Capítulo 3 – Una línea que no sé si debo cruzar
El segundo día de trabajo siempre es más revelador que el primero. En el primero, todos son sonrisas, normas suaves y amabilidad exagerada. El segundo te muestra lo real: el caos, las rutinas desordenadas, los silencios incómodos… o, al menos, eso esperaba.
Pero no fue así.
Noah me recibió como si hubieran pasado semanas desde la última vez que nos vimos. Me abrazó las piernas, me llevó de la mano a su habitación, me mostró un dibujo de los dos que había hecho con crayones torcidos y me dijo que hoy quería que construyéramos “una ciudad entera”.
Su forma de querer era tan simple, tan genuina, que dolía.
Pasamos la mañana entre bloques, dibujos y galletas de animalitos. Todo iba perfecto… hasta que se resbaló en el piso de madera corriendo hacia el baño.
—¡Noah! —grité al verlo caer de lado. Corrí hacia él de inmediato. Sus ojos se llenaron de lágrimas, y su grito fue más de susto que de dolor.
—Me duele la rodilla —dijo entre sollozos.
Lo revisé, el corazón martillándome el pecho. No había sangre, ni moretones visibles, pero igual lo cargué en brazos como si se tratara de porcelana fina.
—Todo está bien, chiquito. Fue solo un susto.
Él se aferró a mí, con los ojos cerrados, como si encontrar refugio en mis brazos fuera suficiente para calmar el mundo.
En ese instante, me sentí extrañamente parte de algo. ¿Desde cuándo un niño me hacía sentir tan importante?
Lo llevé al sofá del salón y puse hielo en su rodilla, como me indicó Helena, que apareció con un pequeño botiquín y cara de susto.
—No fue nada grave —me dijo luego en la cocina, cuando Noah ya se reía viendo caricaturas—. Pero eso te lo ganas por encariñarte con él tan rápido.
—¿Yo? ¿Encariñarme? —dije, fingiendo sorpresa.
—Querida, lo tienes dibujado en la cara. Y no es solo con el niño.
La miré, cruzándome de brazos.
—¿Eso fue una indirecta?
—No. Fue una advertencia amistosa —dijo, dándose media vuelta mientras reía para sí.
Volví junto a Noah. Se le había pasado el susto, pero ahora quería que me quedara con él en el sofá, “sin moverme ni un milímetro”. Así que ahí estuve, atrapada bajo una mantita, viendo caricaturas absurdas con un niño que olía a shampoo de manzanilla.
Y fue en ese momento, justo cuando me sentí más tranquila, que el inconfundible sonido de la puerta principal me sobresaltó. No eran ni las cuatro. Liam.
—¿Qué pasó? —preguntó con el ceño fruncido al entrar al salón y ver a Noah con una bolsa de hielo.
—Se resbaló en el pasillo —le respondí—. Solo fue un golpe leve, pero me pareció mejor prevenir.
Se agachó frente al niño, revisó su rodilla con cuidado y lo besó en la cabeza.
—Eres fuerte, campeón. Aunque deberías ir más despacio por la casa.
—Isa me cuidó —dijo Noah con una sonrisa orgullosa, y entonces Liam me miró.
Y ahí estaba de nuevo: esa mirada que dura apenas unos segundos, pero dice tantas cosas.
—Gracias por estar atenta —dijo en voz baja, casi en confidencia.
—Es mi trabajo… —respondí, pero mi voz sonó más suave de lo que debía.
—¿Te molestaría que habláramos un momento en la terraza? —me preguntó.
—Claro —dije, sorprendida.
Salimos por una puerta lateral hacia una terraza con vista al jardín. El aire estaba tibio, y el atardecer se filtraba entre las hojas.
—Quería disculparme —dijo, cruzando los brazos—. No suelo confiar en la gente fácilmente. Pero contigo, desde el principio, hubo algo distinto. Noah no se apega a cualquiera. Y tú... bueno, pareces entenderlo de una forma que no todos logran.
—No sé qué decir... —respondí, sin saber si estaba halagándome o advirtiéndome.
—No tienes que decir nada. Solo quería que supieras que agradezco tu presencia aquí. No solo por él… —se detuvo, bajando la mirada un instante—. También por mí.
Mi corazón dio un pequeño vuelco.
—Yo solo intento hacer bien mi trabajo, Liam. Pero... gracias por confiar.
Hubo un silencio que se alargó un poco más de lo cómodo.
—¿Puedo preguntarte algo? —dije finalmente.
—Claro.
—¿Qué pasó con la madre de Noah?
Su expresión cambió. No fue enojo, ni tristeza. Fue algo más profundo, como si acabara de abrir una caja que mantenía sellada.
—Nos separamos antes de que Noah cumpliera un año. No fue una historia feliz. Ella decidió que no estaba lista para ser madre. Y yo… bueno, no tuve opción. Me quedé con él. Desde entonces no la hemos vuelto a ver.
Quise decir algo, pero las palabras no salían. ¿Cómo se responde ante algo así?
—No lo lamento —añadió—. Porque tenerlo a él es lo mejor que me ha pasado.
Lo dijo con tal sinceridad que me desarmó por completo.
—Liam... no sé si te imaginas lo fuerte que eres.
Él me miró, y por un instante sentí que estábamos cruzando una línea invisible.
Pero justo en ese momento, la voz de Noah se escuchó desde adentro.
—¡Isa! ¡Tengo hambre!
Ambos reímos. El momento se rompió, pero quedó flotando entre nosotros.
—Supongo que el deber llama —dije, volviendo a entrar.
Y mientras preparaba la cena junto a Noah, aún con las palabras de Liam retumbando en mi pecho, no pude evitar pensar que esta historia —la mía, la suya, la nuestra— estaba apenas comenzando.
Y que el destino, definitivamente, tenía sus propios planes.