Pov. Noah Si me hubieran preguntado hace un mes qué era lo más difícil de gestionar en una pista de hockey, habría dicho que un power play en contra con dos hombres menos y el disco en manos de un tirador zurdo. Pero me equivocaba. Lo más difícil de gestionar es el silencio de Ella Clark. No es un silencio vacío. Es uno con espinas. Un muro de granito que levantó entre los dos desde aquel beso frente a toda la población. Ella declaró una guerra, pero no una de gritos y disparos, sino una de hielo y distancias calculadas. Me levanté temprano, con el cuerpo todavía reclamando su calor al otro lado de la muralla de almohadas, unas que me encargaba de quitar y colocar antes de que despertase, pero que anoche no saqué ya que caí rendido. Ella no estaba en la cama cuando desperté y la

