Epílogo. —Cariño, es tu turno —susurró Elena medio dormida. Richard André tenía un mes de nacido y aún no dormía por las noches, el pequeño pasaba las horas como si fuera de día. Mientras para ellos la noche se hacía larga y casi eterna. —¿De nuevo? —preguntó André. —Sí, me he despertado hace una hora, no te quejes —dijo bostezando y sin abrir los ojos. André se puso de pie y caminó hasta la cuna del bebé, lo cargó entre sus brazos y lo meció lentamente. —Duerme mi campeón, mamá y yo necesitamos un descanso —susurró bajito pegadito al oído del bebé y como respuesta el pequeño hizo muchos ruidos bonitos que le conquistaban el corazón—. No pidas un hermanito, mamá y yo debemos pensarlo muy bien —habló de nuevo con el pequeño. André lo meció con ternura, mientras le cantaba al oído vari
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