Estiré mi mano y de un manotazo apagué la molesta alarma del despertador. Los rayos de sol se colaron por la ventana de mi cuarto. Me removí entre las sábanas y sonreí al ver el lado vacío de mi cama. Ya no estaría desocupado, pues Anna llegaba esa tarde. Teníamos varias semanas sin vernos. Yo estaba ocupado con asuntos de la casa productora y ella en Milán, llevando las riendas del lanzamiento de su segunda línea de ropa. Miré la hora y me percaté que eran las nueve de la mañana. Lo normal es que estuviera despierto a las seis y prepararme para mi sesión de footing diaria de siete a ocho, pero tenía solo dos días de haber llegado a Inglaterra y aun sentía los estragos del jet lag. Tomé una ducha rápida y al salir del baño le escribí al profesor Joseph O'Brien para recordarle nuestra

