El tiempo no se detenía, los días pasaban sin detenerse, no como los seres humanos que solemos quedarnos paralizados, el tiempo no, mientras quedamos paralizados el tiempo continúa.
Durante cuatro días Gary y yo fuimos inseparables, hacíamos el amor en la ducha, en la cocina, a la hora de la siesta y antes de dormir. Siempre me miraba con inmenso deseo y yo correspondía a todas sus exigencias, tocaba mi cuerpo con propiedad y me poseía ambicioso, no parecía saciarse de mí y eso de sentirme deseada me fascinaba.
Para el día miércoles tuvo que volver al trabajo, tenía asuntos pendientes, habíamos dado algunos paseos por la ciudad y el Puerto, así que decidí ir a comprar algunas cosas antes de que el sol calentara desde lo alto.
Lo despedí en la entrada, estaba muy guapo con su ropa formal y su maletín en la mano, lo vi alejarse y cuando volteó le hice adiós con la mano y le sonreí, él también lo hizo.
Al cerrar la puerta me apoyé en ella y suspiré, tenía cosas que hacer antes de salir. Metí una lavadora y fregué lo poquito que tenía, luego barrí la cocina y fui a la recamara para cambiarme. Decidí darme una ducha, Gary se había despertado temprano muy pegado a mi cuerpo y había comenzado a frotarse en mi espalda, por lo que el sexo se hizo inevitable. Luego de bañarme comencé a vestirme, en el espejo mi figura lucía muy bien, toqué mi rostro y pensé si alguien notaría en la calle que ya era una mujer.
Abrí el cofre de las prendas y tomé el corazón, lo acerqué como tonta a mi pecho y lo oculté en mi sostén, era lo único que podía haber entre el señor y yo, ese recuerdo platónico.
De esta manera los días se convirtieron en semanas y las semanas en meses. Al principio cada día que Gary llegaba, yo veía el calor en su mirada y lo recibía despierta, al pasar los días lo detenía y antes cenábamos, hablábamos y luego a la cama. De querer hubiese sido mejor esperarlo desnuda pues de sólo verme al entrar su cuerpo estaba listo para poseerme, me devoraba hasta hacerme gritar enloquecida, a veces con la insistencia de borrar cualquier duda que me mantenía al pendiente de él.
Si le tocaba realizar trabajos en Barcelona, yo viajaba con él y permanecía con mis hermanos largo tiempo mientras él resolvía sus asuntos. Si llegaba a la casa y callábamos nos miraba pensativo.
-¿Qué hablaban cuando llegué?-Me preguntó una noche en la casa que antes yo habitara con Emanuel, él vivía ahí solo aunque Mira pasaba casi todos los días por allá para ayudarlo, ya quería que se hiciera el día para verla.
-No lo recuerdo.-Le respondí. El venía de bañarse, traía una toalla en la cintura y con otra se secaba el cabello.
-¿No lo recuerdas? Por favor María Victoria ¿qué tantas cosas podrían ser que no recuerdas esa sola?
Yo llevé el cepillo con que arreglaba mi cabello a la peinadora y lo miré.
-Hablamos muchas cosas, quiere tomarse un tiempo para pensar que estudiar. Me habló de papá y algo extraño él y Nilvia.
-Eso suena raro.-Me dijo acercándome por la cintura mucho para que yo sintiera su excitación, lo separé delicadamente.
-No Gary.-Le dije mimosa, -Emanuel está justo al lado.
-¿Y qué? Prometo no gritar.
Respondió divertido y volvió a tomarme, esta vez me besó, yolo abracé por el cuello y correspondí.
-Toma un receso hombre.-Le dije y volví a separarme.
-¿De ti?-Me atrajo esta vez con mas determinación y en el jaleo se cayó su toalla de la cintura.-No voy a poder.
Sonreía peligroso.
-Me pregunto ¿cómo hacías para ser sólo mi novio durante todo este tiempo?
Le hablé muy pegada a su boca, él respiraba aceleradamente y aunque me gustaba estar íntimamente con él, pensar que Emanuel estaba del otro lado me perturbaba.
-¿Por qué crees que detenía tus besos seguidos?
Respondió forcejeando con mi bata, yo quería vestirme y él destaparme.
-¿Siempre me deseaste así?-Ahogué una risita, él con sus grandes habilidades logró quitarme la tela por debajo dejando mis senos descubiertos.
-Siempre…-Se detuvo y me miró diferente.-Y no soy el único, créeme.
Quedé perpleja y él se aprovechó de mi debilidad tumbándome en la cama que sonó, yo guardé una muda exclamación, no quería que Emanuel siquiera sospechara lo que aquí ocurría. Arrebató mi pantys blanca y me miró insidioso, como si fuera la primera vez o quisiera dejar ese recuerdo de su mirada en mi mente.
-Gary…Gary.-trataba de detenerlo pensando que se lanzaría en la cama pero pasó directo abajo y tomó por las piernas abriéndomelas, el movimiento me incomodó y sacó un ¡ahh! De mi garganta, seguido de un placer culpable cuando su boca se apoderó de mi entrepiernas y con su lengua fue explorando afuera y adentro, quería quejarme, sentí su mano sobre mi boca mientras jugaba con mis juegos, sentía que iba a explotar así que lo tomé por el cabello obligándolo a mantenerse ahí, quejándome en silencio, sintiendo como mis piernas perdían fuerza y justo llegando al clímax se levantó.
-Oh no por favor.-Supliqué.
-Así.-Afirmó acercándome por las caderas y tomándome en el acto, duro, sin tregua, me aferré a sus hombros y utilizando el fuego de su calentada lo recibí plena de deseo.-Esto quiero que siempre lo desees.
-Siempre te de-deseo.-Le afirmé mirándolo a los ojos.
-Sólo a mí, a mí, a mi.-Cada vez que repetía me embestía justo en el centro que ya lo conocía y que desbordó cual río buscando cause con gemidos ahogados y una presión en su rostro donde se entregaba todo, donde dejaba todo dentro de mi.-Eres grandiosamente divina.-Dijo ocultando su rostro en mi cuello, reposando, sudado por completo.
-Y tu insaciable.-acaricié su cabello muy n***o y su nuca llena de sudor.
-Y quiero que te sientas igual por mí.
-¿Te cabe duda?
-La verdad Victoria.-Se incorporó saliendo de mi de golpe.-Quiero que me desees a pesar de que yo no esté, que cuando yo aparezca sea lo que tu deseabas ver y hacer.
-¿Llevarte a la cama?-Reí graciosa
-Sí y no te rías.-Me observó medio sentado en la cama, aún respiraba sofocado.
-No me rio de nada, siempre quiero que llegues, lo que mas deseo es hablar, estos meses han sido muy bueno hemos pasado suficiente tiempo juntos, para yo retome mis actividades estaremos compenetrados.
-En ese tiempo afuera es que quiero que te sientas como quiero. Y además quiero…-Alzó las cejas como un papá que le enseña hablar a su niñita.
-Que siempre me hagas el amor.
Respondí leyendo en sus ojos que si respondía otra cosa me tomaría de nuevo hasta sacarme la otra respuesta. Se inclinó y besó mis labios algo torpe.
-Pronto yo también voy a estar muy ocupada como tu, voy a tomar el trabajo en la pastelería a tiempo completo y luego pensaré lo del restaurante árabe, deseo aprender de todo eso.
-¿Deseo? –Se inclinó de nuevo a mí y chupó uno de mis senos, lo cual no me pareció para el momento.-No quiero que nada más desees que a mí, que hasta el dolor te haga recordarme.
-No tiene que ser diferente.
-Eso espero.
Se inclinó por completo sobre mí y sin previo aviso me penetró haciendo un cadenciosos movimiento, ocultando su rostro en mi cuello, obligándome a abrir de par en par las piernas y a estimular mi cuerpo, hasta que sentí que prendía un switche en mi cuerpo y me integraba a su ritmo, acabando retorcida bajo su cuerpo, con sus manos apretando mis senos con fuerza, con una que dolía, hasta hacerme embestirlo yo furiosa haciendo que sin querer se ahogara con su fuerte m*****o dentro de mí y descansara.
En el Puerto todo era diferente, la ciudad no descansaba, llevábamos meses casados y me sentía en ocasiones alejada de lo que llegué a tener.
Ocasionalmente por las noches me despertaba sobresaltada, ni siquiera el aire detenía el sudor de mi ansiedad. Bajaba de la cama sin hacer el menor ruido, e iba por un vaso de agua o algo dulce, morder una manzana o un durazno. Pasaba mucho tiempo sin compartir con papá o Emanuel, a quien más veía era a Diego cuando viajaba a la ciudad y se quedaba en la casa.
El trabajo en la pastelería era fantástico, aprendía mucho y también había ganado algunos kilos de probar y probar.
Mi relación seguía igual, él llegaba feliz a la casa, me encontraba, charlábamos de su trabajo o del mío, probaba mis manjares culinarios y luego mis manjares corporales, ni siquiera lo detenía un resfriado, su apetito de mi me tenía sorprendida y agotada.
Cuando llegaba a la casa a las siete solía esperarlo cai una hora a que llegara, era un abogado muy solicitado, a veces nos veíamos para almorzar y entonces con la misma fuerza de siempre se acomodaba en la silla y me sentaba sobre él para irse luego con mi olor en su piel.
Cuando llegué ese jueves comencé hacer una ensalada y saqué unos panes para tostarlos, tocaron a la puerta.
-Buenas noches.-Le dije al chico que estaba frente a mi.
-Buenas noches, esta es la casa de…no, no, creo que me equivoqué.-Miraba hacia todos lados.
-¿De quién?-Terminé de abrir y sequé mis manos del delantal.
-El abogado, es que busco a un abogado, me enviaron a traerle esto.-Asomó un sobre amarillo opaco.
-¿A estas horas?-Tomé el sobre, si, era para mi esposo-¿Qué es tan importante que no puede esperar a mañana?
-No lo sé en verdad, ¿estas segura que es para usted?.
-Si, es para mi esposo.
-Ah, su esposo.-Dio un paso atrás.
-Espera aquí que te busco algo de propina.
-Oh no, por favor no es necesario,.-Siguió retrocediendo y yo lo seguí.
-¡Ehy!-Gary apareció por la vereda solitaria a prisa e interceptó al joven-¿Quién eres?
-Y-yo, yo señor…
-Tranquilo Gary.-Me interpuse, el chico estaba nervioso y ya Gary le colocaba una mano en el pecho-Es un mensajero, vino a traerte esto.-Le mostré el sobre, él se acercó y me lo arrebató.-¿Qué sucede?
-Te esperé hasta ahora en la oficina.-Le dijo al chico
-Lo siento señor, me dieron dos direcciones y por la hora se me ocurrió que debía venir aquí, el doctor Aníbal hizo énfasis en que tenía que traerlo hoy mismo.
Retrocedí sin disimulo, el muchacho estaba asustado y con razón y Gary frunció el ceño de inmediato.
-La próxima vez ve a mi oficina, no me gusta que molesten a mi esposa en la casa.
¿Queee? ¿A qué venía ese comportamiento?
-Tranquilo.-Me disculpé con el muchacho.-todo está bien.
-Disculpe señora.-El seguía andando atrás, hasta que se perdió en la calle.
Yo miré a Gary atónita y caminé hacia el interior de la casa, ahora con la tremenda curiosidad del sobre. El entró lanzando la puerta, puso el maletín en el piso y fue a su estudio donde lo dejó imagino porque regresó sin él.
-¿Qué estabas pensando al abrirle la puerta a un extraño?
-Era un mensajero.-Me encogí de hombros, el chico nunca tuvo gestos de asesino.
-¿No te pareció extraño que un mensajero llegara en la noche?
Se colocó las manos en la cintura.
-S-sí, pero era un chico.
-¿Y tú una anciana?
-¡No! Pero me inspiró confianza.
-¡Por favor María Victoria, era un desconocido!
-Si lo se Gary, pero era un chico, apenas si llega a los diecisiete años y venía buscándote para entregarte ese sobre.
Señalé el estudio donde pensé había dejado el sobre.
-No era tan importante pudo haberlo dejado para mañana.
-¿Para que el señor Aníbal te envía un sobre?¿Qué ha sucedido?
-No suelo conversarte de mis asuntos de trabajo.-Me miró furioso, no sé si por el sobre, el chico o el señor Aníbal.
-De hecho si lo haces, y en este caso se trata de alguien conocido.
-¿Por qué te importa tanto?
-Me importa porque lo conozco, fui parte de su casa, como tu.-No le temía a su postura.-¿Pasa algo con él o la señora Lucy?
-¿Te gustaría? ¿Quisieras enterarte que se divorcian?
Apretaba la mandíbula.
-¿Qué te sucede? –Lo empujé lejos de mí, no estaba dispuesta a permitirle esas acciones.
-Dímelo tu María Victoria.-Seguía ignorando mis gestos y se imponía.
-No tengo nada que decirte.-Le escupí en la cara.-Y no me gusta que me hables así, ni que hayas tratado así al muchacho que se fue, pareces un…
-¿Celoso enfermizo?-Se saboreó los labios.
-Pues sí, y no tienes razones.-Suspiró tratando de recuperar la calma. Luego fue por el sobre y me.
-Tómalo, es para ti.
-¿Para mí? –Lo tomé sin dudar.
-Sí, el señor Aníbal ha vuelto de viaje y ahora es el director de la clínica, desde hace tiempo te abrí una cuenta y han ido depositando grandes sumas para ti y para tu hermano, por supuesto, están separadas, todo viene de las ganancias de los negocios, como tu abogado y administrador tengo libertad de tocar el dinero, claro no lo he hecho, el señor Aníbal te ha enviado los recibos de depósito.
-¿Por qué me lo dices hasta ahora? –Apreté el sobre con fuerza.
-No querías que te nombrara a tu familia, esperaba el momento de decirte que eres envidiablemente rica.
-¿Rica? -Sentí lágrimas punzar.
-Sí, rica y estas casada con un abogado modesto, ¿has pillado?
-¿Pillado? ¿Qué te ocurre Gary? No me interesa el dinero pero debiste decírmelo, Emanuel quería hacer algunas cosas y le prometí ahorrar, nunca pensé que fuera tanto.
-¡Pues lo es! –Gritó sin arrepentimiento.-Y ahí tienes las pruebas.
Dio media vuelta y se largó de la casa, yo quedé paralizada ¿A dónde iba?¿qué le pasaba? En mitad de todo forcé el sobre y lo abrí, en efecto eran recibos a mi nombre, seguramente el señor sospechó que yo no sabía nada y quiso librarse de culpas. A los pies de una de las hojas escribió:
Es suficiente para hacer realidad los sueños, tu hermano me dijo que no lo sabias, pues es cierto y es de ustedes, disfrútenlo.
A.
Era una A hermosa. Era un hombre maravilloso y yo tenía su corazón.