—No, Corbin. Sabes muy bien que no puedes irte así por así —dijo Clint, quien era el productor ejecutivo del filme en el que estaba trabajando, luego de varios intentos por persuadirlo para que me permitiera viajar a Londres. —Lo sé Clint, pero necesito verla y saber cómo está —insistí. —Ella está bien, Corbin. Me encargué de averiguar acerca de su estado. Está siendo atendida por grandes profesionales de la salud. No tienes de qué preocuparte. —Por favor, Clint. Te lo imploro. Has una excepción. Será cuestión de un fin de semana —imploré. —No puedo Corbin. Sabes que no está en mis manos. No puedo decidirlo. —Por favor. Nunca te he pedido nada. ¿Y si hubiese… —de solo contemplar la idea hizo que se me erizara la piel—, pasado algo peor? ¿Tampoco me dejarían ir? —Eso ya serian palabra

