Ese mismo día, en la madrugada Después de la media noche, Ludwig, Robert, Jacob, Antonio y yo, nos dirigimos al escondite en donde tenemos oculto a ese puto senador. Después de dos horas de torturas dolorosas, a las que ningún ser humano podría resistirse, no logramos sacarle ninguna información importante a ese maldito hijo de puta. ―¿A quién se la vendiste? Abre el único ojo que, hasta ahora, le sirve. ―No… No lo sé ―gime adolorido―. El comprador fue anónimo. Nunca nos interesamos en su identidad. Le doy un puñetazo en el costado que le hace crujir los huesos. ―¿Vas a dejarme alguna parte que sirva? ―comenta Robert, en tono irónico―. ¿Piensas quitarme la diversión? Inhalo profundo y me separo de ese miserable. ―Ya no me sirve de nada ―expreso afligido―. Es todo tuyo. Hay un dol

