Comenzaba a sentirme viva. Hacer algo tan distinto a mi rutina diaria, el arriesgarme a intentar algo diferente me hizo sentir una clase de ansiedad muy agradable, ¿es eso posible? Me obligué a concentrarme y enfocarme en mi papel. Me puse el vestido sin perder tiempo. Me quedaba un poco grande, pero no le di importancia.
Regresé de nuevo a mi libreto e hice un repaso rápido.
Respiré profundo y me encomendé a los diose del teatro.
—Ya es hora —Adrián me susurró al oído.
Me di la media vuelta y me dirigí hacia el escenario.
La música comenzó a sonar y mi corazón palpitó a mil por hora.
Los actores fueron saliendo uno a uno a escena. Yo permanecí atenta a la señal de Adrián para entrar a escena. Cada vez estaba más cerca el momento de actuar y comenzaba a sentirme muy nerviosa.
Cuando llegó mi turno, por fracción de segundo me congelé, pero respiré profundo y me olvidé del mundo. Fue como si una especie de espíritu del teatro se hubiese incorporado en mi cuerpo, podría jurar que la mismísima Talía se apoderó de mí, guiándome durante todo el performance, pues al cabo de mi interpretación, yo no recordaba nada de lo que ocurrió. Tal vez los nervios fueron tan extremos que causaron ese efecto en mí.
Miré a mi alrededor y pude percibir que todos aplaudían y sonreían, indicativo de que lo había hecho bien.
¡Lo logré! ¡Me sentí genial!
—¡Bravo! —gritó Adrián mientras me miraba con una gran sonrisa.
—Great! That was amazing —escuché una voz desde lo más alto del recinto, seguido de un eufórico aplauso.
Entorné mis ojos y traté de aguzar mi vista para ver a la persona que se movía a lo lejos.
—¿Quién es ese? —pregunté a Adrián.
—Es un cazatalentos londinense —respondió mi amigo, como si hablara de algo muy trivial.
Mis ojos se abrieron con sorpresa.
—¿Qué? Dijiste que no habría público. ¡Me engañaste! —le recriminé, lanzándole una dura mirada.
Adrián se encogió de hombros.
—Si te lo decía no ibas a querer presentarte —se acercó y trató de pasar su brazo sobre mis hombros, pero lo esquivé—. No te preocupes. Él vino a ver a Magdalena —aclaró y señaló a la chica que interpretó a Julieta—. Lo hiciste muy bien. No tienes que avergonzarte de nada.
Pude ver por el rabillo del ojo que un hombre muy alto, de cabello entre castaño oscuro y cenizo, de unos cincuenta años de edad, se acercaba al escenario y hablaba con uno de los actores.
—Adrián —una de las actrices lo llamó y él se giró hacia ella—. El señor Byrne quiere hablar contigo —le dijo.
Mi amigo me sujetó la mano con fuerza y me regaló una linda sonrisa que hizo que me terminara de calmar.
—Esperáme detrás del escenario —me indicó—. Iré enseguida.
Hice lo que me pedía. Me situé en un sitio donde no estorbara el paso de los muchachos que se encargaban de guardar el material de atrezo.
Desde donde estaba podía ver a Adrián hablando con el cazatalentos. Era un hombre caucásico con grandes ojos de color azul. Ambos estrecharon sus manos y dialogaron de forma amena.
De repente vi que el semblante de Adrián cambiaba de alegre a confundido. El hombre le dijo algo y mi amigo, quien se giró hacia Magdalena. Ella también se veía muy confundida. Observé en silencio la incómoda escena. Adrián dijo algo y el hombre de cabello cano rió. Magdalena se cruzó de brazos, notablemente molesta.
Lo que sucedió luego no me lo esperaba. Los tres, Adrián, Magdalena y el cazatalentos se giraron a verme. Di un respingo y traté de salir del campo de visión de ellos.
¡Dios! Pensé que tal vez el sujeto estaba molesto porque una novata había participado en la obra. Quizás se sentía ofendido. Tomé la decisión de decirles que fue idea mía, que yo insistí. No podía dejar que mi amigo se metiera en problemas por mi culpa.
—Jessica —oí la voz de Adrián—. Vení un momento, por favor.
Mi corazón se aceleró.
—Lo siento mucho, amigo. Yo no quería causarte problemas…
Él me miró con el entrecejo fruncido.
—¿De qué hablás?
—Yo no pensé que… —mascullé a medida que me acercaba a él—, esto pudiera causarte problemas. De haberlo sabido yo…
Adrián me puso la mano en la espalda y me guió al escenario de nuevo. Yo sentí que la cabeza me daba vueltas y que el corazón se me saldría por la boca.
—Ella es maravillosa —dijo el cazatalentos en inglés, mirándome a mí.
Sentí que mi cerebro se desconectaba de mi cuerpo. No entendía que era lo que estaba sucediendo. Miré a mi amigo, buscando una explicación. Él se encogió de hombros.
—Señor Byrne, ella es una amiga mía. Está debutando hoy —dijo Adrián en el mismo idioma natal del cazatalentos británico—. Ella es Magdalena. Ella es la razón por la cual está usted aquí. Ella fue la que envió la carta para ser considerada para la beca —comentó, señalando a la otra chica.
En ese momento agradecí que mi padre hubiese pagado por el curso intensivo de inglés que hice cuando era una niña de trece años de edad.
—No. La razón por la cual estoy aquí es porque vine a buscar a alguien que me sorprendiera con su increíble talento. Esta chica lo hizo —el hombre me miró a mí y sonrió con amplitud.
¿Qué? Él estaba diciendo que estaba en busca de alguien con un talento increíble y que ese alguien era yo. Tenía que ser una jodida broma. Abrí mis ojos de manera exorbitante ante mi sorpresa.
—Por favor, escúcheme —Adrián se veía muy afligido—. Jessica no pertenece a la compañía del Gran Rex, de hecho es su primera vez sobre un escenario. Ella es una amiga mía a la que invité a unírsenos hoy, solo por diversión. Era un juego entre nosotros. Ella ni siquiera sabía que usted estaba aquí. Usted debe…
No supe si sentirme bien o mal por lo que decía Adrián. Estaba muy consternada con lo que estaba sucediendo. Me limité a quedarme callada y ver como de desarrollaban los acontecimientos.
—No me diga lo que tengo o no tengo que hacer, muchacho —el hombre interrumpió a Adrián, lanzándole una dura mirada. Me miró de nuevo a mí y su semblante se suavizó—. ¿Me dice que es su primera vez sobre un escenario? ¡Wow! Me dio la impresión de que tenía toda la vida haciéndolo —el señor Byrne se acercó a mí y me escudriñó con la vista—. Es un placer conocerla, señorita. Me llamo Sean Byrne. Vengo de Londres, buscando nuevos talentos —extendió su mano hacia mí.
Yo respondí su gesto con cortesía.
—El placer es todo mio. Soy Jessica Sandoval —respondí en inglés con una tímida sonrisa.
—Es usted un diamante en bruto que me gustaría pulir —el señor inclinó su cabeza con la elegancia que caracteriza a los ingleses.
—Debe ser una puta broma. ¿Verdad? —dijo Magdalena en español y me lanzó una mirada despectiva—. No puede ser posible que una novata sea más halagada que yo, que soy la estrella—. Adrián se encogió de hombros—. Esto es inaudito. Esto es humillante —soltó ella, dándose media vuelta para marcharse, pero antes de hacerlo se giró hacia mi amigo—. Muchas gracias por joderme, Adrián.
Pude ver malestar en la cara de mi amigo. Por mi culpa se ganó una enemiga. Pero él no tenía la culpa, así que tomé el valor para intervenir.
—Señor Byrne —dije en inglés—. Agradezco sus amables palabras, pero esto es un malentendido. Yo no…
—Esperáme fuera, Jessica —susurró Adrián a mi oído, interrumpiéndome—. Trataré de arreglar esto.
Asentí con la cabeza e hice lo que me pedía. Salí casi que corriendo del teatro, sintiendo que mi corazón palpitaba a mil por hora.
Salí del recinto y bajé las escaleras. Me senté a esperar a Adrián en el piso inferior del complejo. No lograba asimilar lo que acababa de pasar. Todo se me hizo muy surreal. Me llevé las manos a la cabeza y solté un suspiro de frustración. ¿Por qué siempre que decidía arriesgarme a hacer algo distinto, sucedía algo que me hacía pensar que acababa de cometer el peor error de mi vida? Algunas lágrimas se asomaron en mis ojos. Me sentí aterrada. De seguro esa chica no se quedaría de brazos cruzados y tomaría represalias en contra de Adrián por lo que sucedió.
¡Dios! Mi amigo no se merecía eso.
Miré el cielo y me di cuenta que estaba comenzando a anochecer. Miré mi reloj para saber la hora. Iban a ser las siete de la noche. No era sensato estar en la calle a esa hora. Me vi tentada a llamar un taxi para irme a casa, ya hablaría con Adrián luego, pero cuando estaba dispuesta a salir de allí, vi que mi amigo se acercaba en dirección a mí.
—No lo entiendo —dijo una vez que estuvo frente a mí.
Caminó de un lado a otro, llevándose las manos al rostro. Agitó su cabeza como si algo lo perturbara.
—¿Qué sucede? —pregunté con cautela.
—Se supone que él venía por Magdalena —dijo entre dientes.
Comencé a sentir ansiedad. Adrián no dejaba de moverse de un lado al otro y eso me puso los pelos de punta.
—Ya dejá de moverte y decime, ¿qué rayos está sucediendo?
—¿Sabés hablar inglés a la perfección? —inquirió él sin rodeos.
—Sí. ¿Por qué? —respondí de igual manera.
—¿Tu pasaporte está en regla? ¿Tus documentos? ¿Todo? —Adrián me bombardeó de preguntas.
Fruncí el entrecejo y lo miré con desconfianza.
—Sí. A principio de año, a Benjamín se le metió la idea en la cabeza de irnos a Italia a probar suerte por allá, pero los planes se cayeron cuando su papá le pidió que se encargara de la clínica. ¿Por qué? ¿A qué se debe el interrogatorio?
—¿Tenés visa? —continuó indagando.
—Ehmm —balbuceé.
—¿Tenés visa o no? —insistió.
—Tramité una para ir la zona Schengen. ¿Podés decirme de que se trata todo este interrogatorio? —ya comenzaba a desesperarme.
—Esa visa no te sirve.
—¿Para qué? —levanté la voz.
—Escúchame bien, Jessica. Una oportunidad como esta, se da una sola vez en la vida —hizo una pausa, se giró y señaló hacia arriba—. El hombre que está allá es uno de los cazatalentos más importantes del Reino Unido. No sé qué rayos vio en ti, pero se encaprichó contigo.
—¿Se encaprichó conmigo? ¿De qué estás hablando? —mi ingenuidad no me permitió pensar con claridad.
—¡Escucháme! —Dejé de mirar hacia donde se suponía que estaba el cazatalentos y volví a mirar a mi amigo, quien me observaba con insistencia—. De todos los actores que están aquí, él se fijó en ti. ¿Por qué? No lo sé, pero esto es serio.
—Adrián yo no pretendía causarte ningún problema —traté de disculparme por cualquier malentendido que pudiera haber causado.
—Dejáme terminar de hablar… —por primera vez en mi vida veía a Adrián hablar tan serio, así que decidí prestarle toda la atención posible—. Llegaste esta mañana quejándote de tu vida, pidiendo a gritos una aventura, pues se te dio —soltó una pequeña carcajada.
—No entiendo nada…
—Sean Byrne es el asignador de becas de la Academia de Música y Arte Dramático de Londres. Escucháme bien, Jessica. Él venía con una carta de invitación abierta y un permiso especial de estudiantes para llevarse a Magdalena a estudiar actuación en Londres, pero… —sacudió la cabeza con incredulidad—. ¡Mujer! Debés tener un ángel que te adora allá en el cielo, porque… —volvió a menear la cabeza—, por cuestiones del destino, hoy vienes a verme, yo te pido que participés en la obra y… —se llevó las manos a la cabeza.
—Decime de una buena vez que está sucediendo —me exasperé.
Él me sujetó de los hombros y clavó sus ojos en los míos.
—Esta es una oportunidad única en la vida. Se trata de una beca completa. La institución se encargará de proveerte un lugar para hospedarte, durante el período de estudio. Además, costearán todos los gastos de tu viaje y se encargarán de tramitar tu visa y demás procesos pertinentes. Impactaste a Byrne. De aceptar la propuesta, que de seguro lo harás, salís mañana en la noche para Londres —hizo una pausa y se inclinó hacia mí—. Si por alguna razón en el mundo, siquiera llegás a dudar en irte, te digo que serías la tonta más grande del planeta.
—Pero no puedo irme así no más. Mis padres… Benjamín…
Puso su dedo índice sobre mis labios.
—Nada de peros.
—Es una locura. No puedo irme así, yo…
—¡Maldición, Jessica! Este tren está a punto de partir, debes abordarlo ya. ¡Tomá una jodida decision ya!
De repente, algo retumbó en mi mente…
«Londres... Corbin Windsor».
Un pensamiento superfluo me transportó a la hermosa ciudad de Wimbledon, lugar de nacimiento de mi hombre de ensueño. Estaría cerca de él. Mis probabilidades de conocerlo serían mayores, en comparación con las que tenía si me quedaba en Argentina.
«¿Pero qué coño estás pensando? ¡Tú tenés novio! ¡Tenés una vida acá!», me espetó la voz de mi consciencia. «Sí, una vida aburrida e infeliz», pensé. «La oportunidad de ir Londres no se presenta todos los días», le respondí a esa vocecita odiosa de mi cabeza. Ella contraatacó. «Londres no queda a la vuelta de la esquina sino al otro extremo del Atlántico».
¡A la mierda!
No podía desaprovechar esa oportunidad.
En eso, Adrián tenía mucha razón.
Era el momento de arriesgarme por una vez en la vida.