Hermanas para siempre

1657 Words
Volver a esta habitación, pone mis emociones a flor de piel. Observo los alrededores y noto que todo sigue igual. Incluso, hay un cepillo sobre el tocador con restos de mi cabello. Recuerdo haberlo dejado allí la última noche que estuve en esta casa. Mis ojos se nublan con las lágrimas. ¿Por qué me sigue afectando tanto? ―No quiero que hagas ningún esfuerzo ―el sonido de su voz me trae de vuelta al presente―. Recuerda que acabas de salir de la clínica y estás convaleciente ―asiento en respuesta. Me deja en el centro de la cama y me da un beso en la frente―. Las dejaré solas para que hablen de sus cosas. Tengo algunos asuntos que tratar con Robert ―me guiña un ojo, dejándome aturdida―. Aprovechen su tiempo de chicas. Mi corazón da un vuelco cuando me mira a los ojos y sonríe de esa manera que me hace sentir apreciada. Físicamente, sigue siendo el mismo hombre, a pesar de lo demacrado que se ve, pero hay un cambio evidente en él. Ahora es más expresivo y comunicativo. Incluso, romántico. ¿Qué sucedió con él durante todo este tiempo? Se aleja y camina hacia la puerta, pero lo detengo antes de que abandone la habitación. ―Lud… ―gira la cara y me mira por encima de su hombro―. Gracias por todo. Sonríe y sale de la habitación. ―A pesar de lo cambiada que estás, sigues siendo la misma chica dulce e inocente. Giro la cara rápidamente y miro a mi amiga. Niego con la cabeza. ―Esa chica de la que hablas dejó de existir. Victoria se acerca y se sienta al borde de la cama. ―No, Rachel, aún sigue allí ―sonríe con dulzura al apoyar la palma de su mano en mi mejilla izquierda―. Ella solo espera a que la dejes salir, ya no quiere permanecer oculta detrás de ese personaje ficticio que has creado para evadir la realidad. Me abalanzo sobre ella y la estrecho en un abrazo desesperado. ―Tengo tanto miedo. Desliza su mano por mi espalda como gesto de consuelo, apoyo y solidaridad. ―Ya estás en casa ―lágrimas brotan por las esquinas de mis ojos―. Ninguno de nosotros permitirá que nadie vuelva a hacerte daño. Inhalo profundo. No hay nada como estar de vuelta en casa, recuperar parte de la vida que creíste perdida. Contar con el apoyo y el amor de tu familia. Ya no voy a estar sola. ―No tienes idea de lo mucho que te extrañé, Vicky ―sollozo, emocionada―. Creí que nunca te volvería a ver. Se desprende del abrazo y ahueca mi cara entre sus manos. ―Nada en este mundo podrá superarnos, Rachel ―me suelta y lleva sus manos a la parte trasera de su cuello. Abro los ojos como platos debido a la impresión que me causa ver que lleva puesta mi cadena. Pero, ¿cómo la obtuvo? Los latidos de mi corazón se precipitan. Recuerdo que la llevaba puesta la noche en que esos miserables intentaron acabar con mi vida. El súbito recuerdo me hace temblar de pies a cabeza. El día que desperté en la habitación de aquella clínica, ya no la tenía conmigo―. Esto te pertenece. Las emociones me superan. Ella se acerca y me la pone. Cuando logro recuperar el habla, decido preguntarle al respecto. ―¿Cómo es posible? ―tomo el dije y lo acaricio con las yemas de mis dedos―. Pensé que la había perdido. Jamás imaginé que la volvería a ver. Ella esboza una sonrisa emocionada. ―Lud lo encontró entre los escombros poco tiempo después de haberse enterado de que tú… Ni siquiera se atreve a pronunciar la frase. ―¿Él estuvo allí? Me observa con cautela, antes de responder. ―Sí, fue poco después de haber dado de alta. Entonces lo que me contó Massimo era cierto. Necesito saber los detalles. ―¿Estaba hospitalizado? Mi respiración se detiene, mientras espero su respuesta. Asiente en respuesta, antes de contármelo todo. ―Intentaron asesinarlo la misma noche que sucedió el incendio. Su respuesta me deja sin respiración. ―¿Asesinarlo? Lo último que recuerdo es que Michael le había disparado la misma noche en que intentó secuestrarme. Así que, enterarme de que alguien más quiso hacerle daño, me pone todos los vellos de punta. ―Sí, dos días después de haber recibido el disparo, abandonó la clínica, a pesar de las recomendaciones del médico ―dejo de respirar―. Se sentía muy culpable después de lo que sucedió entre ustedes ―aquella nueva información me deja sin aliento―, se estuvo castigando a sí mismo por lo que te hizo ―un estremecimiento recorre todo mi cuerpo―. Esa misma noche decidió ir al club para distraerse, pero cuando se desplazaban por una de las avenidas, fueron impactados por un vehículo n***o que los hizo volcar. Está vivo de milagro. Mi rostro palidece, imaginarlo muerto me llena de terror y ansiedad. ―¿Atraparon a la persona que lo hizo? Niega con la cabeza. ―No, no han podido identificarlo. Saco mis piernas de la cama y me pongo de pie. Cojeando, me acerco a la ventana. ―¿Por qué alguien querría hacerle daño? ―de repente, una súbita idea me toma por sorpresa. Me doy la vuelta rápidamente y me acerco a ella―. ¿Me dijiste que intentaron matarlo la misma noche en que ocurrió el incendio y me atacaron? Las palpitaciones de mi corazón se detienen. Esto no puede ser una simple coincidencia. ―Sí, fue antes de que la noticia del incendio y de tu supuesta muerte, saliera en los noticieros ―tiene que haber sido él. No me queda ninguna duda de que ese monstruo tiene sus manos metidas en esto. Vi el odio dibujado en su rostro, la noche en que nos topamos con él. Estaba furibundo cuando me vio partir con Lud―. ¿Qué sucede, Rachel? ¿Tienes alguna sospecha de quién pudo ser? Niego con la cabeza. No puedo inmiscuirla en esto. No quiero que también salga herida, o mucho peor, que ese maldito se atreva a hacerle daño. ―No, solo quiero saber los pormenores. Se me queda mirando, como si tuviera dudas de mis palabras. Por fortuna, decide olvidarlo. ―Lud jamás dejó de buscarte, Rachel ―aquella respuesta me deja atónita―. Nunca perdió la fe de que estuvieras viva, a pesar de que todos insistimos en lo contrario ―niega con la cabeza―. Después de ver aquellas ruinas, ninguno creyó que hubieras sobrevivido a tal destrucción. Fui una de las que intentó convencerlo de lo contrario, insistía en que estabas viva ―se seca las lágrimas con sus dedos―. Él estaba devastado como todos nosotros, fueron días muy oscuros para él. Siento no haber tenido más fe en lo que él decía. Pero… Esta vez soy yo la que limpia sus lágrimas y sonríe con comprensión. ―No tienes nada de que disculparte, Vicky. Ninguno de ustedes tiene la culpa por lo que sucedió. ―Aún no puedo creer que estés viva. Trago saliva al recordar lo que sucedió aquella noche. ―Logré escapar de allí, apenas con vida ―susurro con palabras temblorosas―, pero mami y papi nunca pudieron salir. No puedo evitar romper en llanto. Fueron momentos terribles y dolorosos. Perdí a mamá, mi padre sigue desaparecido y mi abuelo murió poco después. ―Lud les hará pagar ―responde con ira―. Lo que les hicieron a tus padres es imperdonable ―asiento en acuerdo―. Le he pedido a Dios para que el señor Raymond también aparezca. Trago saliva. Desde que Massimo me habló sobre lo que sucedió con mi familia, no he dejado de preguntarle por papá. A pesar del esfuerzo que ha hecho el FBI, ha sido imposible encontrarlo. Nadie, más que yo, sabe lo que sucedió aquella noche. Por más que él ha insistido para que le cuente la verdad, no estoy dispuesta a hacerlo. Le pido a Dios para que ponga a ese hombre en mi camino, porque voy a hacerle pagar por el daño que nos hizo. ―Massimo lo ha estado buscando, pero parece que se lo hubiera tragado la tierra ―Victoria me mira con los ojos entrecerrados―. No hay rastros de él. ―¿Massimo? ―pregunta con intriga―. ¿Acaso tú y ese hombre? Abro los ojos como platos y niego con la cabeza al comprender lo que está insinuando. ―No hay nada entre nosotros, Victoria ―le aclaro, porque no quiero que haya confusiones al respecto. En mi vida no habrá otro hombre más que Ludwig Reeves―. Él salvó mi vida y me ha estado protegiendo durante todo este tiempo. ―Sé que tu padre no me tragaba por la culpa de los malos comentarios que hizo ese pedófilo sobre mí, pero llegué a comprenderlo, solo te estaba protegiendo de mí ―encoge sus hombros con indiferencia, como si aquello nunca le hubiera dolido en el alma―. Protegían a su hija de una persona que consideraban inapropiada para su princesa. Niego con la cabeza. ―Ellos nunca te odiaron, porque sabían lo mucho que significabas para mí. Nada ni nadie podría separarme de ti. Envuelve sus brazos alrededor de mi cuerpo y deja escapar un suspiro. ―No sabes cuántas veces le pedí a Dios que te trajera de vuelta, eras mi única familia y, aunque sé que no compartimos nuestra sangre, te considero mi hermana. Acaricio su cabello con mi mano derecha. ―No importa si nuestra sangre no tiene la misma carga genética, Victoria, somos y seremos hermanas para siempre.
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