Ambos nos fuimos a su habitación. Él preparó su ropa para la entrevista y yo me dispuse a recoger la ropa de los dos, la que estaba desperdigada por el suelo de la sala previa al cuarto de Corbin. —¿Ésta o ésta? —preguntó él, enseñándome dos corbatas. Una azul y otra roja. —La roja —contesté sin pensar. —¿Vienes? —inquirió en tono juguetón. —¿A dónde? —Conmigo, a la ducha. —Será un placer míster Windsor. Nos duchamos entre risas y juegos. Nos amamos una vez más. Con él me arriesgué a ser desinhibida y amarlo sin tabúes de por medio y me entregué a la pasión delirante de nuestros cuerpos. Con el jabón entre mis manos, me dediqué a explorar cada rincón de su cuerpo. Un metro con noventa y tres de delicia pura. Su cuerpo era la gloria. Su cabello mojado escurría haciéndolo lucir como

