CAPÍTULO CUATRO

2650 Words
PIPER Ian muerde mi labio inferior con tanta fuerza, lo cual me sorprende, desde hace tiempo que he sido una adicta al dolor, me hace sentir bien, pero esto es distinto, sus dientes presionan tanto, que abro la boca en un intento desesperado por detenerme, no lo hace, al contrario, aprovecha para penetrarme la boca con su lengua. No puedo creer que esté pasando esto, mi corazón late con tanta fuerza, que por un segundo creo que se saldrá de mi pecho. —Ian —susurro empujando su cuerpo para alejarme. Esto no es real, él no sabe lo que hace y no soy una aprovechada. —Detente. No funciona. —Reagan —rompe el beso para comenzar a besar mi cuello. La magia termina, desaparece tan deprisa como llegó, el dolor en mi pecho se acentúa más, él piensa… no, no puede ser, me quiebro, el chico que me gusta, piensa que soy mi hermana, un nudo se forma en mi estómago, mis ojos pican de lágrimas, me aparto de él con todo lo que tengo. Está perdido, parece tan indefenso en este momento, que debería mandarlo a la mierda por besarme pensando que soy mi hermana, pero no puedo, no soy una mala persona. —Anda, ayúdame —comienzo a quitarle la ropa mojada. Me quedo anonadada cuando le quito la camisa, su cuerpo es como el de un Dios griego, sus músculos están bien tonificados, sus bíceps, su pecho es una muestra de que trabaja su cuerpo en el gimnasio. —¿Quién eres? —su voz ronca me saca de mi ensimismamiento. —Nadie en especial —sonrío y le quito los pantalones. —No quiero una mamada —arguye y frunzo el ceño para después reírme—. ¿Qué mierda es tan gracioso? —Nada, es solo que nunca te imaginé decir la palabra mamada, y no, no te voy a hacer nada. Cuando le quito los pantalones, cierro la llave. —Te drogaron. —Lo vi con él —balbucea, genial, por lo menos sabe que no soy mi hermana. —¿De qué hablas? —cubro su cuerpo con una toalla limpia. —A un imbécil que estaba besando a Reagan —murmura mientras lo ayudo a llegar a mi cama. Me quiebro la cabeza pensando en quién podría haber visto, mi cuerpo tiembla debido a la baja temperatura. Ian apenas y se puede sostener. Me las arreglo para que él pueda descansar un poco. Al hacerlo, las cosas no salen como yo imaginaba, ya que tira de mi brazo haciendo que caiga con él. Sus manos son hábiles pese a no estar en sus cinco sentidos. Intento manotear para detenerlo, pero no puedo. —Ian… detente… escucha… Lo alejo cuando cede cayendo encima de mí. —Nada está bien —dice en un tono apenas audible. Entonces cae dormido. Le ayudo a ponerse cómodo y respiro hondo. —Vas a estar bien —susurro. Las horas pasan, la habitación está sumida en un silencio sepulcral. Apenas roto por el sonido regular de su respiración. Ian duerme, profundamente, sobre mi cama. Lo miro desde la esquina opuesta, acurrucada contra la pared, con las rodillas abrazadas al pecho. Su cabello rubio caramelo está mojado, todavía alborotado por la ducha que le ayudé a tomar hace un rato. Me pareció lo correcto en su estado. No quería que despertara sintiéndose aún más miserable. Pero ahora… ahora no estoy tan segura de nada. Mi corazón late con fuerza, como si intentara escapar de mi pecho. Tengo un nudo en la garganta y una presión en los ojos que amenaza con convertirse en lágrimas. Lo observo con detenimiento, cada rasgo, cada línea de su rostro relajado. La curva de sus labios entreabiertos, la sombra de sus pestañas contra su piel pálida. Es hermoso. Tan hermoso que me duele. Pero no debería estar aquí. Y todo esto es culpa de Reagan. —Eres horrible, Reagan —murmuro en voz baja, sabiendo que ella no puede escucharme. Ni me escucharía, aunque pudiera. Mi hermana siempre hace lo que quiere, sin importarle a quién lastime. Esta vez, fue Ian. Lo drogó. Estoy segura de eso. No sé por qué lo hizo, pero eso no importa ahora. Lo único que importa es que él está aquí, indefenso, vulnerable, y yo no sé cómo protegerlo. El aire en la habitación es pesado, cargado de una mezcla de humedad por su cabello y el perfume tenue que dejó en mi cama. Me acerco lentamente, con pasos inseguros, y me arrodillo junto a él. Mis dedos tiemblan cuando los extiendo hacia su rostro. —Ian… —susurro, aunque sé que no puede escucharme. Mis dedos rozan su mejilla con suavidad, apenas un roce, y un sollozo me escapa. Mi corazón se siente como si estuviera siendo estrujado, aplastado bajo el peso de todo lo que nunca podré decirle. Me gusta. Me gusta desde que lo vi, que ya no sé cómo no sentirlo. Pero él jamás miraría a alguien como yo. No cuando Reagan está en el mismo planeta. Su mirada siempre la busca a ella. Siempre. El calor de mi mano en su mejilla parece reconfortarlo. Sus labios se curvan apenas en un gesto inconsciente, y yo pierdo la batalla contra las lágrimas. Una tras otra caen, calientes, saladas, mojando la tela de mi blusa. Quiero decirle tantas cosas. Pero no puedo. No debo. Me tumbo a su lado, con cuidado, sin hacer ruido. Mi cama es pequeña, pero hay suficiente espacio para que no lo toque. Aun así, puedo sentir el calor que emana de su cuerpo, la fragancia tenue del shampoo mezclada con algo que es puro Ian. Cierro los ojos y, con el sonido rítmico de su respiración, dejo que el cansancio me arrastre. El amanecer llega de golpe, arrancándome del sueño con una sensación de asfixia. Un peso alrededor de mi cuello. Abro los ojos de golpe, el corazón me late frenéticamente. —¡Ian! —jadeo. Sus dedos están rodeando mi garganta, no con fuerza suficiente para lastimarme, pero sí para paralizarme. Sus ojos, oscuros de ira y confusión, me miran fijamente. —¿Qué diablos pasó anoche? —su voz es baja, cargada de una furia contenida que me hace estremecer. —Yo… tú… alguien te drogó. Solo te ayudé… —Las palabras salen atropelladas, torpes. Estoy temblando, y no solo por la situación. Ian es imponente incluso en su desconcierto. Me suelta de golpe, como si mi piel le quemara, y se aparta, llevándose una mano al cabello mojado. Mira alrededor, a la ropa desordenada en el suelo. —¿Nos acostamos? La pregunta cae como una losa. Mi rostro arde, las palabras se atascan en mi garganta. —¿Qué? ¡No! No pasó nada. Yo solo… te traje aquí. No estabas bien. Sus ojos recorren mi figura, y siento un calor incómodo subir por mi cuerpo. Estoy usando unos shorts cortos y una blusa de tirantes. No llevaba sostén cuando me quedé dormida, por lo que mis pezones traspasan la delgada tela. Me cruzo de brazos, tratando de cubrirme, pero su mirada lo dice todo. —Claro. Nada pasó —escupe con un tono que me hace querer desaparecer. Da un paso atrás, apartando la mirada como si estuviera asqueado. Como si yo fuera algo sucio. No digo nada más. No puedo. Mis palabras no cambiarán lo que él ya decidió pensar. Ian se pone los pantalones con movimientos rápidos, furiosos, y se dirige hacia la puerta. —No vuelvas a acercarte a mí. Cierra de un portazo que retumba en mi pecho. Me quedo allí, sentada en el borde de la cama, con los brazos todavía cruzados sobre mi pecho y las lágrimas comenzando a caer de nuevo. Una tras otra, como un torrente que no puedo controlar. La ducha es fría. Quiero que el agua me limpie, que arrastre con ella esta sensación de vergüenza, de dolor. Pero no lo hace. Nada puede. Me pongo unos jeans ajustados, una sudadera que me queda grande y recojo mi cabello en una coleta alta. El espejo me devuelve una imagen que no reconozco. Recojo mis libros y mi bandolera, decidida a salir de casa antes de que alguien más me vea. Bajo las escaleras en silencio, pero el ruido de voces en la sala me detiene. Reagan está allí, riendo. Su cabello pelirrojo brilla bajo la luz del sol que entra por las ventanas, y sus ojos negros están llenos de esa chispa que siempre atrae a todos hacia ella. Ian está a su lado, ayudándola a recoger los restos de la fiesta de anoche. Él sonríe. Es una sonrisa pequeña, pero genuina. Sus ojos la miran de una forma que nunca me han mirado a mí. Con deseo. Un nudo se forma en mi garganta. Aprieto los labios y doy media vuelta antes de que alguien me note. El bosque me recibe con un abrazo frío y húmedo. Los árboles altos se inclinan hacia mí, como si intentaran consolarme, pero no hay consuelo en este lugar. Solo silencio. Un silencio que, por primera vez, me resulta insoportable. El aire frío me envuelve como una manta húmeda mientras camino sin rumbo fijo, escuchando el crujir de las hojas secas bajo mis pies. Mi mente está saturada de pensamientos confusos, cada uno más amargo que el anterior. Mis pasos me llevan hasta un claro donde una enorme roca sobresale cerca del risco. Y allí está Tamara. Su cabello castaño brilla bajo la luz del sol, recogido en una coleta alta que siempre parece perfecta, y sus ojos marrones se iluminan al verme llegar. Ella siempre es un refugio seguro, pero hoy me siento incapaz de sostener su mirada. —¡Piper! —me llama con entusiasmo, levantando una mano para saludarme—. ¿Qué haces por aquí tan temprano? Intento sonreír. Finjo. Es lo único que sé hacer. —Nada en especial —respondo con una voz que no suena del todo mía—. Solo necesitaba despejarme un poco. Ella frunce el ceño, bajando la cabeza para intentar atrapar mi mirada. —¿Qué te pasa? No me engañas, Piper. —De verdad, estoy bien. —La sonrisa que le ofrezco es tan forzada que incluso a mí me duele. Me siento junto a ella en la roca, tratando de desviar el tema—. ¿Y tú? ¿Qué haces aquí? Tamara suspira, como si supiera que no va a sacarme nada, pero decide dejarlo pasar. Saca su teléfono del bolsillo y, tras unos segundos de deslizar la pantalla, me lo muestra. —¿Has visto esto? Está por todas partes. La pantalla muestra un video que claramente fue grabado durante la fiesta de anoche. Se ve a Ian, con el rostro desencajado, golpeando a Denver, el novio de mi hermana Reagan. La multitud grita y se aparta mientras ellos forcejean. Ian parece fuera de control, y cada golpe que lanza me hace encogerme un poco más en mi lugar. —¿Qué…? —Las palabras se quedan atoradas en mi garganta. —Lo hizo porque, al parecer, vio a Denver besando a Reagan —explica Tamara, con el ceño fruncido mientras guarda el teléfono—. Es un desastre, ¿no crees? Asiento, aunque no sé qué pensar. ¿Ian vio a Reagan besándose con Denver? Claro que sí. Mis dedos se entrelazan nerviosamente sobre mis piernas, y Tamara no dice nada más. Hablamos un poco de la escuela, de exámenes y profesores, pero mi mente no está allí. Finalmente, nos despedimos, y yo vuelvo a casa con el corazón aún más pesado. El lunes llega como una bofetada. El ambiente en casa es tenso, y mis padres no han dejado de mirarme con desaprobación desde la fiesta. Sigo escuchando los murmullos de sus críticas, como si no pudiera oírlos claramente desde mi habitación. —Siempre causando problemas —dice mi madre. —Es una mala influencia para Reagan —responde mi padre con voz firme—. Debí hacerte caso. —Aún estamos a tiempo de corregirla. Me miro en el espejo. Mi reflejo parece el de una extraña. Mi cabello pelirrojo cae en cascadas desordenadas sobre mis hombros, y mis ojos azules tienen un brillo apagado. Mis pecas son apenas visibles contra mi tez clara. Llevo unos jeans enormes, dos tallas más grandes de lo que debería, y una sudadera que me envuelve como un saco. Mis converse desgastados completan el cuadro de lo que soy: alguien que nunca podrá competir con Reagan. Bajo las escaleras lentamente, con el corazón palpitando fuerte. Mi padre, un hombre alto y severo, está de pie junto a la mesa. Sus ojos azules me miran con desprecio cuando intento saludar. —Buenos días —murmuro, bajando la mirada. No responde. Camino hacia la cochera, pero cuando llego, mi corazón se hunde. Mi auto no está. Siento el pánico trepar por mi pecho mientras vuelvo apresuradamente a la entrada principal. —¿Dónde está mi auto? —pregunto en voz baja, temerosa, dirigiéndome a mi padre. Él me lanza una mirada fría, su expresión es implacable. —Lo vendimos. Usamos el dinero para comprarle un auto nuevo a Reagan. El aire parece abandonarme de golpe. Miro por la ventana y allí está ella, riendo y saltando de alegría frente a un Porsche reluciente. Su cabello pelirrojo brilla bajo el sol, y sus ojos negros están llenos de esa chispa que siempre atrae a todos. Lleva una falda corta y un top que muestra más piel de la que oculta. —¡Piper! —grita Reagan, agitando una mano—. ¡Vamos! Te llevo a la escuela. Mi madre, una copia mayor de Reagan, me mira con desdén. —No arruines el día de tu hermana —dice con tono gélido. Asiento lentamente, tragándome el dolor que amenaza con desbordarse. También soy su hija, pero jamás me han tratado como tal. Cuando salgo, Reagan ya está sentada en el auto, impaciente. —¿Vas a subir o no? —dice con un tono exasperado. Me meto en el auto sin decir nada. Reagan arranca con una sonrisa en los labios y la música a todo volumen. El motor ruge mientras nos alejamos de casa, y yo intento hacerme lo más pequeña posible en mi asiento. De repente, en medio de la carretera, Reagan frena de golpe. —Bájate —dice entre risas, como si acabara de hacer una broma increíble. La miro, confundida. —¿Qué…? ¿Qué quieres decir? —No pienso llegar contigo a la escuela. —Su tono se vuelve serio, aunque la burla no abandona su rostro—. Ya estamos cerca. Puedes caminar. Así bajas de peso. Se ríe, como si acabara de decir algo muy gracioso. Yo bajo del auto en silencio, con un nudo en la garganta. No puedo mirarla mientras arranca y se aleja. El sol calienta mi piel, pero no consigo sentirlo. Mis piernas tiemblan mientras comienzo a caminar. El mareo me golpea pronto; no he comido nada. Cada paso se siente como una montaña. Entonces, un auto de lujo se detiene a mi lado. La ventana baja, y ahí está Kabil, con su cabello rubio impecable y sus ojos ámbar que parecen leerme como un libro abierto. —Sube —dice con una sonrisa despreocupada—. Te llevo. —No, gracias. Estoy bien. —Mi voz apenas es un susurro. —Sube o le diré a todos que te gusta Ian. Mis ojos se abren de golpe, y el color abandona mi rostro. No puedo hablar, no puedo moverme. Finalmente, asiento con torpeza y abro la puerta del auto. Me siento, sintiéndome más pequeña que nunca. Kabil arranca, y mi corazón late con fuerza, no por el ruido del motor, sino por el miedo a lo que él pueda decir o hacer.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD