Malak.
Esa maldita niñata.
Desde ayer no he podido dejar de pensar en ella, la muy hija de puta ha golpeado mis pelotas y me ha dejado en ridículo delante de todos esos cabrones. Pero esa gente ya ha pagado las consecuencias.
Ella todavía no, y esto no se va a quedar así, me las va a pagar. Y ya he pensando como puedo vengarme de la forma más malvada.
No la mataré. Eso sería muy sencillo, voy a hacerle sufrir lo que no está escrito y después, cuando me canse de ella, ordenare a mis matones que la maten.
Tengo que reconocer que esta buenísima, más de una vez me he hecho una paja pensando en ese gordo c**o. Me he imaginado con tenerla en mi despacho, a cuatro patas sólita para mi.
La forma en la que me golpeó, me puso muchísimo. Pero ahora solo me puedo conformar con esta rubia.
No me acuerdo de su nombre, pero esta haciendo un buen trabajo. La chica vuelve a meter mi polla en su boca, sube y baja la cabeza, haciendo que vea las estrellas.
—¡Ah! —gimo del placer, poniendo los ojos en blanco.
Saca su lengua y la desplaza por la punta de mi m*****o. Luego me mira, y yo le sonrió apunto de explotar.
De un movimiento, pongo las manos en sus caderas y la subo conmigo al sillón, quedando en mi regazo. Meto la mano debajo de su falda, inmediatamente siento las bragas de encaje, que están mojadas. Como me estorban las rompo con un tirón.
Bajo las manos hacía las nalgas, y las achucho con fuerza mientras la rubia se empieza a mover en círculos encima de mi pene, haciendo que su coño se deslice por mi m*****o y me ponga a cien.
Gruño ante la necesidad de meter mi polla en su v****a.
No aguanto más, así que no tardo en cogerla de las caderas y llevarla hacia el escritorio. Imagino a esa pequeña zorra otra vez, y de la rabia que me da, le doy a la chica una gran embestida.
Tan fuerte ha sido, que la lámpara y el posa lápices se han caído al suelo. Pero no me preocupo y sigo dándole más, desahogándome y de paso sintiendo un poco de placer.
No tardo mucho en correrme dentro de ella.
Leyla.
—¡Ey, Leyla, aquí! —exclama Adam, meneando la mano hacia ambos lados y llamando mi atención.
Traslado mi mirada hacia el muchacho rubio, que desde que hemos venido al gimnasio no le he hecho ni caso.
—¿Qué pasa? —pregunta frustrado —Presta atención, hoy peleas y no quiero que te rompas la muñeca porque lanzas mal los puñetazos.
Asiento y vuelvo a prestar atención.
Imitó su posición, y aunque los guantes blancos que tengo pesan demasiado, logro hacerlo con facilidad.
No se que me pasa.
Desde que Adam me contó que clase de tío era ese, no puedo dejar de temer por mi vida. No he pegado ojo en toda la noche, pensado que en cualquier momento que vendría con una metralleta para matarme, y así vengarse.
Mis ojos están adornados por ojeras, que se han formado por mi insomnio. Y mi mente se desvía pensando en lo que va a hacerme, y como voy a pagar lo que le hice.
Esta mañana, temo por mi vida más que nunca. Y es que veo la muerte cerca, tan solo a unos pocos metros de mi.
Y aunque no he vuelto a ver a ese individuo, lo tengo muy presente. Ya que no dejo de maldecirme por lo que hice, por patearle las pelotas al hombre más importante de Los Ángeles.
—Lo primero que debes hacer, es dar en la nariz. —Adam comienza a explicar — Eso hará que tu contrincante se maree y pierda un poco el sentido. Así que le tendrás que propinar varios golpes más, pero eso no servirá de nada si no lo haces rápido. Tienes que darle fuerte.
Asiento.
La información se mete por mi oído y vuelve a salir por el otro. No soy capaz de procesar. El miedo me crea nervios.
—Vamos a practicar en el saco de boxeo —dice Adam resignado.
Salimos del ring, y vamos hacia los sacos que están cerca.
Hoy no hay mucha gente, o tal vez solo que por la mañana no suele venir nadie.Me pongo en frente del saco, y espero a que Adam se ponga a mi lado.
Siento unas manos heladas en mi cintura, la gira un poco y me pone en la posición adecuada. Pongo los pies como el me ha dicho, uno detrás del otro.
—No puedes fallar en la postura —dije, mientras su cálido aliento choca con mi nuca descubierta.
Antes de venir al gimnasio, Alana me ha hecho dos trenzas a cada lado del pelo. Según ella me quedaba muy bien, y eso me haría ver amenazante. Dudo mucho que lo dijera en serio.
—Vale —y esa palabra va acompañada de un suspiro.
Siento el frío de nuevo cuando Adam se aleja de mi, para ponerse detrás del saco y agarrarlo. Veo sus manos en cada extremo, y eso me indica lo que tengo que hacer.
—Con todas tus fuerzas, y sin poner los pies juntos —oigo su voz, y me preparo para golpear el saco.
Voy dando puñetazos una y otra vez, aumentando la velocidad. Tanto, que casi mando a tomar por c**o al rubio. Mis nudillos empiezan a quemar, pero hago caso omiso y me centro en lo que estoy haciendo.
Juro por mi vida que voy a ganar esa pelea, y me da igual que tenga que pasarme todo el día aquí encerrada.
Quiero el dinero, necesito el dinero.
Y quien diría que yo me iba a dedicar a esto. Mi abuela decía que eso no era para señoritas, eso no era adecuado par una dama. Y ahora su nieta lo está haciendo.
Mi abuela...
La echo tanto de menos.
¿Que opinará si me viera así, que pensaría si su princesa estuviera peleando como un hombre? Seguramente ya hubiera puesto el grito en el cielo y me lo habría p*******o.
Al final y al cabo, su princesa no tendría fuerza ni para durar un asalto.
Por eso elegí "Princesa de Cenizas".
Princesa por mi abuela. Y Cenizas... porque voy a resurgir de mis cenizas. Y lograré todo lo que me proponga, después de todo ya no tengo a nadie que me impida a hacer lo que quiero.
Y el dinero no cae del cielo. Tendré que conseguirlo por otros medios, aunque sean ilegales.
¿Qué pasaría si voy a la cárcel? Nadie me echaría de menos, así que no tengo miedo. Pero de la cárcel se sale, del cementerio no. Y eso es lo que más miedo tengo sobre esto, en realidad, mi temor es causado por una persona.
Que por cierto, todavía no se ni su nombre.
Suspiro pesadamente, y cojo aire para seguir pegándole al saco.
Malak.
Doy un golpe a la mesa, derramando el vaso de agua en los papeles.
Nada de lo que está saliendo como d***o. La mercancía que envié a Italia no ha llegado, y Adriano me está amenazando una y otra vez, y ya estoy hasta los cojones. Ya le he dicho que yo no puedo hacer nada, que seguramente tarde un poco más porque la avioneta todavía no ha llegado al país.
Pero el cabrón no me escucha, y quiere que le devuelva su puto dinero. Lo haría, pero hay un pequeño problema. Ya me lo he gastado. Lo pondría de mi cartera, pero no me sale de los huevos. Que se espere un poco.
Es impaciente, y eso no me gusta nada, aunque yo también lo sea. Por eso creo que no soporto a la gente así. Ni siquiera me soporto a mi mismo.
La puerta de mi despacho es golpeada por alguien. Me echo para atrás en el sillón de cuero, y espero a que entre quien sea que esté detrás de esa puerta.
—Malak, lo que te traigo te va a gustar —mi mano derecha aparece abriendo la puerta de un portazo.
No me asusto. Yo nunca he sentido ese sentimiento. Además ya estoy acostumbrado a que entre de esa manera, esta un poco loco.
—No quiero ver a ninguna mujer, y mucho menos follar, así que dile que se vaya. Pero si esta buena, dame su número y dile que espere mi llamada —digo rápidamente, llevando mi mano atrás de mi pantalón para coger mi teléfono.
Enciendo el teléfono y veo una notificación. No me sorprendo al ver el nombre de la persona que me ha enviado un mensaje.
Resoplo dejando el móvil encima de la mesa, donde no hay agua derramada.
—No, no es eso —niega con la cabeza repetidas veces. —Encontré la información de la muchacha del gimnasio.
Elevó una ceja.
Pensaba que tardaría más.
Quiero esa información por una simple razón: voy hacer de su vida un auténtico calvario. Mi venganza será cruel, y también violenta. Voy a hacerle pagar cada pizca de dolor y vergüenza que sufrí ayer. Nadie se pega a Malak y sabe ileso.
Y eso ya lo sabe la gente.
—Habla —ordeno, poniendo mis codos en la mesa.
—Ha sido bastante difícil, pero bueno. Como dijiste, bueno en realidad ordenaste —empieza a contar pero lo corto.
—Al grano, Ruslan —digo con impaciencia.
Abre los ojos y se sienta en la silla que hay en frente de mi escritorio.
—Cuando se fue a su casa la seguimos, por lo tanto, tenemos su localización. También descubrimos como se llama, Chad nos dijo que uno de sus empleados la encontró y la trajo con el para hacer una prueba de boxeo.
Escucho atentamente.
—Entramos en sus registros, ¿y adivina que? —cuestiona meneando las cejas y acercándose a mi.
—¿Tengo la maldita cara de adivino? —lo amenazo con la mirada.
No estoy para jueguitos.
—Nada. No hay absolutamente nada de su pasado.
Lo que dice Ruslan me sorprende tanto, que abro los ojos con asombro.
—¿Cómo que no hay nada? —pregunto confuso.
Eso es imposible, todas las personas tienen un registro. Aunque sea mínimo, pero lo tienen. Esa mucha alguna vez ha tenido que ir al hospital o a urgencias, eso a tenido que estar registrado o, a la escuela donde haya ido de pequeña. Tiene que estar registrado sus padres, todo.
—Todo está en blanco. Es como si... —titubea —No se, no tengo ni idea de porque no sale nada. Pero hay algo que tengo por seguro tío, y es que esa muchacha esconde algo y tengo el presentimiento de que no es nada bueno.
Yo también lo siento.
Desde que vi como huía de mi. Sus ojos me mostraban algo que nunca había visto, y juro por mi vida que voy a descubrir lo que esconde. Y después lo usaré en su contra para chantajearla y hacer lo que quiera con ella.
Yo soy el rey de Los Ángeles, y como tal, nadie puede osar a alzarle la mano. Porque tarde o temprano vendrán las consecuencias.