Ella Dormir cuatro horas debería ser ilegal, especialmente cuando pasas tres de ellas repasando mentalmente la forma en que los ojos de Noah Campbell te devoraron mientras fingía que no existías. Otra noche más recordando lo que paso entre nosotros. El frío de Edmonton a las siete de la mañana no era aire, eran cuchillas de afeitar golpeándote la cara. Me bajé del auto frente al estadio con la espalda rígida y el orgullo como único abrigo. Brianna venía a mi lado, arrastrando los pies y ocultando sus ojeras tras unas gafas de sol gigantescas. —Dime que no vamos a morir hoy —murmuró ella, su aliento formando una nube blanca. —Hoy no morimos nosotros, Bri. Hoy matamos al ego de Campbell. —Creo que juegan a algo peligroso —bostezo—, pero puedo ver al rubio mientras ustedes deciden que

