POV ALESSIA
Valeria me incomoda desde el primer segundo en que se me viene encima con esa sonrisa de trenzas perfectas y mirada de “yo sé cosas”. No es solo que sea guapa o que se mueva como si el patio fuera una pasarela; es que tiene ese tipo de seguridad que no viene de quererse, viene de creer que puede pisarte y nadie la va a detener. Y lo peor es que aquí, en este pueblo, se nota que está acostumbrada a que la gente la deje hacer. A que los hombres la miren. A que las mujeres le sonrían aunque por dentro la odien. A que el mundo se acomode para ella con un guiño y un “ay, no seas así”.
Yo debería estar curada de eso. Yo he vivido rodeada de versiones de Valeria. Pero en mi mundo, yo era la que tenía el poder, aunque fingiera que no. En mi mundo, una pelirroja despampanante que coquetea con el hombre con el que vine no me quita el aire. Aquí… aquí es distinto. Aquí yo no soy la que manda. Aquí mi nombre no pesa como pesa allá afuera. Aquí mi fama existe, sí, pero existe como un chisme, como una foto, como un “no manches, es ella”. No como control real.
Esa es la primera razón por la que me incomoda: porque me recuerda que en este terreno yo no tengo dominio.
La segunda razón… es Thiago.
Cuando Valeria me dice “tus videos con Thiago” se me aprieta la boca como si me hubiera mordido la lengua. Es automático. Nadie lo nota. Nadie excepto yo. Porque por dentro me atraviesa una punzada que no es nostalgia, no es amor, no es nada bonito. Es ese tipo de dolor que da rabia: el dolor de saber que alguien afuera está escribiendo mi historia con un nombre que no debería estar pegado a mí ahora.
Valeria habla y habla, emocionada, y yo respondo como siempre respondo cuando alguien me idolatra. Es el reflejo. La sonrisa perfecta. El tono bonito. La voz un poco más aguda, más “linda”, como si mi garganta supiera sola qué papel ponerse. Me escucho a mí misma decir cosas que he dicho mil veces: “qué linda”, “gracias”, “me hace feliz”, “ay, qué emoción”. Y por dentro, una parte de mí se siente sucia porque sé que es actuación. Pero la actuación también es defensa. Es lo que me ha mantenido viva en un mundo que te mastica si se te nota el cansancio.
Ezequiel está ahí, cerca, con la presencia dura, y aunque no habla, lo siento escucharlo todo. Siento su juicio silencioso como una sombra. Y eso me irrita, porque no le debo explicaciones, porque él no sabe lo que es estar bajo una lupa todo el tiempo, y aun así siento que me está midiendo por cómo me escucho.
Cuando Valeria pregunta por Thiago, mi estómago se tensa. Cuando insiste, siento la sangre subir. No porque quiera defenderlo. Al contrario. Porque tengo ganas de decir cosas que no debo decir. Tengo ganas de soltar la verdad, no la verdad del accidente, pero sí la verdad de lo que se siente que tu “noviecito” sea un cobarde bonito que sabe salir en cámara pero no sabe quedarse cuando hay consecuencias.
Pero me trago todo.
Y luego Valeria hace lo peor.
Se acerca de más. Me toma del brazo como si fuéramos amigas, como si su emoción fuera inocente, como si su sonrisa no trajera cuchillo. Se pega para la foto, y yo sonrío otra vez porque así funciona mi mundo: sonríes aunque te estés muriendo por dentro.
Click.
El flash suena y me deja una sensación extraña, como si acabara de perder un pedazo de intimidad que ni siquiera sabía que me quedaba.
Valeria mira la foto y casi grita de felicidad. Luego se gira hacia Ezequiel con esa mirada insinuante de “qué loco, ¿no?”. Y ahí es cuando me doy cuenta de algo: Valeria no solo me admira. Valeria está disfrutando tenerme aquí, en este contexto, pegada a Ezequiel, porque eso le da una historia para contar. Le da un chisme. Le da poder.
Y justo cuando pienso eso… Valeria se me acerca al oído.
Su perfume se me mete por la nariz, dulce, demasiado, como si quisiera tapar el olor del rancho que todavía traigo pegado. Su voz baja, íntima, como si estuviera a punto de decirme algo tierno.
Pero lo que dice es veneno.
“Yo ya lo conozco… y te vi mirarlo. No lo hagas. Ezequiel no se reparte, se respeta. Haz tu castigo… y luego vete.”
Se me queda el corazón en la garganta.
No porque ella tenga derecho a decirme qué hacer. No porque me importe su opinión. Se me queda ahí porque lo dijo como si fuera una regla de pueblo. Como si estuviera marcando territorio. Como si estuviera advirtiéndome que, aquí, Ezequiel tiene historia y dueñas invisibles aunque nadie las nombre.
Y lo peor… lo peor es que me vio mirarlo.
Me vio cuando lo vi en el corral, con el caballo café, con el sudor pegándole la camisa, con esa calma brutal domando miedo ajeno sin romperlo. Me vio en ese segundo en que mi cuerpo reaccionó antes que mi mente. Me vio y lo usó.
Me enderezo, pero no reacciono en público. No le doy el show. Mi cara se queda compuesta, mi sonrisa se sostiene como si nada, porque mi máscara es eso: el arte de no explotar cuando quieres arrancarle el cabello a alguien.
Valeria se aleja con una sonrisa triunfal, como si me hubiera acomodado en mi lugar. Y yo, por dentro, siento una mezcla horrible: enojo, humillación, confusión. Y una chispa que no quiero nombrar… porque si la nombro, se vuelve real.
Ezequiel abre la puerta de la camioneta y me hace seña seca de subir. No pregunta. No explica. Solo se mueve como si el mundo siguiera.
Me subo con el cuerpo cansado y la mente hecha un nudo. Mis manos todavía huelen a guante y trabajo aunque ya no los traigo puestos. Mis pies laten dentro de las botas. El analgésico ya se está acabando y siento que el dolor está esperando su turno.
Ezequiel se sube, arranca, y el pueblo empieza a moverse alrededor de nosotros. Calles pequeñas, perros, niños, polvo, voces. Yo voy seria, mirando por la ventana, tragándome la rabia como si fuera otra tarea. La frase de Valeria sigue dando vueltas en mi cabeza como un mosquito: “te vi mirarlo”. “no lo hagas”. “se respeta”. “luego vete”.
Me estresa porque no entiendo por qué me afecta.
No debería.
Pero me afecta.
Ezequiel maneja sin prisa. El rock viejo suena bajito, como fondo. Me quedo callada hasta que no aguanto.
—¿Cuántos barriles faltan? —pregunto, por romper el silencio con algo práctico antes de explotar con lo que realmente me quema.
Ezequiel mira al frente.
—Cuatro —dice—. Y el viaje es más largo.
—Perfecto —murmuro, y mi voz sale demasiado seca.
El silencio vuelve un rato. Yo siento el pecho apretado. Mi cabeza se llena de imágenes de Valeria pegándose a mí para la foto, preguntando por Thiago, insinuando cosas con Ezequiel como si yo no existiera. Y luego esa frase al oído, como si me estuviera regañando.
Y entonces, sin querer, me sale lo que de verdad me arde.
—¿Por qué carajo no la frenaste? —digo, girándome hacia él—. ¿Por qué dejaste que esa… rojita insinuara que yo estaba contigo?
Ezequiel no se altera. Ni siquiera voltea de inmediato. Solo suelta una exhalación por la nariz que suena como risa contenida.
—¿Eso te preocupa? —pregunta, con ironía.
—Sí, me preocupa —escupo—. Porque esa gente habla. Porque el pueblo habla. Porque si se inventan algo, luego es un desastre.
Ezequiel por fin me mira de reojo. Sus ojos se ven tranquilos, casi divertidos.
—No temas —dice, y su tono es un golpe seco—. Tu noviecito cobarde no se va a enterar de los estúpidos rumores que inventa Valeria.
La frase me prende fuego.
—¿Mi…? —parpadeo, indignada—. ¿Qué forma de decirle a tu novia…
Ezequiel suelta una carcajada.
Pero no una risa de burla.
Una risa real.
Con ganas.
El sonido llena la cabina y me estremece un poco, porque no lo había escuchado así. Es una risa bonita, limpia, que le afloja la cara y por un segundo lo hace ver menos piedra. Me quedo mirándolo, atrapada en esa rareza: el vaquero gruñón riéndose como si de verdad le diera gracia.
—Ni loco tendría a Valeria de novia —dice, todavía sonriendo, y esa sonrisa le deja ver el hoyuelo otra vez, maldito hoyuelo.
Yo frunzo el ceño.
—¿De amante entonces? —pregunto, y lo digo como provocación, como si mi boca quisiera morder.
Ezequiel vuelve a reír.
—Menos —responde—. Si yo tuviera novia, espero que tenga cerebro. Y si tuviera amante… que al menos coja y se calle.
Me quedo helada un segundo por la crudeza. Luego, sin querer, suelto una risa corta, ahogada.
—Eres un… —murmuro.
—Un qué —me reta, sin perder el humor.
—Un desgraciado —digo, y ahora mi risa sale más fácil, porque aunque me escandalice, la frase tiene una verdad brutal: Ezequiel no se anda con filtros. Y esa falta de filtro, por alguna razón, se siente menos falsa que cualquier cosa que escuché en la casa de Valeria.
Ezequiel maneja con una mano, la otra descansa en el volante. El rock sube un poco, y por primera vez en días, el trayecto no se siente como castigo. Se siente como conversación. Como aire.
—Y Thiago no es tu novio —añade Ezequiel, como si lo supiera sin que yo lo dijera.
Me tenso.
—¿Ah sí? —respondo, defensiva, aunque no sé por qué.
Ezequiel se encoge de hombros.
—Si lo fuera, ya habría venido a sacarte de aquí. O al menos habría llamado. —Su tono es seco—. Un hombre que te deja sola cuando hay fuego… no es tu hombre.
Trago saliva. Me quedo mirando la ventana para que no se me note algo en la cara. No le voy a dar el gusto de que vea que me dolió, aunque me dolió.
—No sabes nada —murmuro.
Ezequiel no insiste. Solo deja la frase caer como una piedra en el agua y sigue manejando. Y lo peor es que, aunque me enoje, parte de mí sabe que tiene razón.
La carretera se alarga. El paisaje cambia. Menos pueblo, más campo abierto, árboles, cercas, polvo. La música suena y, de vez en cuando, Ezequiel tararea bajito sin darse cuenta. Yo lo escucho y me molesta que me calme. Me molesta que su presencia, a pesar de lo gruñón, sea estable.
—Entonces… ¿esa Valeria siempre es así? —pregunto al cabo de un rato, porque necesito entender el veneno que me lanzó.
Ezequiel suelta una exhalación.
—Valeria es Valeria —dice—. Le gusta sentir que controla el aire. Le gusta que la miren. Le gusta meterse donde no la invitan.
—Me odió —digo, y lo digo como observación, aunque suene infantil.
Ezequiel se ríe por la nariz.
—No te odió. Te usó. —Me mira un segundo—. Tú también sabes hacer eso, estrellita. No me pongas cara de inocente.
Me arde el apodo, pero no peleo. Porque es cierto. Y porque hoy, curiosamente, no quiero pelear por todo.
El silencio vuelve, pero ya no es tenso. Es… cómodo. Extraño. Como si estuviéramos flotando en un lugar donde por fin nadie nos está mirando.
Hasta que el camino se vuelve más angosto y aparece una entrada de tierra hacia una granja. Se ven corrales, maquinaria vieja, un campo sembrado. Ezequiel baja la velocidad. La camioneta cruje al entrar en la terracería.
Yo me acomodo, cansada, esperando bajar otra vez y cargar otro pedazo de realidad.
Ezequiel frena.
Y entonces, sin mirarme del todo, suelta una pregunta que me toma por sorpresa, como un golpe seco en el pecho.
—¿Por qué finges todo el tiempo?
Me quedo helada.
Parpadeo.
—¿Qué? —mi voz sale más baja, como si hubiera miedo en ella.
Ezequiel se gira un poco, lo suficiente para clavarme la mirada.
—Eso —dice—. Esa máscara. Esa voz bonita. Esa sonrisa perfecta. ¿Por qué la traes puesta incluso cuando estás hecha mierda?
El aire se me atasca en la garganta.
Porque nadie me lo pregunta así.
Nadie me lo pregunta sin adoración o sin odio.
Él me lo pregunta como si de verdad quisiera saber… o como si de verdad le molestara.
Me quedo callada un segundo demasiado largo, con la mente buscando una respuesta que no me deje vulnerable.
Y afuera, la granja nos espera, silenciosa, como si supiera que la verdadera negociación no es la de los barriles.
Es la mía.