Capítulo 4

1382 Words
El sonido de mi móvil me despertó. Extendí mi mano para buscar el ruidoso aparato que perturbaba mis sueños y vi en la pantalla que era muy temprano. Contesté de mala gana. —Son las seis de la mañana, Adrián. ¿Qué hacés llamándome tan temprano? —refunfuñé. —¡Es hora de salir de la cama! ¡Vamos! ¡Arriba, perezosa! Gimoteé un rato. Odiaba que me despertaran tan temprano. »Tu vuelo sale a las tres de la tarde. Deberíamos estar unas tres horas antes del despegue. —Bien. Estaré en tu casa al mediodía, de allí salimos para el aeropuerto —farfullé. —No. Yo iré a buscarte. Si alguien te ve saliendo con una maleta, van a empezar a hacer preguntas. Sé lo cabeza dura que puede llegar a ser tu madre. Di que me la vas a prestar porque la mía se dañó. No sé. Invéntate algo. Sentí que mi corazón se aceleraba, al recordar lo que estaba ocurriendo. No lograba creérmelo todavía. —No lo sé, Adrián. Creo que esto es una locura. Todo está sucediendo muy rápido. ¿Qué pasaría si ese tal Byrne resulta ser un proxeneta o un traficante de órganos y…? —¿En serio, Jessica? Deja de ver tantas películas. Si dudas de la procedencia de Sean Byrne, puedes buscarlo en Google. Te asombrarás de saber quién es en verdad. —¡Vale! Te creo. Pero igual sigue siendo muy apresurado… —Las mejores cosas son las que no se planean. Lo sabes —comentó mi amigo. Yo asentí sin decir nada. En el fondo, sabía que Adrián tenía razón. Sin embargo, no podía evitar sentirme aterrada ante lo desconocido. »Escucháme bien. No olvides llevar contigo todos tus documentos apostillados. —Sí. Sí. Los tengo —le indiqué. —¿Quién iba a pensar que por fin un impulso de Benjamín te iba a servir para algo? No te fuiste para Italia, pero te vas para Londres —Adrián se carcajeó. Yo también reí. Mi novio solía ser el tipo de chico que no se puede quedar quieto. Luego de graduarse de Médico Cirujano estuvo trabajando algunos meses en la clínica de su padre, pero se cansó de vivir a la sombra del gran Franco Santonini. Un día, harto de la situación del país y de la actitud sobreprotectora de su padre, me propuso irnos a vivir a Milán. Juntos estuvimos tramitando los documentos para irnos, pero faltando solo un mes para largarnos, su padre decidió jubilarse y regresar él a si natal Italia. Benjamín tuvo que tomar las riendas de la directiva de la clínica. Sacudí mi cabeza y me obligué a concentrarme en lo que estaba ocurriendo en el presente. Tenía la oportunidad de irme del país, a probar suerte en otro lugar, conocer una nueva cultura y nuevas personas. Estudiaría en una Universidad de prestigio internacional. Era la Academia de Música y Arte Dramático de Londres. Mi pulso se aceleró al darme cuenta de una hermosa casualidad. ¡Era el mismo lugar donde Corbin Windsor estudió actuación! Imaginar que entre sus pasillos caminó él, que en las butacas de su auditorio se sentó él, que él respiró ese mismo aire, hizo que dentro de mí se despertara un exagerado sentimiento de fanática loca. Finalicé mi llamada con Adrián y salí de la cama de un brinco. Solo horas me separaban de Londres. Pensar en estar tan cerca de él, me hizo volar. Aunque mi nefasto sentido de la realidad me hizo caer de golpe contra el suelo y espabilar. «No seas ilusa. Es un hombre muy ocupado. Tendrás suerte si acaso llegas a verlo en una obra de teatro». Espetó la odiosa voz de mi consciencia. Me lavé la cara y los dientes, tratando de mantener los pensamientos derrotista fuera de mi cabeza. Salí de mi cuarto y me encaminé a la cocina. Me preparé dos emparedados de jamón con queso y desayuné. —¡Te despertaste temprano! Esto sí que es un milagro —mi madre me saludó mientras yo me servía un poco de zumo de mora—. Solo vine por mi cartera —tomó el monedero que estaba sobre el mesón de la cocina, lo alzó y lo agitó en el aire—. Compraré algunas cosas y luego pasaré por casa de Mary. Nos vemos en la tarde cielo. —¡Un momento, madre! —Me acerqué deprisa a ella y la abracé con todas mis fuerzas—. Te amo —agregué, mirándola a los ojos. Mi mamá se mostró sorprendida por mi repentina muestra de afecto. Pude ver un brillo especial en sus ojos cuando me abrazó. —También te amo cariño, pero regresaré en un par de horas, no es para tanto —dijo ella. Sin embargo, yo sabía que ese par de horas serían meses. Me vi tentada a contarle todo a mi madre, pero no tuve el valor. La abracé una vez más. Una despedida silenciosa, de la que ella no estaba consciente. Al marchase ella, me percaté de que me encontraba sola en casa, pues a pesar de ser domingo, mi padre iba a su oficina para poner todo en orden y empezar los lunes con todos los hierros. Antonio Sandoval podía llegar a ser muy obsesivo con el trabajo. Buscaba la excelencia. Tenía la casa para mi sola, para despedirme de ese lugar que me vio crecer. Bueno, tampoco es que no fuese a volver nunca más, pero… ¿ya les mencioné que suelo ser la reina del drama? Tomé un bolígrafo y le arranqué una hoja de papel a un cuaderno que tenía cerca. Al menos les dejaría una nota a mis padres. Las horas transcurrieron con máxima lentitud mientras yo solo miraba la pantalla de mi ordenador en busca de algo interesante para matar el tiempo. Introduje el nombre de Sean Byrne en la barra del buscador y quedé impactada con su extenso currículo. Egresado de la Academia Real de Arte Dramático (RADA), dramaturgo y novelista. Contaba con treinta y dos años de experiencia en el ámbito de la actuación. En su juventud interpretó diversos papeles protagónicos en obras de teatro destacadas en Rusia, Inglaterra y Alemania. En la década de los noventa fue catalogado como el hombre más valioso de Reino Unido, al haber descubierto a casi treinta actores que hoy en día son parte de la élite de Hollywood. Apodado como “vista de águila”, pues al parecer posee un don único para encontrar jóvenes actores en ascenso y llevarlos a la fama internacional. No me di cuenta, pero de repente estaba viendo videos y entrevistas de Corbin. Reí a carcajadas ante sus ocurrencias y suspiré por mi amor platónico. Recordé las tantas discusiones que tuve con Benjamín porque a él le molestaba mi fanatismo. ¡Benjamín!¡Oh por Dios! No le dije nada a él. ¿Qué clase de novia era yo, que me iba del país sin decirle nada a mi novio? Un sentimiento de culpa, horrible, me embargó. Tomé mi móvil y marqué su número: —Te has comunicado con el doctor Benjamín Santonini. En este momento no puedo atenderte. Por favor, dejá tu mensaje y en cuanto pueda, me comunicaré con vos. Nunca antes agradecí tanto que me respondiera el buzón de voz. Supuse que tal vez se encontraba en una reunión, pues como presidente de la junta directiva de la clínica que heredó de su padre aún en vida, tenía que hacerle frente a muchas responsabilidades. Benjamín estuvo muy atareado el último año. Su padre, el doctor Franco Santonini, había sido uno de los mejores neurocirujanos del país, quien después de casi cuarenta años ejerciendo la medicina, decidió retirarse y regresar a Turín. «¿Y yo pienso largarme sin siquiera consultarlo con el hombre con el que me he planteado pasar el resto de mi vida?». Las dudas se adueñaron de mis pensamientos. Sentí un pavor terrible de irme así y encontrarme con una nefasta realidad. Temí que todo se fuese a la mierda en cuanto pusiera un pie sobre suelo inglés porque, por más que fantaseara con un hombre que creía inalcanzable, yo quería mucho a Benjamín. De nuevo tomé mi móvil e intenté comunicarme con él, pero nada. No lo logré.
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