LEYLA No he comido nada. El hombre que ha atravesado la puerta, se ha ido sin decir una sola palabra, dejando la bandeja en una mesilla que está al lado de la cama. Por el rabillo del ojo veo todo lo que contiene, y tengo que luchar conmigo misma para no gritar y pedir que me den de comer. Aunque si tan solo la cuerda que retienen mis manos, se suavizaran un poquito, podría alcanzar un trozo de beicon que sobresale del plato. El zumo de naranja se alza hacia arriba, tentándome. Saboreo mis labios, ya agrietados por falta de nutrientes. No sé cuándo tiempo llevo aquí, pero es lo suficiente como para darme cuenta que me vigilan en la distancia. En las cuatro esquinas del techo, están pegadas cuatro cámaras que se dirigen a mí. Todo lo que hago se retransmite, o solo queda grabado y archi

