Yo me quedé helada, mirándolo fijo. Tardé unos segundos en procesar lo que acababa de decirme. Y entonces, sin poder contenerme, solté una carcajada. Fue una risa áspera, casi cruel, de esas que salen de las entrañas cuando ya no queda nada más que hacer con el dolor. —¿Qué…? —logré articular entre risas—. ¿Te engañas? ¿Eso es lo que crees? Él asintió con una seguridad absurda. —Sí… recuerda. Hay cámaras en la casa. Se pudo ver que estuviste con nuestro socio. Con Alexander… Mis ojos se abrieron de golpe. Lo miré como si estuviera frente al mayor de los idiotas. —¿De verdad? —pregunté con ironía, todavía riendo, aunque mi corazón se retorcía—. ¿Tú vienes aquí, después de todo lo que hiciste, después de destrozar lo que quedaba de nosotros, a echarme en cara que supuestamente te engañé

