CAPÍTULO 14: LA PUERTA QUE NO DEBÍA ABRIRSE

4522 Words
POV EZEQUIEL Decirle que se bañe fue lo más normal del mundo. Ni siquiera lo pensé demasiado. En mi cabeza era una ecuación simple: viene oliendo a establo, a sudor y a día largo; el baño general ya no tiene agua caliente; si la mando ahí, va a salir peor, tiritando, de malas, lista para pelear por cualquier cosa. Y yo ya tuve suficiente pelea hoy. Así que solo lo dije como digo todo: directo. —Sígueme. La llevé a mi cuarto sin ceremonias, sin explicar demasiado, porque si explico se abre el espacio a una discusión, y yo no tengo energía para discutir por agua caliente. Le señalé el baño y le dije la verdad, sin suavizarla. —Te voy a dar privacidad. Te traigo ropa de tu cuarto. Pero métete ya. Apestas. La vi poner cara de “qué romántico” y me dio igual. Alessia usa el sarcasmo como si fuera cinturón de seguridad. Pero obedeció, y eso ya es algo. Cerró la puerta del baño y el sonido del cerrojo fue un alivio breve, como si por fin algo quedara bajo control. Me quedé un segundo parado en mi cuarto, escuchando el agua empezar a correr. El vapor se coló por debajo de la puerta casi de inmediato y me golpeó en la cara con ese olor a jabón, a limpieza, a descanso. Por un instante, el cuarto se sintió extraño: mi espacio, con la presencia de alguien que no es de aquí, alguien que huele a ciudad aunque se haya embarrado de rancho todo el día. Miré mis libros, el teclado, la guitarra, como si quisieran recordarme quién soy cuando nadie me está mirando. Y me dije lo mismo que me digo siempre para no complicarme la vida: es temporal. Es castigo. Es un problema con fecha de caducidad. Tomé aire y fui por su ropa. El pasillo estaba más tranquilo; Tomás y Samuel seguían con el videojuego en la sala, las risas bajas, el ruido electrónico de disparos falsos. No me detuve a explicar nada. Solo caminé hasta el cuarto de Alessia y empujé la puerta. El desorden me pegó como siempre. Ropa tirada, maleta abierta como boca, cosas regadas sobre la cama y el piso, como si el cuarto fuera una extensión de su cabeza: un caos bonito por fuera, desesperado por dentro. Olía a perfume encima de sudor viejo, a tela húmeda, a prisa. Me irritó, pero no por moralista. Porque el desorden aquí se paga. En el rancho, el desorden no es estético: te hace tropezar, te hace perder tiempo, te hace olvidar cosas importantes. Alessia trae el desorden como si fuera un lujo, y no es lujo. Es descuido. No vine a juzgar eso. Vine a agarrar ropa. Me moví directo al montón más “usado”, porque sé reconocerlo: ropa doblada a medias, pantalones enrollados, una prenda encima de otra como si el cuarto no tuviera paciencia. Vi un short que parecía pijama, suave, de esos que alguien usa cuando ya no tiene que verse “perfecta”, y una playera simple. Eso bastaba. Agarré también una sudadera ligera porque de noche en el rancho la temperatura baja y ella todavía no entiende eso. No busqué ropa interior. Ni siquiera lo consideré. Esa línea no la cruzo. Hay cosas que uno sabe por instinto. Hay límites que no se negocian con “es por ayudar”. Alessia puede ser un desastre, puede ser una niña mimada con máscara, puede ser un problema brillante… pero sigue siendo una mujer en mi casa, cumpliendo una sentencia. Y yo no voy a tocar cosas que no debo tocar. No voy a entrar a ese cajón. No voy a mirar eso. No voy a darme ese permiso, porque cuando te das permisos pequeños, luego ya no sabes dónde parar. Acomodé lo que agarré sobre mi brazo, cerré la puerta del cuarto de Alessia sin hacer ruido y volví hacia el mío. En el pasillo olía más a jabón ahora. El agua seguía sonando. El vapor se colaba como una niebla tímida. Abrí la puerta de mi cuarto, entré, dejé la ropa doblada sobre la cama con cuidado, como si ponerle orden a su ropa fuera ponerle orden a algo más grande. Ni siquiera la vi. Asumí que seguía en el baño. Me di la vuelta para salir. Y entonces escuché el movimiento. Un sonido leve, casi nada: una bisagra, un paso, el aire cambiando. Giré por reflejo, con la mente todavía en modo “tarea cumplida”, sin anticipar nada. Y ahí estaba. Alessia, desnuda, parada a unos metros, detenida en seco como si también se hubiera quedado sin instrucciones. No voy a describirla como si fuera un trofeo. No me interesa convertirla en objeto. Pero lo que veo me deja mudo porque el impacto es brutal, puro instinto, una reacción visual que no pide permiso. Su cuerpo, sin ropa, no tiene nada que ver con la imagen de diva que ella se empeña en sostener con jeans apretados y labial bajo el sol. Sin esos disfraces, la realidad es otra. Más fuerte. Más real. Más peligrosa. Mis ojos la recorren antes de que mi mente pueda frenarlos. Y eso me deja quieto, clavado al piso, como si alguien me hubiera jalado la cuerda del cuello. Me odio por eso. Me odio por no apartar la mirada inmediatamente. Pero hay un segundo en que el cuerpo manda, y yo llevo demasiado tiempo sin darle nada al cuerpo. Ocho meses. Ocho meses sin tocar a nadie. Sin sexo. Sin esa clase de contacto que te vacía la cabeza, que te baja la presión, que te devuelve una especie de silencio por dentro. Al inicio fue decisión. Después se volvió costumbre. Y luego se volvió otra cosa: una forma de castigo autoimpuesto que ni siquiera reconozco como castigo, porque en este pueblo todo se cobra, y yo aprendí a cobrarme solo para que nadie más me cobrara. Pero ahora, con ella ahí, tan real, mi cuerpo reacciona como si lo hubiera soltado una jauría. El golpe de sangre es inmediato, violento, casi doloroso, una tensión que me atraviesa el abdomen y me recuerda que sigo siendo un hombre, aunque me haya construido como piedra. La dureza es incómoda, demasiado rápida, demasiado intensa. Me arde por dentro como si fuera una humillación física. No debería estar reaccionando así. No con ella. No en mi cuarto. No bajo mi techo. No cuando mi cabeza repite “es castigo, es sentencia, es problema”. Y sin embargo mi cuerpo no sabe de sentencias. Mi cuerpo sabe de estímulo. Me quedo mudo, los ojos un segundo más de lo necesario detenidos en su abdomen, en su pecho, y mi mente registra con una claridad absurda lo generosa que es, lo imposible que sería no notarlo aunque quisieras. Es una observación cruda, humana, sin vulgaridad, pero igual contundente. La clase de detalle que te perfora el autocontrol. Luego levanto la mirada, como si de pronto recordara que ella también tiene ojos. Sus ojos miel-aceitunados están abiertos, enormes, sorprendidos. No sorpresa coqueta. Sorpresa de accidente. De “esto no debía pasar”. Y esa mirada me devuelve el golpe de realidad. La sangre se me sube a la cara de inmediato, como si el cuerpo intentara compensar la vergüenza con calor. Me pongo rojo. Así, literal. Lo siento en las orejas, en el cuello, en la cara. Me odio todavía más, porque ser rojo es ser humano, y yo no suelo permitirme ser humano frente a nadie. —Lo siento —digo rápido, demasiado rápido, con la voz áspera—. No… no sabía que… Me callo porque no hay frase que arregle esto. No hay frase que quite de en medio el hecho de que la miré. No hay frase que quite de en medio el hecho de que mi cuerpo reaccionó. Busco una salida inmediata. Una acción. Una toalla. —Espera… —murmuro, y me doy la vuelta como si el giro pudiera borrar la imagen. Como si girarme pudiera apagar el cuerpo. Abro un cajón con torpeza, casi golpeándolo. Encuentro una toalla doblada. La tomo sin pensar, y me acerco un paso sin mirarla. Le extiendo la toalla con el brazo, mirando a la pared, como si mi mirada fuera un arma y no quisiera dispararla otra vez. —Toma —digo, seco—. Perdón. Siento el silencio pesado. Siento el sonido del vapor todavía en el aire. Siento la ropa sobre la cama como si fuera evidencia. —Perdón —repito, porque no sé qué más decir. Y salgo. Cierro la puerta detrás de mí con cuidado, como si el ruido pudiera romper algo más. Camino por el pasillo y siento la respiración pesada, el pecho subiendo y bajando demasiado rápido, la dureza todavía ahí, incómoda, dolorosa, una traición. Mi cabeza no deja de reproducir la imagen como si fuera una maldita fotografía: la forma en que se quedó quieta, la luz del cuarto, el vapor, sus ojos. —Mierda —pienso. No lo digo. Pero lo pienso con tanta fuerza que se me queda en la garganta. Llego a la cocina y me recargo en la barra con ambas manos, bajando la cabeza un segundo, respirando como si hubiera corrido. El cuerpo no entiende que esto no es una carrera. El cuerpo entiende que vio algo que quería y que no puede tener. La dureza es intensa, molesta, casi un castigo físico que me recuerda lo lejos que estoy de cualquier vida normal. Cierro los ojos, intento pensar en otra cosa: la valla, el establo, el alambre, los barriles, Howard, el precio del abono, la lista de tareas de mañana. Nada sirve. Todo se contamina con la imagen. El ruido del videojuego llega desde la sala. Risas. Tomás diciendo alguna grosería alegre. Samuel quejándose. Sonidos de disparos falsos. Vida normal. Necesito eso. Necesito ruido. Necesito distracción. Tomás entra a la cocina con una cerveza en la mano, como si el mundo fuera sencillo. Me mira, me mide rápido, y yo sé que nota algo raro aunque no sepa qué. —¿Una? —me ofrece la cerveza. La tomo sin agradecer mucho, porque si abro la boca capaz se me nota la voz tensa. Destapo y me la termino de casi un trago. El líquido frío me baja por la garganta como un golpe, no me quita la imagen, pero me da un segundo de control. Tomás alza las cejas. —¿Estás bien? —pregunta. Asiento. —Sí. No suena convincente ni para mí, así que agrego lo único que puede cerrar el tema sin levantar sospechas. —¿Siguen jugando? —pregunto. Tomás sonríe. —Sí, patrón. Samuel está llorando porque lo estoy reventando. —Dame el control —digo, y mi voz suena más firme. Tomás se ríe. —Ah, no mames. ¿Vas a venir a humillarnos también? —A distraerme —respondo, y ahí está la verdad disfrazada. Tomás no pregunta más. No sabe lo que vi. No sabe por qué necesito jugar como si mi vida dependiera de eso. Solo me da la bienvenida a su mundo de disparos falsos y competencia tonta. Nos sentamos en la sala. Samuel se queja, Tomás se burla, yo agarro el control y, por un rato, la mente se me mueve al ritmo del juego: apuntar, cubrir, ganar, perder, escuchar insultos, reír un poco. Me doy cuenta de que hacía demasiado que no me reía así, sin cálculo. Tomás es un idiota útil para eso. Te obliga a vivir el momento porque su boca no se calla y su humor es físico, directo, sin filtros. —No dispares como viejito —me dice Tomás. —Cállate —le respondo, y le meto un tiro en el juego. Samuel grita como si lo hubieran herido en serio. —¡Eso no vale! ¡Ezequiel está chetado! Tomás se ríe a carcajadas. —No está chetado, está traumado —dice, y no sabe lo cerca que está de la verdad. Yo sonrío apenas, sin decir nada. Pasamos así un par de horas. Dos, quizá más. El tiempo se vuelve más blando cuando estás distraído. La cerveza se convierte en otra, no porque quiera emborracharme, sino porque el alcohol ayuda a bajar el voltaje del cuerpo. Aun así, cada cierto tiempo, la imagen vuelve como un relámpago: Alessia, el vapor, el accidente. Y tengo que apretar la mandíbula, volver al juego, volver a la risa ajena, volver al ruido. Cuando por fin el cansancio me cae encima de verdad, suelto el control y me pongo de pie. —Ya —digo—. Mañana hay trabajo. Tomás protesta. Samuel también. Pero no me importa. Me despido con un gesto y camino hacia mi cuarto. El pasillo está oscuro. La casa dormida suena distinto. Menos risa, más madera, más viento, más silencio. Abro la puerta de mi cuarto con cuidado. Y ahí está. Alessia está completamente dormida en mi cama, acurrucada como si su cuerpo por fin hubiera soltado la guerra. Su cara ya no tiene esa expresión terca. Ya no tiene el ceño fruncido de diva ofendida. Está tranquila, indefensa, con el cabello rubio revuelto sobre la almohada, aún un poco húmedo quizá, o solo desordenado de cansancio. La piel sigue ligeramente roja del sol, pero ya no se ve como batalla; se ve como alguien que se quedó sin fuerzas. Me quedo en la puerta un segundo, respirando, con una resignación rara. Yo rara vez dejo que alguien entre aquí. A este cuarto no entra nadie. Ni amigos. Ni trabajadores. Ni siquiera Emiliano lo ocupa cuando viene, porque Emiliano tiene su espacio. Este cuarto es mi control. Mi refugio. Mi pared. Y ahí está ella, durmiendo como si le perteneciera. Debería despertarla. Debería mandarla a su cuarto. Debería cerrar esta puerta y volver al orden. Pero no lo hago. Porque verla así… así de cansada, tan distinta a su máscara, me pega en un lugar que no me gusta reconocer. No es ternura romántica. Es algo más simple: humanidad. La misma humanidad que Howard me dio cuando era niño y tenía hambre. La misma humanidad que a veces se te escapa incluso cuando has decidido ser piedra. Entro despacio. Camino sin hacer ruido. Tomo una manta del respaldo de una silla y me acerco. La cubro con cuidado, sin tocar de más, solo lo necesario para que no le dé frío. Ella no se mueve. Solo respira, profunda, como si por fin el cuerpo hubiera encontrado descanso. Se me sale una sonrisa mínima. Involuntaria. —Estrellita… —pienso, sin decirlo. Y entonces hago lo que nunca hago. Me voy. Salgo del cuarto y cierro la puerta con cuidado. No la dejo ahí por comodidad. La dejo porque no quiero romper ese descanso, porque sé lo que es dormir después de días de tensión, porque sé que si la despierto, mañana va a ser peor. Yo no duermo ahí. Yo agarro una almohada y una manta de la sala, ahora vacía, y me acuesto en el sillón. El cuero es frío. La casa está en silencio. Mi cuerpo, por fin, empieza a apagarse. Pero antes de cerrar los ojos, la imagen vuelve una vez más. Y el pensamiento vuelve como una sentencia: Mierda. Porque ahora ya no es solo el rancho. Ahora es ella durmiendo en mi cama. Y yo, siendo el tipo de hombre que no deja entrar a nadie… dejándola entrar. Sin pedir permiso. Sin querer admitirlo. Y eso es lo que más me asusta. POV TOMÁS Me despierto antes que todos porque alguien tiene que hacerlo. No por disciplina de libro, sino porque el rancho no perdona la flojera y, si esperas a que el sol te “anime”, ya vas tarde. Abro los ojos con la lista del día pegada en la frente como un papel mojado: revisar la valla del sur, el alambre que dejó flojo Ricardo, el bebedero que ayer estaba tirando agua, y lo más importante… hablar con el patrón. Porque lo de la valla no fue un accidente. Yo he visto cercas romperse por viento, por ganado terco, por óxido, por un tronco que se cae. Esto no. Esto fueron cortes limpios. Como si alguien hubiera metido pinzas o cizalla con calma y con maña. Tres puntos distintos, separados, como probando hasta dónde pueden meterse sin que lo notemos. Eso significa una cosa: alguien está jugando. Y si alguien juega con la valla, juega con los animales, con la seguridad, con la plata… y con el orgullo de Ezequiel. A mí no me gusta que jueguen con el orgullo del patrón, porque cuando a Ezequiel le mueven el orden, no se pone dramático. Se pone frío. Y el frío en él es peor que un grito. Bajo descalzo, con el pantalón de mezclilla todavía puesto desde anoche porque me quedé jetón como piedra. La casa está en silencio, ese silencio de madrugada que no es paz, es pausa. Huele a madera, a café viejo que se quedó en la jarra, a tierra guardada en botas. Camino hacia la cocina y, antes de prender nada, veo el bulto en la sala. Ezequiel. Dormido en el sillón. Y eso ya es raro. El patrón no duerme en la sala. El patrón duerme en su cuarto. Si está en la sala es porque algo pasó. O porque no quiso estar donde debía. O porque está castigándose por algo que no entiendo. Me acerco y frunzo el ceño, pero no por preocupación bonita. Por curiosidad tensa. Entonces lo veo. La carpa bajo el short. Y no es una “carpita”. Es una declaración. Me quedo quieto un segundo y se me escapa una sonrisa que me da pena y risa a la vez. Con Ezequiel no se juega, pero también… también es humano. Aunque se esfuerce en parecer una pared. La pared a veces sueña. Y sueña fuerte. No necesito ser adivino para imaginarme el sueño. No porque sea morboso. Porque uno conoce al patrón. Ezequiel no es de los que se van al pueblo a buscarse una mujer “para aliviarse”. No le gusta el chisme, no le gusta el ruido, no le gusta regalarle el gusto a la gente de verlo con alguien. Y en este pueblo de mierda, donde todos juzgan sin saber, menos. Aquí te miran como si supieran tu vida completa con solo ver cómo caminas. Y Ezequiel… Ezequiel carga una historia que yo conozco lo suficiente para respetarla sin abrir la boca. Para mí, el patrón es buena persona y excelente jefe. Lo demás no me toca. Pero esa carpa… esa carpa me dice otra cosa: que lleva demasiado tiempo solo. Que su cuerpo está cobrando factura. Y si lo dejo dormir así, capaz el sueño se le vuelve una mala pasada. No pienso permitir que Ezequiel se despierte con vergüenza encima, porque eso lo pone más de malas que el sol. Así que lo despierto. Me agacho y le doy dos golpecitos en el hombro, suave al inicio. —Patrón… —susurro. No se mueve. Le doy otro golpe, más firme. —Ezequiel. Él gruñe, abre un ojo, luego el otro, como si el mundo le molestara. Se incorpora lento, despeinado, con la cara marcada por el sillón. Y yo, por respeto y por amistad, finjo que no vi lo que vi… aunque está ahí, gritando bajo la tela. —¿Qué hora es? —murmura con voz ronca, aún atrapado entre sueño y realidad. —Temprano —respondo—. Lo suficiente para que no te agarre el sol en la cara cuando revises la valla. Ezequiel parpadea, como si mi frase le acomodara el cerebro. Se sienta mejor. Luego baja la mirada. Porque claro que baja la mirada. Como si de pronto su cuerpo le avisara lo que está pasando. El short está estirado al máximo, como si fuera una cuerda a punto de reventar. Él suelta un suspiro resignado, cansado, y lo único que dice es: —Mierda… Yo me muerdo la risa. No por burlón, sino porque si no me río, esto se vuelve incómodo. Y Ezequiel odia lo incómodo. —Tal vez te convenga una ducha fría —le digo, y mi tono trae burla leve, de compa, no de empleado. Ezequiel me mira con cara de “cállate”, pero no tiene energía para pelear. Se pasa una mano por la cara y se queda un segundo sentado como si estuviera calculando la vida. —Qué molesto… —murmura, más para sí mismo que para mí. Yo me recargo en el marco de la puerta, tranquilo. —Pues mira, patrón… —digo, midiendo hasta dónde puedo hablar— si no quieres buscarte novia y seguirte matando a… a fuerza de voluntad… igual podrías pagar una, ¿no? Solo para calmarte. Lo suelto con la naturalidad con la que aquí se dicen cosas feas. No es que yo lo esté empujando a nada. Es que sé que el cuerpo, cuando aprieta, aprieta. Y Ezequiel es demasiado terco como para admitir que es humano. Ezequiel suelta una risa seca. No feliz. Una risa de “qué chingados”. Se encoge de hombros, como si mi sugerencia fuera un ruido más del mundo. —No —dice, simple. No explica. No se justifica. No lo necesita. Y eso me confirma lo que ya sé: Ezequiel no se “calma” así. No por moral, por control. Porque si cede una vez, siente que pierde el filo. Y el filo es lo único que le queda cuando el pueblo lo mira como lo mira. —Está bien, pues —digo con un gesto—. Pero entonces no te quejes cuando andes soñando cosas raras. Ezequiel me lanza una mirada que podría matar a un perro. —Vete a chingar a tu madre, Tomás. —Con gusto, patrón —respondo, riéndome, y lo digo porque con él sí se puede. Con él el respeto no se rompe por un chiste. Al contrario: se fortalece. Ezequiel se pone de pie con lentitud, todavía adormilado, y camina hacia su cuarto como si nada, con esa dignidad absurda de hombre que trae un problema en el short y aun así cree que el mundo no lo ve. Yo lo dejo ir. No lo sigo. No me meto. Solo lo observo desaparecer en el pasillo y suelto una exhalación. Bien. Ahora sí. Desayuno. Me meto a la cocina y pongo café. Ese es mi acto religioso: café primero, luego el mundo. El aroma empieza a llenar la casa y me calma. Saco una sartén, reviso si hay tocino. Hay. Gracias a Dios, porque si hoy me toca cocinarlo a mí y se me quema, me van a recordar lo de la “famocilla” por un mes. Mientras el café sube y la casa empieza a despertar, mi mente vuelve a la valla. Me arde el pensamiento como una astilla. No me gusta que alguien esté cortando cercas. No me gusta que alguien pruebe límites. No me gusta pensar en animales escapando de noche o en alguien entrando. Y lo peor es que, si se lo digo a Ezequiel, él no se va a “preocupar”. Se va a enfocar. Y cuando se enfoca, el ambiente cambia. Pongo el café en la jarra, dejo tazas listas, y en ese momento baja Lorena. Y ahí cambia la vibra de la cocina, como si alguien hubiera subido la luz. Lorena no es de las que bajan arrastrando los pies. Lorena baja despierta. Trae el cabello recogido, la cara limpia, y ese carácter que no pide permiso. Es la clase de mujer que te mira y tú te enderezas aunque no quieras. Y sí: a mí me trae de un ala desde hace meses, aunque ella finja que no. Me regaña cuando dejo tiradas mis botas, me corrige cuando digo una tontería, me pega en el brazo cuando me paso de listo… y lo peor es que yo lo dejo, porque me gusta. Me ve en la estufa y levanta una ceja. —¿Ya estás haciendo algo útil o solo estás estorbando? —me suelta, como saludo. —Buenos días, jefa —le digo, y me sale con una sonrisa. Lorena se acerca, huele el café, agarra una taza sin pedir, se sirve como si esta cocina fuera su reino (y en cierto modo lo es) y me mira por encima del borde. —¿Y el patrón? —pregunta, y su voz cambia un poquito. No por chisme. Por control. Ella cuida el orden también. —Ya despertó —digo—. Se fue a su cuarto. Lorena me observa como si supiera que no le estoy contando todo. Me conoce. Me ve la cara. —Ajá… —dice, lenta—. ¿Y por qué estabas tú aquí tan temprano con cara de… “pasó algo”? Me rasco la nuca, atrapado. —Tengo que hablar con él de la valla —respondo, cambiando de tema rápido—. Los cortes… se ven intencionales. Lorena deja la taza en la barra con un golpe suave, pero firme. —¿Otra vez? —pregunta. Asiento. —Tres puntos —digo—. Limpios. No fue ganado. No fue viento. Alguien trae herramienta. Lorena aprieta los labios. —Se lo dices hoy. —Sí —respondo. Ella me mira un segundo y luego suelta una frase que me deja frío. —Díselo antes de que vea a la estrellita. Yo parpadeo. —¿Por qué? Lorena me da una mirada de “no te hagas el tonto”. —Porque últimamente el patrón… —se detiene, como si eligiera palabras— anda raro. Yo me trago la risa, porque si le digo lo de la carpa, me mata. —Anda cansado —miento. Lorena me sostiene la mirada, y en sus ojos hay algo de sospecha, pero no insiste. Porque Lorena es lista. Y porque aquí nadie se mete en lo que no le toca… hasta que le toca. En eso escucho pasos en el pasillo. Ezequiel regresa. Con la cara más compuesta. El cabello todavía un poco revuelto, pero ya con esa energía de jefe que se pone como camisa: automática. Nos mira a Lorena y a mí, y su mirada pasa por encima como si escaneara el estado de la casa. —Café —dice, como orden. Lorena le sirve sin decir nada. Yo agarro aire. Este es el momento. Pero antes de que pueda hablar, escucho un ruido leve en el pasillo… y el ambiente cambia otra vez, como si alguien hubiera movido una pieza sensible. Porque sé quién es aunque no la vea. Alessia. Y yo, con la taza en la mano, pienso lo único que puedo pensar mientras miro a Ezequiel de reojo, sin saber lo que realmente pasó anoche: Aquí hay algo. Algo que no entiendo. Y si además alguien está cortando la valla… Esta semana no va a ser tranquila. Ni aunque el café esté perfecto.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD