Termino la llamada con Philippe. El silencio en el auto me aturde, me perfora. Mis manos tiemblan en el volante, siento el pulso en los dedos. No quiero escuchar mi respiración. No quiero escuchar mis pensamientos. Subo el volumen de la música. Al máximo. El bajo sacude las ventanas, los vidrios vibran como si fueran a estallar. Y yo también. —¡Maldito! —grito por encima de la música, mi voz ahogada en la furia. Aprieto el acelerador. La ciudad se convierte en luces borrosas, en calles repetidas que se cruzan como un laberinto. No conduzco hacia mi casa, jamás volvería allí ahora. Conduzco a casa de él. Alexander. Me quedaré con él. El único sitio en el que puedo desaparecer, el único sitio que casi nadie conoce. El escondite perfecto. No sé por cuánto tiempo, pero no pienso volver

