El sol de la tarde entraba con una inclinación dorada por los ventanales del despacho de Leonora. Sobre la mesa, ya no había mapas de guerra, sino libros de contabilidad con el sello de los bancos centrales de las Seis Manadas. Leonora Vieri observaba a su nieta con una mezcla de orgullo y escrutinio. Althea ya no vestía sedas vaporosas; llevaba un traje de montar de color gris oscuro que le daba un aire de autoridad serena.
—Es hora de que aprendas que el poder de la Fuente no solo reside en la tierra, Althea —dijo Leonora, entregándole una pluma de plata—. Reside en el control. He transferido a tu nombre la titularidad de los préstamos que la manada Sombras de Hierro solicitó hace cinco años.
Althea tomó los documentos. Sus ojos verdes recorrieron las cifras. Damián había hipotecado incluso los terrenos donde estaban los cementerios de sus ancestros para intentar salvar las cosechas que ella, con su partida, había condenado involuntariamente.
—Si firmo esto, abuela... ¿qué sucede? —preguntó Althea, sintiendo el peso del papel.
—Sucede que tú te conviertes en su dueña legal —respondió la anciana con una sonrisa gélida—. Puedes exigir el pago inmediato. Como no tienen fondos, entrarán en quiebra técnica. Podrás ver desde aquí cómo se desmorona su orgullo, ladrillo a ladrillo, mientras ellos siguen llorando sobre la tumba vacía de la "débil" Althea.
Althea firmó con un trazo firme. No sintió odio, sino una extraña sensación de cierre. Estaba reclamando lo que le pertenecía: su dignidad.
Más tarde esa tarde, Magnus Volkov llegó a la mansión para discutir los movimientos fronterizos con Kaelan. Al finalizar la reunión, Althea lo encontró caminando por el pasillo de los retratos. El Alfa Supremo se detuvo frente a una pintura de la Primera Fuente, una mujer que guardaba un parecido asombroso con Althea.
Magnus se había quitado la chaqueta y llevaba las mangas de su camisa negra remangadas hasta los codos. Al acercarse, Althea notó algo que la dejó paralizada. En el antebrazo derecho de Magnus, surcando la piel bronceada y poderosa, había una cicatriz delgada, una marca que parecía el rastro de una garra antigua.
Althea sintió un escalofrío. Esa misma marca, en el mismo lugar, la había sentido bajo sus dedos muchas noches mientras acariciaba a Shadow en la oscuridad del claro.
—Esa cicatriz... —susurró Althea, acercándose sin pensar—. ¿Cómo te la hiciste?
Magnus se tensó. Su pulso se aceleró, y por un momento, el aroma a pino y tormenta luchó por salir a la superficie, rompiendo su disfraz de sándalo. Miró su brazo y luego a Althea, cuyos ojos verdes lo escaneaban con una curiosidad que rozaba la sospecha.
—Fue hace muchos años, en una batalla que casi pierdo —respondió Magnus, su voz volviéndose más ronca—. Las marcas del pasado son difíciles de borrar, Althea. Algunas se llevan en la piel, otras en el alma.
Él dio un paso hacia ella, y Althea notó que su forma de caminar, esa elegancia acechante y segura, era idéntica a la de Shadow cuando patrullaba el claro. La confusión empezó a remolinear en su mente. ¿Era posible? ¿Podía el hombre más poderoso del mundo ser también su protector de cuatro patas?
—Te pareces a él... —soltó Althea, casi sin aliento.
—¿A quién? —preguntó Magnus, manteniendo una calma fingida mientras su lobo interno, Shadow, aullaba: "¡Díselo! ¡Dile que somos nosotros!".
—A alguien que me cuida en mis sueños —respondió ella, retrocediendo un paso, asustada por la magnitud de su propia sospecha.
Magnus dio un paso hacia ella, acortando la distancia. Tomó su mano con suavidad y la llevó a la cicatriz de su brazo. El contacto fue eléctrico. Althea cerró los ojos; al tocar esa marca en la piel humana de Magnus, sintió la misma vibración, la misma energía que sentía en el bosque.
—A veces, los sueños y la realidad son dos caras de la misma moneda, Althea —dijo Magnus, su rostro a escasos centímetros del de ella—. No tengas miedo de lo que intuyes. Confía en lo que sientes aquí —él puso la mano de ella sobre su corazón, que latía con una fuerza salvaje.
Esa noche, el encuentro en el claro fue más tenso y cargado de una sensualidad mística. Althea llegó y se lanzó a los brazos de Shadow, pero esta vez no se limitó a abrazarlo. Buscó con sus manos la pata delantera derecha del lobo, encontrando la cicatriz entre el pelaje espeso.
Luego, levantó la vista hacia los ojos amarillos de la bestia.
—Hoy toqué una marca igual a esta... en un hombre —susurró ella, con la voz temblorosa—. Shadow... ¿quién eres realmente? ¿Por qué siento que cuando estoy con él, estoy contigo?
El lobo no respondió de inmediato. Se limitó a lamer la mejilla de Althea, con una devoción que parecía una súplica de paciencia. Luego, se recostó y la invitó a sentarse contra él.
—No importa la forma, mi Luna —la voz de Shadow resonó en su mente, cargada de una melancolía dulce—. Lo que importa es el lazo. El hombre te ofrece el mundo y la justicia; el lobo te ofrece su vida y su silencio. Pero ambos... ambos te amamos desde antes de que nacieras.
Althea se quedó dormida acariciando la cicatriz del lobo, sintiendo que el rompecabezas de su vida estaba a punto de completarse. No sabía si sentirse engañada o bendecida, pero el calor de Shadow y el recuerdo del toque de Magnus la hacían sentir, por primera vez en su vida, que era la mujer más amada sobre la faz de la tierra.
Mientras tanto, en la lejanía, la manada de Damián sentía el primer golpe financiero de Althea. Las cuentas fueron bloqueadas y el pánico empezó a cundir. El destino estaba cobrando sus deudas, y la "Dama de Esmeralda" apenas estaba comenzando a mostrar su verdadero poder.