Al llegar al restaurante vi que Anna no estaba, así que proseguí a hacer lo que ella siempre demandaba, una mesa cerca de la ventana para evitar los repentinos sofocos que le daban. Yo siempre bromeaba con ella al respecto y le decía que ya estaba menopáusica, lo que a ella le daba mucha gracia y terminaba haciendo gestos típicos de ancianita. A mí me encantaba eso, Anna se tomaba la vida a la ligera y yo también. Tenía veintinueve años de edad, pero tenía la mentalidad de una mujer de cuarenta. Era madura y centrada. «¿Cómo será Jessica en ese aspecto? ¿Le gustará gastar bromas? ¿Charlar de tonterías? ¿Hacer tonterías?». ¿Por qué diablo no dejaba de pensar el ella? ¡Maldición! Me lleve las manos a la cabeza. Me sentí muy frustrado porque por más que lo intentara no podía dejar de pensar

