El territorio que alguna vez perteneció a la manada Sombras de Hierro agonizaba. El suelo estaba tan agrietado que parecía una red de cicatrices polvorientas, y los árboles, despojados de sus hojas, se alzaban como esqueletos hacia un cielo gris. Sin embargo, en el límite del bosque, la atmósfera cambió de repente.
Una mancha blanca, pura como un diamante tallado, surgió de entre las sombras. Althea, en su majestuosa forma de loba blanca, avanzaba con una elegancia que no pertenecía a este mundo. A su lado, el inmenso lobo n***o, Shadow, caminaba con los ojos ámbar fijos en ella, actuando como su guardián silencioso.
Althea se detuvo al cruzar la frontera de sus nuevas tierras. Al clavar sus garras en la tierra seca, un pulso de luz celeste emanó de sus pisadas. No fue una explosión, fue un susurro de poder. Allí donde su pelaje blanco rozaba las ramas muertas, los brotes verdes comenzaban a nacer instantáneamente. Althea empezó a trotar, y tras ella, el desierto empezó a transformarse: la hierba fresca crecía a su paso, y el aroma a tierra mojada y flores silvestres borraba el olor a putrefacción.
Era la Fuente reclamando su derecho. Ella no estaba recuperando la tierra para Damián, sino para sí misma.
Mientras tanto, en la capital de las Seis Manadas, Magnus Volkov, en su forma humana, regresaba a su despacho tras una mañana de patrulla. Sobre su escritorio de ébano, descansaba un sobre lacrado con el sello de los Blackwood. No era de Damián, sino de su padre, Silas Blackwood, el antiguo Alfa que ahora vivía en el retiro, viendo cómo su linaje se desmoronaba.
Magnus rompió el sello con indiferencia y leyó la carta.
"Alfa Supremo Magnus Volkov,
Le escribo con la humildad que me queda y el corazón roto. Mi manada está desapareciendo. La tierra se ha vuelto estéril, nuestras hembras enferman y los bancos nos han despojado de todo. Mi hijo, Damián, ha cometido errores que no puedo justificar, pero mi gente no tiene la culpa. Estamos viviendo en condiciones miserables, refugiados en cabañas que no resistirán el próximo invierno.
Le ruego su intervención. Si los Vieri han tomado nuestras tierras, pido clemencia. Solo usted tiene el poder de mediar en este conflicto antes de que mi manada se convierta en una horda de Renegados por el hambre y la desesperación. Ayúdenos, Supremo, o este será el fin de los Blackwood."
Magnus dejó la carta sobre la mesa y soltó una risa seca y carente de humor. Miró por el ventanal hacia las montañas donde sabía que Althea estaba corriendo libre.
—Ayuda... —murmuró Magnus—. Piden ayuda ahora que sienten el frío del cuchillo en el cuello, pero no pidieron ayuda cuando dejaron a una mujer inocente morir en la oscuridad.
La realidad para Damián y Brenda era ahora una pesadilla de barro y madera podrida. Se habían visto obligados a refugiarse en una choza destinada antiguamente a los pastores, en la zona más árida de las afueras.
Brenda lloraba mientras intentaba limpiar el suelo de tierra, sus manos, antes cuidadas con aceites caros, ahora estaban llenas de astillas y suciedad. Damián estaba sentado en un taburete roto, mirando hacia el horizonte donde las tierras de los Vieri empezaban a verse insultantemente verdes.
—¡Es una maldición, Damián! —gritó Brenda, arrojando un trapo sucio—. ¡Ese aullido que escuchamos hoy... era ella! ¡Es el fantasma de Althea que nos está persiguiendo!
—¡Cállate! —rugió Damián, aunque por dentro estaba temblando—. ¡Althea está muerta! ¡Los fantasmas no compran bancos ni quitan tierras! ¡Esto es una jugada de Leonora Vieri para humillarme!
Damián no sabía que, en ese mismo instante, su padre estaba suplicando por la vida de una manada que ya no le pertenecía. Tampoco sabía que la loba blanca que había escuchado no era un fantasma, sino la reina que pronto volvería para verlo arrodillado, no por amor, sino por la absoluta necesidad de su perdón.
Althea, desde la colina más alta, observó la choza miserable a lo lejos. Sus ojos celestes brillaron con una sabiduría gélida. No sentía placer por su sufrimiento, pero sentía que el equilibrio se estaba restaurando. Volvió su cabeza hacia Shadow, que la esperaba bajo la sombra de un roble centenario, y juntos desaparecieron en la espesura de un bosque que ahora, por fin, les pertenecía por completo