Capítulo 6: Voces que florecen

743 Words
Narrado por Bianca La semana siguiente al live fue un remanso. No porque las críticas cesaran del todo, sino porque nosotras ya no temíamos enfrentarlas. Habíamos hablado. Habíamos mostrado lo que hay detrás de cada palabra que escribimos. Fue entonces cuando recibí un correo que aún hoy me hace temblar. El asunto decía: “Gracias por darme un lugar”. El cuerpo del mensaje, escrito con honestidad y torpeza juvenil, era de una chica llamada Lucía Ortega, mexicana, de 17 años. > “Hola, Bianca. Vi el live con Valeria y quería contarles que durante meses pensé en dejar de escribir. Empecé una historia sobre una chica que sufre acoso en línea y se encierra en sí misma, y me dijeron que era una copia de otra historia famosa. Me sentí avergonzada. Pero cuando escuché sus palabras… entendí que no soy un plagio. Que también tengo voz. Gracias por hacerme creer otra vez.” Me quedé sin palabras. Le reenvié el correo a Valeria con una sola línea: > “Esto es por lo que vale la pena todo.” Narrado por Valeria Cuando leí el mensaje de Lucía, se me llenaron los ojos de lágrimas. Porque la entendía. Porque yo había sido esa adolescente con miedo a ser ignorada, con miedo a repetir sin saberlo una historia ya contada. Y también, porque ahora teníamos la posibilidad de usar nuestra voz para amplificar la de otras. Le respondimos juntas. Le dijimos que su historia importaba. Que la forma en que cuenta el dolor puede ser única, aunque el dolor no lo sea. Que lo esencial en la escritura no es la novedad del conflicto, sino la autenticidad del corazón que lo cuenta. Lucía nos contestó dos días después. Adjuntó los primeros tres capítulos de su historia. Los leí con el corazón apretado. La protagonista se llamaba Alma. Y era, en muchos aspectos, como Lucía: callada, observadora, con una mirada que captaba los detalles que los demás no veían. Su historia no tenía grandes giros argumentales. Tenía algo más valioso: honestidad. Narrado por Bianca —¿Te das cuenta de lo que logramos, Vale? —le dije en una videollamada esa noche—. Una chica de 17 años se animó a volver a escribir porque nos escuchó defender algo que era real para nosotras. —Es como cuando lanzás una piedra en el agua —respondió ella—. Nunca sabés hasta dónde van a llegar las ondas. Ese día decidimos hacer algo nuevo: lanzar una convocatoria en w*****d para jóvenes autores que quisieran escribir relatos breves sobre el impacto de las palabras. Les pedimos historias reales o ficticias, pero con una sola condición: que nacieran desde la verdad. Llamamos al proyecto: “Voces que Florecen”. Narrado por Valeria La respuesta fue abrumadora. En solo una semana, recibimos más de 200 mensajes. Jóvenes de Argentina, México, Colombia, España. Algunos habían sido víctimas de bullying, otros habían sido testigos. Incluso una chica confesó haber participado de un grupo que hostigaba a una compañera, y quería escribir desde el arrepentimiento. Sebastián me abrazó cuando le mostré algunos fragmentos. —¿Y todavía te preguntás si vale la pena? —me dijo, acariciándome el cabello. —A veces me olvido de mirar el bosque cuando los árboles me abruman. —Entonces mirá esto —me dijo, y me mostró una hoja donde había escrito una frase que yo había dicho en el live: > “No escribimos para que nos aplaudan. Escribimos para que alguien, en algún lugar, no se sienta tan solo.” Lloré. Lloré como cuando una historia te abraza. Narrado por Bianca La comunidad empezó a transformarse. No toda. Todavía había críticas. Pero también había diálogos. Había respeto. Y sobre todo, había más jóvenes como Lucía, dispuestos a usar las letras para sanar y comprender. Esa noche, mientras Emiliano me leía un cuento en voz alta antes de dormir —una costumbre nuestra para desconectarnos de las redes—, me abrazó y dijo: —Tu historia ya no es solo tuya, Bian. Le pertenece a todos los que se atrevieron a hablar porque vos hablaste primero. Y entendí. El eco de nuestras palabras no termina donde termina el capítulo. Sigue en quienes se animan a escribir el suyo. Narrador Obniciente En el momento en que las voces calladas se atreven a hablar, el silencio se rompe y las palabras se convierten en puentes que unen almas y sanan heridas.
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