No supe cuanto esperé allí, pero el tiempo me pareció eterno; el frío me hacía temblar violentamente y tenía el corazón estremecido del dolor. Intenté desatarme, pero fue en vano, lo único que conseguí fue lacerarme las muñecas. El dolor físico de alguna manera me reconfortaba, pero, el dolor del corazón era más fuerte. Inesperadamente, sentí que las ataduras cedían. Un rostro níveo que desprendía un brillo mortecino se quedó frente a mí, no lo reconocí, todo mi ser estaba tan adolorido que mi mente, para protegerse del dolor, se había desconectado. Era el rostro de un hombre, de ojos negros, negros y cálidos enmarcados por unas cejas igual de oscuras e increíblemente perfectas. Su cara estaba enmarcada con un largo y espeso cabello n***o pulcramente peinado en una cola de caballo. No par

