Día 1 ✈️🎹

3067 Words
🎶Ódiame por piedad yo te lo pido Ódiame sin medida ni clemencia Odio quiero más que indiferencia Porque el rencor hiere menos que el olvido🎶Ódiame (Julio Jaramillo) Evan Olsen Anoche llegué a Londres con una determinación que me ardía en el pecho, una certeza forjada entre los consejos sabios de mi padre y el pulso acelerado de lo que está por venir. Hoy, he decidido quedarme aquí durante un mes. Treinta días en los que pondré a prueba no solo mi paciencia, sino mi capacidad de estar a la altura de conquistar el corazón de Aria Fox. Lo lamento por ti, Jacob Harrison, pero en asuntos del alma no hay leyes que valgan… y con el destino no se juega. Murmuro aquellas palabras en voz baja mientras ajusto con precisión la corbata de mi traje, sintiendo cómo cada gesto refuerza mi convicción. Me detengo frente al espejo. La imagen que me devuelve es la de un hombre seguro, preparado, casi impecable… y, por primera vez en mucho tiempo, realmente dispuesto a arriesgarlo todo. Satisfecho con lo que veo, tomo las llaves y abandono mi nuevo apartamento en esta ciudad. Aunque a muchos les parezca una insensatez, opté por adquirir este departamento únicamente para estar aquí, en su terreno, inhalando el mismo aire que ella… y así llevar a cabo, meticulosamente, mi plan maestro, paso a paso. Uno en el que, pase lo que pase, no estoy dispuesto a claudicar. Como primer movimiento, presentaré mi proyecto a Asher Fox, una propuesta que establece una alianza estrictamente profesional, una sociedad entre empresas cuidadosamente estructurada. Sin embargo, tras esta fachada estratégica, procuro evaluar el terreno con cautela y una sagacidad sumamente precisa. Asher es un amigo cercano, pero jamás he tenido el valor de revelar el verdadero alcance de mis sentimientos hacia su hermana menor. Por eso, he decidido con determinación separar con absoluto rigor los diferentes lazos que nos unen, evitando que lo personal enturbie los negocios. Cada movimiento que realizo está cuidadosamente planeado, cada palabra elegida con precisión. En este juego, la paciencia y la astucia se han convertido en mis mejores aliados, herramientas esenciales no solo para forjar una alianza empresarial sólida, sino también para alcanzar un objetivo mucho más profundo: conquistar a Aria, ganarme su corazón y hacerla mía para siempre. Ambicioso, lo sé. Imposible, jamás. No para un hombre como yo, dispuesto a entregar hasta la última gota de esfuerzo y determinación para alcanzar esta meta. Estoy agradecido de que mi padre haya tomado con firmeza las riendas de la empresa como CEO interino, mientras yo persigo con absoluta convicción ese anhelo que arde en mi interior: el de hacer realidad el sueño de estar junto a Aria. Al llegar a las oficinas de Mavericks Motors, la secretaria de Asher me recibe con impecable cortesía. —Buenos días, señor Olsen —me saluda con una sonrisa profesional—. El señor Fox ya lo está esperando. Asiento con un gesto sobrio y medido: —Gracias. Desde la imponente mesa de su despacho, Asher me observa antes de ponerse en pie y ofrecerme un saludo firme pero cordial. —Evan, es un placer verte. Bienvenido a Londres. —Gracias, Asher —respondo con firmeza, cuidando que la cortesía no reste autoridad a mi voz. —Por favor, toma asiento —me invita con un gesto medido, al tiempo que se acomoda tras su escritorio con la naturalidad de quien domina su territorio. Asher retoma su postura con una autoridad serena y me observa con un interés que roza lo inquisitivo. —Cuéntame, ¿qué traes entre manos esta vez? —me cuestiona. —Pues aquí tienes el proyecto del que hablamos —respondo a Asher, entregándole el folder con una sobriedad que delataba mis años de disciplina en los negocios. Lo recibió con una inclinación leve de cabeza. Comenzó a pasar las hojas con la precisión de quien no deja nada al azar y asintió con satisfacción. —Está impecable. Evan, procedamos a firmar el convenio para dar inicio cuanto antes. El sonido de la pluma deslizándose sobre el papel selló no solo un contrato millonario, sino también una alianza que, en lo personal, tenía un peso muy distinto. Conversamos sobre los términos finales, afinamos algunos detalles… y al cabo de una hora, el acuerdo estaba cerrado. —Ven, Evan, te invito a comer. Cuéntame, ¿cuánto tiempo te quedarás por aquí? —preguntó Asher, dejando ver una cordialidad que pocas veces se veía en juntas de este calibre. —Un mes —respondí con naturalidad—. He decidido tomarme unas vacaciones. Mi padre se encargará de la empresa por ahora. —Vaya, eso resulta bastante interesante. En mi caso, mi padre me delegó el control y desde entonces se ha consagrado por completo a mi madre… y a satisfacer los caprichos de mi hermana. Siempre me repite la misma frase: “Trabaja, para que la fortuna continúe multiplicándose”. Ambos soltamos una carcajada breve, la clase de risa que suaviza la formalidad pero no pierde el filo. —Por cierto —añadió con un brillo particular en la mirada—, hoy tenemos un concierto de mi hermana. No sé si la recuerdes… Aria. Ese nombre, tan familiar como inquietante, detuvo mi pulso por un instante antes de acelerarse con una urgencia incontrolable. —Claro que la recuerdo —dije con una serenidad que no coincidía con el vértigo interno. —Pues ahora es una pianista de renombre, y hoy ofrece el último concierto de su gira aquí, en Londres… —hizo una pausa calculada, esperando mi reacción—. En el Royal Albert Hall. El lugar no podía ser más emblemático, ni ella más cautivadora; aquel escenario parecía dispuesto para que nuestro encuentro surgiera con la magia sutil de una casualidad predestinada. —Impresionante —respondí con un dejo de admiración perfectamente dosificado. —Sí, toda la familia estamos orgullosos de nuestra pequeña Aria. Pero dime, ¿te gustaría ir? Puedo conseguirte una entrada… claro, si te agrada ese tipo de música. El destino, generoso por primera vez en mucho tiempo, me estaba tendiendo un puente directo hacia ella. No podía desperdiciarlo. —Será un placer escucharla —afirmé, con esa voz grave y controlada que uso cuando quiero dejar claro que algo me interesa de verdad—. Agradezco la invitación. Solo dime la hora y estaré ahí para encontrarnos en la entrada. —Perfecto. En este momento llamaré a mi madre para que nos prepare una entrada más. Todos estaremos allí apoyándola. Me limité a sonreír y asentir, escondiendo bajo ese gesto el verdadero terremoto que me provocaba la simple idea de volver a verla. Cuatro años habían pasado desde la última vez. Cuatro años desde que la distancia y las circunstancias me habían robado incluso el derecho de pronunciar su nombre. Y ahora, imaginarla allí, en ese escenario, era como encontrar un manantial en medio del desierto. Mi alma se sentía revitalizada solo con la certeza de que la vería. No podía desaprovecharlo. Cada pieza debía moverse con precisión en este tablero… y hoy, sin saberlo, Asher acababa de darme la jugada de apertura perfecta. Más tarde fuimos juntos a comer. Hablar de automóviles era, sin lugar a dudas, mi otra gran pasión, y quizá por eso nuestra amistad con Asher había surgido de forma tan natural. Podíamos pasar horas discutiendo sobre motores y diseño, hasta que el mundo entero se reducía a ese universo mecánico, pero lo cierto es que había algo más profundo que nos unía. Ambos habíamos crecido bajo la influencia de padres que amaban a sus esposas con una devoción casi sagrada, de esas que, cuando eres joven, te provocan una sonrisa incrédula. Pues esa devoción nos causaba cierta gracia, un romanticismo anticuado, ajeno a nuestro tiempo. Observábamos aquella devoción desde lejos, con la arrogancia inconsciente de quien se cree invulnerable a cualquier cambio en sus propias reglas internas. Hasta que un día, sin previo aviso, ocurre: unos ojos se posan en los tuyos y, en ese instante exacto, el mundo entero se reordena, derribando murallas que parecían eternas. Para mí, esa revelación llegó en un bar, una noche cualquiera. Me dirigía al área de los baños, con más cócteles que sangre en el sistema, distraído, tarareando mentalmente una de mis canciones favoritas, cuando choqué de lleno con alguien. Lo primero que vi fue un destello de tela morada. Después levanté la mirada… De cerca, resultaba aún más impactante que a la distancia. Tenía la piel clara, pulida hasta parecer porcelana; labios perfectamente delineados; y unos ojos… Dios, aquellos ojos. No eran verde esmeralda ni verde aceituna, sino un verde con propósito, cuya única razón de existir era mirarte directo al alma y dejarte sin palabras. No sé por qué, pero sentí que mis nervios se instalaron sin permiso. Yo, que había dirigido negociaciones imposibles y mantenido la compostura en reuniones que mi padre me obligaba a presidir, de pronto estaba midiendo cada palabra, temeroso de sonar torpe. De sus labios salió una ligera sonrisa ante mi primer intento de conversación y esa risa… fue limpia, auténtica, de esas que se quedan resonando mucho después de que se apagan. En ese momento supe que la noche y probablemente mi corazón ya tenía dueña. Terminamos bailando. Yo no era un experto, pero su cercanía, el roce accidental de sus manos, el perfume cálido con notas florales hicieron que cada movimiento se sintiera como un reto. Se dejó guiar, aunque esquivó con picardía mi primer intento de besarla, dejando en claro que no se rinde tan fácil. Y lejos de frustrarme, eso me atrapó aún más. Cuando dijo que debía irse porque su amiga se marchaba, me ofrecí a llevarla. Fue entonces cuando supe su nombre. «Aria.»Un nombre que parecía sacado de una composición delicada, con notas que permanecen mucho después de que la música se apaga. Desde esa noche, cada vez que cerraba los ojos, la imagen de ella aparecía. Y aunque me creí un hombre calculador, inmune a distracciones de ese tipo, entendí que había caído sin remedio. Ahora, sentado frente a Asher, la conversación vuelve a sacarme de mis pensamientos. —Evan, cuéntame… ¿tú ya te enamoraste? Sonrío, porque la pregunta me toma desprevenido, aunque la respuesta brota con la sinceridad que pocas veces me permito mostrar. —Sí, yo ya conocí a esa mujer que irrumpe sin anuncio para trastocar cada certeza y desordenar el mundo entero. Sentí exactamente como lo describían nuestros padres: un fuego silente que consume el alma, una presencia que transmuta cuanto toca, y una convicción tan profunda que ni puedo ni deseo negar. Él ríe, incrédulo, pero con esa chispa de complicidad que solo tienen los viejos amigos. —Vaya… eso suena demasiado dulce viniendo de un hombre que siempre ha sido tan práctico. Reímos juntos, pero en mi mente no hay espacio para la broma. Una pregunta gira sin descanso: ¿cómo lo tomaría si supiera que la mujer que ha conquistado mi corazón… es su hermana? Asher me mira con curiosidad renovada, con esa sonrisa ladina que siempre sabe cuándo presionar, pregunta: —¿Y se puede saber quién es la afortunada que ha logrado tal hazaña? Mantengo la calma, dejando que una sonrisa astuta juegue en mis labios. —Digamos que es alguien que me ha enseñado que el amor no siempre llega cuando lo esperas… y que a veces, las mejores historias comienzan con un encuentro inesperado. Él arquea una ceja, intrigado, y por un momento el silencio nos invade. Lo miro con una sonrisa ladeada, consciente del juego que estoy a punto de iniciar. —solo puedo decir que aún no es momento de revelarlo. Algunas certezas deben descubrirse poco a poco, con paciencia y buen tino. Su mirada se vuelve aún más inquisitiva, pero sabe que no obtendrá más por ahora. —Entonces tendré que esperar… y prepararme para ese momento. —Exacto —respondo, con un brillo cómplice en los ojos—. Y créeme, cuando llegue, será imposible pasar desapercibida. La tarde transcurrió con una rapidez inesperada. Dejé a Asher en su empresa y luego me dediqué a comprar un esmoquin; necesitaba algo a la altura del reencuentro que se avecinaba, un símbolo de la importancia que aquella noche tendría para mí. Más tarde, ya en casa, recibí una fotografía de Asher: una imagen nítida de la entrada al concierto, que sería a las 8 p.m. Era la señal de que el momento estaba cerca. No puedo negar que mi corazón latía con una fuerza inusitada, acelerado por una mezcla de nervios y determinación. No sabía con certeza quiénes estarían presentes; lo más probable era que también acudiera su prometido, pero eso carecía de relevancia. Porque, en el fondo, estaba seguro de algo mucho más poderoso: de alguna manera, hace cierto años ya me había ganado un lugar en el corazón de Aria. Mientras me bañaba y luego me arreglaba con meticulosa pulcritud, observaba mi reflejo en el espejo. Los pensamientos giraban sin descanso: ¿Qué pensaría ella al verme? ¿Me recordaría? ¿Sentiría odio? No me importaba. «Aria, si me has olvidado, déjame ser quien te recuerde lo que fui para ti. Y si en tu corazón persiste el resentimiento, prefiero mil veces esa emoción a la indiferencia, porque incluso el odio revela que aún despierto algo en ti.» A las 7:30, salí rumbo al lugar del concierto. Tal como me había anticipado Asher, él ya me esperaba en la entrada, relajado pero atento. —Hola, Evan. Siempre tan puntual —me saludó con una sonrisa. —Sabes bien que siempre he sido un hombre de palabra —respondí, devolviéndole la sonrisa con una mezcla de confianza y nostalgia. —Nos acercamos al vestíbulo —comenzó Asher mientras caminábamos—. Allí ya nos esperan mis padres, mi hermano Alistair, Jacob, el prometido de Aria, y sus padres, Charles y Sophie Harrison. Le lancé una mirada de reconocimiento, y él añadió: —Quizá los recuerdes. Aunque no compartamos lazos de sangre, crecimos juntos y, créeme, son familia en el sentido más auténtico. Asher asintió con un gesto comprensivo y añadió: —Los padres de Nigel no asistirán esta noche, han viajado a Canadá, anticipando el nacimiento de su nieta. ¿Los recuerdas? —Claro que los recuerdo —contesté, esbozando una sonrisa cargada de memoria—. Son los suegros de mi hermana. Al entrar, saludé a todos los presentes con cortesía y atención. Eran personas amables, cálidas, incluso Jacob, con quien compartí una breve mirada de respeto. Sin embargo, en el fondo sabía que, bajo esa cordialidad, estábamos destinados a ser rivales en un territorio mucho más delicado: el amor. Y no podía negar que Aria lo valía, que cada gesto suyo, cada sonrisa, merecía toda la admiración y también toda la competencia del mundo. Nos acomodamos en nuestros asientos, que, para mi suerte y alivio, estaban en primera fila, una posición privilegiada para no perder ni un solo detalle. El murmullo en la sala se fue apagando y el presentador tomó el micrófono con solemnidad. —Damas y caballeros, tengan la más cordial bienvenida para la incomparable y deslumbrante Aria Fox —declaró el presentador con voz solemne, provocando un estruendoso aplauso que resonó por todo el lugar. Cuando apareció en el escenario, un silencio reverente se apoderó del ambiente. Estaba enfundada en un deslumbrante vestido blanco que parecía confeccionado por la misma luz. Si antes su belleza me había dejado sin aliento, aquella noche alcanzaba dimensiones casi celestiales, imposibles de comparar con cualquier otra imagen. Su cuerpo esbelto, sus movimientos suaves y medidos, y ese rostro angelical que parecía haber sido esculpido para detener el tiempo. Cada paso suyo irradiaba elegancia; el vestido blanco marfil se amoldaba a su figura como una segunda piel, resaltando cada curva con sutileza. La luz que la envolvía no era solo la del escenario, sino la que parecía emanar de su propia esencia. Para mí, en ese momento, era más que una artista: era un ángel descendido, un ser de belleza etérea que capturaba toda la atención y el corazón de quienes la contemplábamos. Entonces, comenzó a tocar el piano. Cada nota que brotaba de sus dedos era sublime, cargada de emoción, de historias no contadas, de sentimientos profundos. Era imposible describir con palabras la perfección con la que envolvía el silencio; la música parecía hablar directamente al alma de cada espectador, y a la mía en particular. Me encontré sin aliento, atrapado en ese momento eterno, consciente de que, aunque rodeado por muchas personas, solo existía ella y esa melodía que de alguna forma sentía que nos unía en un lenguaje secreto. Disfruté cada una de sus interpretaciones con una intensidad que rozaba lo reverencial. Sin embargo, al concluir aquel instante mágico, llegó ese momento que había esperado durante tanto tiempo, aunque ahora lamento no haber aprovechado antes. Me arrepiento de haber postergado tanto la oportunidad de buscarla, de acercarme a ella cuando aún era posible. Pero la vida es generosa en sus segundas oportunidades; mientras haya vida, siempre habrá esperanza. Y esta, sin duda, era la mía. Nos congregamos en un círculo expectante, aguardándola con el ánimo contenido hasta que, finalmente, apareció. Tuve que emplear toda la fuerza de voluntad para no precipitarme, para no caer de rodillas implorando perdón o llevármela en aquel instante sin importar nada más. Las felicitaciones llovieron sobre ella con merecido fervor. Asher se acercó con familiaridad y, dirigiéndose a Aria, dijo: —Aria, te presento a Evan. No sé si lo recuerdas, es hermano de Eva. —Sí, claro que te recuerdo. Evan, bienvenido a Londres Ella me dirigió una sonrisa natural y extendió la mano con elegancia. Consciente de la ocasión, tomé su mano y deposité un beso delicado sobre el dorso, un gesto de caballerosidad que no podía permitirme obviar. —Hola, Aria —le dije con voz sincera y una mezcla de admiración contenida—Permíteme felicitarte de corazón: tu actuación fue simplemente sublime, más allá de lo que mis palabras puedan expresar. —Gracias —respondió con cortesía, incluso con una amabilidad que, para mi sorpresa, rozaba la distancia. No hubo una mirada esquiva ni una chispa de resentimiento, pero esa ausencia de reproche me dejó inquieto. Me pregunté, entonces: «¿Acaso todo esto será más difícil de lo que imaginé?» Leer nota de autor👀
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD