Me giro hacia arriba y lo miro. —¿Quieres bajar y jugar tú? —lo reto. Ezequiel alza una ceja. —Estoy jugando. —No, estás… juzgando —digo. Ezequiel se ríe. Esa risa breve que le marca el hoyuelo. Y yo, sin querer, me quedo un segundo de más mirando su cara, pensando que se ve distinto cuando se ríe. Menos duro. Más joven. Casi como si el rancho le quitara años cuando se permite no ser jefe. Me obligo a mirar la pantalla. La carrera sigue y yo agarro una caja de objetos sin querer. Un caparazón. —¿Y esto qué? —pregunto. Samuel abre los ojos. —¡Tortuga! Aviéntala, aviéntala. Yo aprieto un botón al azar. El caparazón sale… pero no hacia adelante. Sale hacia mí. Me pega. Mi carrito da vueltas y yo grito como si me hubieran disparado. —¡ME PEGUÉ! —chillo, indignada— ¡ME

