Así que asiento. —Te escucho —digo, lento. Alessia me mira un segundo más, como si estuviera decidiendo si creerme. Y de pronto, sin aviso, sin discurso, sin máscara… Me besa. No es un beso de provocación de bar. No es un beso de “voy a ganar”. Es un beso directo, decidido, como si no quisiera perder el valor. Como si hablar fuera demasiado difícil y su cuerpo eligiera el idioma más rápido. Yo me quedo helado un milisegundo. La parte consciente de mí grita: Thiago está cerca. Detente. Aléjate. No hagas esto. Pero la otra parte… la parte que llevo años entrenando para callar… la parte que huele a rancho y a sangre y a deseo… esa parte no pide permiso. Esa parte gana. La beso de vuelta. Al principio es suave. Tierno. Casi tímido, como si ambos estuviéramos comprobando

