras, como no hacía falta que me trajeras ayer.- le dijo indignada. Ya la había rechazado una vez, no estaba dispuesta a entrar en su juego de nuevo. -Machu.- le dijo él, sin terminar de saber porque tenía la necesidad de que lo llamara como solo su familia lo hacía y ella alzó sus cejas sin comprender. -Que mis seres queridos me dicen Machu.- le aclaró y ella sonrió divertida. -¿Y que te hace pensar que soy tu ser querido?- le dijo riendo al final. Entonces él colocó sus manos sobre su propio pecho e imitó un gesto de dolor. -Ouch, eso duele, Muny, por supuesto que formas parte de mis seres queridos.- le dijo y ella volvió a sonreír mientras negaba con la cabeza. ¿Que estaba haciendo allí? ¿Qué quería de ella? Podía tener a la chica que quisiera, podía pasar la tarde con una diferente cada día si eso quisiese. Entonces ¿Por qué estaba con ella? Sin querer darle más vuelta liberó sus brazos y suspiró mientras se sentaba en la única silla de la habitación, lo más lejos posible de él. -Bueno, Machu.- dijo pronunciando aquel apodo de un modo exagerado que igual logró agradarle a los dos. -¿A qué viniste?- le disparó sin anestesia y él tomó aire para ordenarse. ¿A qué había ido en realidad? ¿Podía decirselo? ¿Lo sabía realmente? Había ido porque no quería estar lejos de ella, pero no podía confesarlo, no si no estaba dispuesto a hacerse cargo de la respuesta a esa frase. Munay alzò sus cejas con exasperación. Necesitaba saber por que estaba alli, no queria seguir imaginando motivos, que siempre terminaban igual. -Te traje algo.- dijo él finalmente agradeciendo aquella excusa que había pensado en su camino allí y antes de que ella pudiera decir algo sacó un teléfono de su bolsillo y estiró su mano para dárselo. Munay comenzó a negar con su cabeza mientras abría los ojos enormes. -No, no, vos estas loco. No puedo aceptarlo.- le dijo cruzando sus manos a modo de rechazo. -Vamos, Muny. Es un regalo pero también es algo egoísta, necesito que podamos hablar… Del trabajo, digo, y es más fácil si tenes uno.- le dijo y ella dejó de mover sus manos. -Ok.- dijo sorprendiéndolo por la rapidez con la que la había convencido. -Pero ni bien entreguemos todo, te lo devuelvo.- le dijo tomando el aparato para encenderlo y al ver la foto que él había puesto comenzó a reír. -¿No salí bien?- le dijo poniéndose de pie para acercarse y ella volvió a reír. -Supongo que tenes mejores.- le dijo divertida y él se mostró falsamente ofendido. Sin perder el tiempo le quitó el teléfono y se acercó a ella para tomarse una selfie juntos. -Tenes razón.- le dijo mirando la fotografía. -Esta está mejor.- agregó configurándola como fondo de pantalla y enviandosela a su número con disimulo. Ella negó con su cabeza y se puso de pie acercandose a la puerta. -Bueno ahora que podemos hablar, creo que ya podes irte.- le dijo, estaba muerta de miedo, tenerlo en su habitación era muy fuerte. Lo había imaginado tantas veces que el hecho de que se vuelva realidad comenzaba a jugarle una mala pasada. Solo había ido a llevarle el celular, nada más, se convenció acercándose a la puerta. -¿Me estás echando?- le preguntó él indignado sin moverse y ella inclinó su cabeza frunciendo los labios como si fuera evidente la respuesta. -¿Qué queres… Machu?- le preguntó sin saber si era correcto llamarlo de ese modo. Entonces él sonrió y se acercó a ella tanto que su espalda chocó contra la puerta y su pecho comenzó a subir y bajar con prisa. -No quiero que pienses que ayer no quería lo mismo que vos.- le confesó alzando su mano para correr el cabello que había caído sobre su rostro y ella abrió sus ojos con anticipación. Esta vez lo había dicho, no era su imaginación, estaba allí de nuevo, tan cerca de sus labios que podía sentir su perfume. Iba a besarla, iba a besarla como tantas veces había soñado. Estaba a punto de cerrar sus ojos cuando recordó cómo se había sentido y no quiso volver a hacerlo. -¿Qué pensas que quería yo?- le preguntó mientras él sonreía y bajaba su mano para rozar su mejilla y enredar su cintura después. -Esto.- le dijo y antes de que pudiera decir nada más acercó su boca para apoderarse de esos labios que se sentían incluso mejor que en su imaginación. Sin perder el tiempo acercó aún más su cuerpo para presionarla contra la puerta y sentir como se estremecía bajo el roce de su piel. Su mano se coló debajo de la tela liviana para disfrutar de su piel y cuando notó que no llevaba nada debajo de esa remera, la excitación se hizo imposible de contener. Era más hermosa cada segundo. Munay tenía sus manos quietas, si bien quería acariciarlo y quería tocarlo, temía arruinarlo. No podía creer lo bien que se sentía que la recorriera de ese modo, la forma en que reaccionaba su piel, su corazón, su mente a ese momento. Era mucho mejor de lo que lo había imaginado y aunque no entendía porque estaba pasando, no quería perdérselo. Martin bajó su mano y el recuerdo de aquel tacto lo llevó acercarse aún más. Se había vuelto preso de su propio deseo y no quería luchar contra él. Si había creído que le gustaba ahora estaba convencido de que nunca dejaría de hacerlo. Sin embargo, los crujidos de la vieja escalera anunciaron un final indeseado y cuando la tía Frida golpeó la puerta para luego abrirla, ambos no tuvieron más remedio que disimular. -Jovencito, creo que dejó su auto mal estacionado, me acaba de avisar el inspector.- le dijo Frida obviando aquellas mejillas rosadas y esos labios hinchados. -Mejor anda, a ver si se llevan tu auto.- le dijo Munay sin poder dejar de alzar sus manos para intentar ocultar su rostro y él, tan confundido como feliz de haber perdido la cobardía, no tuvo más remedio que hacerlo. Si le llevaban el auto, iba a tener que oír a su padre, y eso era algo que nunca le gustaba. -Ok.- dijo acomodándose el cabello y cuando la tía Frida comenzó a bajar la escalera, regresó con prisa para volver a depositar un corto beso en los labios de Muny. -Esto no se terminó.- le dijo en voz baja y ella no pudo más que sonreír.
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