La noche en el Dominio de los Volkov no era simplemente la ausencia de luz; era una entidad viva, un manto de terciopelo n***o salpicado por el polvo de estrellas y dominado por una luna llena tan grande y plateada que parecía vigilar cada rincón del bosque antiguo. El aire, gélido y puro, traía el aroma a pino, a tierra mojada y a algo más... algo eléctrico, un presagio de tormenta.
Yo caminaba descalza sobre el musgo suave, sintiendo cómo la naturaleza intentaba sanar las grietas de mi alma. Había pasado otra semana de cuidados intensivos en la mansión de Leonora. Mi cuerpo, aunque seguía siendo una silueta frágil, ya no era un esqueleto cubierto de piel ceniza. El tono porcelana había vuelto a mi cutis, y mis ojos verdes, aunque todavía oscuros por el recuerdo del dolor, tenían una chispa de vida.
Esa noche, sin embargo, mi loba seguía en silencio. Había venido al bosque esperando que el aroma de la libertad la despertara de su letargo, pero nada. Estaba sola en mi propia mente.
Una sonrisa sarcástica y amarga curvó mis labios al mirarme. Llevaba un pijama de seda que mi abuela había insistido en comprar. No era un pijama común; era de un color rojo vibrante, rojo pasión, rojo sangre. Era corto, muy corto, apenas llegando a la mitad de mis muslos, y con tirantes finos que dejaban al descubierto mis hombros y mi espalda llena de cicatrices.
—Caperucita Roja... —susurré para mí misma, riendo suavemente—. ¿No aprendiste nada del cuento? Una chica de rojo no debería andar sola en un bosque lleno de lobos.
Pero la verdad era que no me sentía una víctima. Ya no. El miedo se había evaporado en la cueva, reemplazado por un vacío que ahora empezaba a llenarse de una fría determinación.
Me adentré más en la espesura. Los árboles eran colosos milenarios, con troncos tan anchos que se necesitaban diez hombres para rodearlos. Sus ramas se entrelazaban en lo alto, creando un techo natural que apenas dejaba pasar los rayos de la luna, dibujando sombras danzantes sobre el suelo. El bosque estaba lleno de sonidos: el ulular de un búho, el crujido de las hojas secas bajo mis pies, el latido constante de la vida silvestre.
De repente, el ambiente cambió. El aire se volvió más denso, cargado con un aroma poderoso que ya conocía: pino, tormenta y un poder absoluto.
Él emergió de entre dos robles centenarios, como si las mismas sombras lo hubieran parido.
El lobo n***o.
Era inmenso, una bestia de obsidiana que hacía que los lobos Alfa de mi antigua manada parecieran cachorros. Su pelaje captaba la luz de la luna, brillando con un matiz azulado. Sus ojos, ámbar ardiente, se clavaron en mí con una intensidad que me hizo detener el aliento.
Al verme allí, con mi mini pijama rojo resaltando contra la oscuridad, el lobo pareció congelarse. Podía sentir la ola de su posesión golpeándome. Sus pupilas se dilataron hasta casi borrar el ámbar, y un gruñido bajo, gutural, un sonido de hambre pura, escapó de su pecho. No era el hambre de comida; era el hambre de reclamar, de poseer, de devorar. Él me quería. Lo tenía loco. El contraste de la seda roja sobre mi piel porcelana era una invitación que su instinto animal no podía ignorar.
Él dio un paso hacia mí, con una lentitud acechante. Yo no retrocedí. Por el contrario, di un paso hacia él, extendiendo la mano con audacia. Pero al hacerlo, el movimiento brusco estiró la piel de mi espalda, y una de las cicatrices más recientes, un corte profundo que Damián me había hecho con un látigo de plata poco antes de encerrarme, se abrió ligeramente.
Un siseo de dolor escapó de mis labios, y me llevé la mano a la espalda, apretando los dientes.
—¡Grrrr!
El gruñido del lobo cambió instantáneamente. Ya no era posesión; era furia. Una furia asesina y protectora que hizo temblar las hojas de los árboles. Sus ojos amarillos brillaron con un odio ciego, pero no hacia mí. Él se acercó rápidamente, rodeándome para inspeccionar mi espalda.
Al ver las marcas —las cicatrices de látigo que cruzaban mi piel como serpientes plateadas, los cortes mal curados, el estigma de la tortura—, el lobo soltó un aullido de dolor y rabia que pareció rasgar el cielo nocturno. Sus músculos se tensaron, y por un momento pensé que se transformaría en humano solo para gritar su indignación.
Pero no lo hizo. En lugar de eso, la bestia se acercó con una delicadeza que no parecía propia de su tamaño. Puso su enorme hocico contra mi espalda y pasó su gran lengua áspera y cálida por la herida abierta. El contacto fue una mezcla de fuego y consuelo.
Un gemido, no de dolor, sino de una extraña y abrumadora mezcla de placer y vergüenza, escapó de mi garganta. Mi piel se incendió bajo su lengua, y sentí cómo el color colorado subía por mi cuello hasta mis mejillas. Me puse colorada, completamente avergonzada de mi propia reacción ante una bestia.
El lobo se detuvo al escuchar mi gemido. Sus ojos amarillos me miraron, llenos de una mezcla de posesión y preocupación. Su respiración se volvió pesada, rítmica. Podía sentir su pulso acelerado. Mi sonido había tenido un efecto devastador en él; había encendido un fuego en su sangre lobo que lo estaba volviendo loco, pero su instinto protector le impedía actuar sobre su deseo mientras yo estuviera herida.
—Estoy bien... —susurré, con la voz temblorosa, apartándome ligeramente—. Solo... solo es una cicatriz vieja.
Me giré para enfrentarlo. Él me observaba, con la cabeza baja, como si estuviera pidiendo perdón por su atrevimiento. Su pelaje n***o era suave al tacto cuando extendí la mano y acaricié su cabeza, entre las orejas.
—¿Quién eres? —le pregunté, mirando profundamente aquellos ojos ámbar—. Tienes un poder que asusta, pero también una dulzura que me confunde. ¿Cómo te llamas?
El lobo clavó su mirada en la mía. Por un momento, sentí que la conexión mental se establecía de nuevo, que su voz resonaría en mi mente para decirme su nombre. Pero antes de que pudiera hacerlo, el bosque pareció retorcerse.
¡CRACK! ¡CRUNCH!
El sonido de huesos rompiéndose y ramas quebrándose bajo un peso masivo rompió el idilio. El aire se llenó de un olor nauseabundo a carne podrida, enfermedad y locura.
Renegados.
De entre las sombras emergieron tres figuras que helaron mi sangre. No eran lobos normales; eran abominaciones. Sus cuerpos estaban deformados por la pérdida del lazo de mate, la locura había consumido su humanidad. Tenían parches de pelaje arrancados, revelando piel enrojecida y llena de llagas supurantes. Sus ojos eran cuencas rojas, sin rastro de consciencia, solo hambre ciega. Sus garras eran más largas de lo normal, afiladas como navajas, y sus colmillos estaban amarillentos y cubiertos de baba negra. Emitían un sonido que no era un aullido, sino un lamento agónico y gutural que hacía vibrar el aire con pura desesperación.
Yo me quedé paralizada, el recuerdo de sus aullidos en la cueva volviendo a mí con fuerza. Un terror primitivo se apoderó de mi cuerpo.
El lobo n***o no lo dudó. Se puso instantáneamente delante de mí, cubriéndome con su inmenso cuerpo. Sus músculos se tensaron como cuerdas de piano, y un gruñido de Alfa, un sonido que prometía muerte y destrucción, salió de su garganta. Se puso en guardia, listo para despedazar a cualquiera que se atreviera a acercarse.
Dos de los Renegados se detuvieron, dudando ante el poder que emanaba el lobo n***o. Pero el tercero, un macho enorme con la mandíbula inferior torcida, era más astuto. Había estado acechando desde atrás, sin que notáramos su presencia.
Aprovechando la guardia del lobo n***o hacia los otros dos, el Renegado emergió de entre los arbustos justo detrás de mí. Su aliento fétido me golpeó el cuello.
—¡Ah! —solté un grito de puro terror, saltando hacia adelante, buscando la protección del lobo n***o.
El lobo n***o se giró con una velocidad antinatural, con los colmillos listos para arrancar la garganta del Renegado. No le sorprendía que fueran astutos; sabía que la locura a veces agudizaba los instintos más bajos. Él estaba listo para matarlo.
Pero entonces, ocurrió lo imposible.
El Renegado, que estaba a escasos centímetros de mí, con las garras levantadas para destriparme, se detuvo en seco. Sus ojos rojos, llenos de locura, me miraron. Pero no vi odio en ellos. Vi... vi una profunda tristeza, una soledad abismal. Y entonces, la bestia más temida del bosque agachó la cabeza. Lentamente, bajó las garras y se sentó sobre sus patas traseras frente a mí, como un cachorro pidiendo perdón.
Yo seguía temblando, con el corazón en la boca, pero algo en esa mirada me detuvo. Una extraña vibración en mi pecho, la misma que sentí en la camioneta de Kaelan, empezó a expandirse. Mi loba interna, aunque en silencio, pareció soltar un suspiro de alivio.
Lentamente, aún con miedo, extendí mi mano. El lobo n***o soltó un gruñido de advertencia, pero yo lo ignoré. Mi mano rozó la frente sarnosa del Renegado. Al contacto, sentí una ola de dolor, desesperación y pérdida, pero también sentí cómo la bestia se calmaba bajo mi toque. Él cerró los ojos rojos, gimiendo suavemente, mientras yo acariciaba su pelaje maltrecho.
Fue un segundo de paz en medio del infierno.
De repente, el Renegado abrió los ojos, me miró por última vez con esa mirada de gratitud, y dio media vuelta, corriendo hacia la espesura junto con los otros dos, desapareciendo tan rápido como habían llegado.
El bosque volvió a quedar en silencio, solo roto por el sonido de mi respiración entrecortada y el latido acelerado de mi corazón.
El lobo n***o se giró hacia mí. Sus ojos ámbar estaban llenos de una mezcla de shock, confusión y una sospecha que le quemaba las entrañas. Se acercó a mí, oliéndome, como si buscara respuestas en mi aroma.
—¿Quién eres? —su voz resonó en mi mente, pero esta vez no era una obsesión romántica. Era una exigencia cargada de autoridad y desconfianza—. ¿Qué fue eso? Los Renegados no se rinden. No se sientan. Y definitivamente no se dejan acariciar. ¿Qué clase de poder tienes?
Yo miré hacia donde se habían ido las bestias, sintiendo todavía la vibración de su dolor en mis dedos. Me giré hacia el lobo n***o, con una sonrisa triste y misteriosa.
—Créeme que no tengo la menor idea... —respondí sinceramente, aunque sabía que mi respuesta solo generaría más preguntas.
Le di una última palmada en el hocico y me di la vuelta, caminando de regreso hacia la mansión. Dejé al lobo n***o allí, de pie en medio del claro del bosque bajo la luz de la luna llena, con más dudas que respuestas, con su obsesión por mí ahora mezclada con un misterio que amenazaba con cambiar todas las reglas de su mundo. Él me observó marcharme, con su silueta roja desapareciendo entre los árboles, sabiendo que la presa que había elegido no era una simple loba... era algo mucho más antiguo y peligroso de lo que jamás imaginó.
Nota del autor: El secreto de Althea ya no puede ocultarse más. Su conexión con los Renegados ha dejado al Alfa Supremo Magnus con más preguntas que respuestas. Mientras su obsesión crece, el misterio que rodea a la "Dama de Rojo" se vuelve el eje central del poder en el Dominio de las Seis Manadas.