Una semana después. Los Angeles, California. Silencio total, un par de velas y la luz de la luna, eran los únicos testigos de esa noche perfecta. Ella lo miró con timidez y él sonrió. Él deseaba hacerle muchas cosas a la mujer que tenía enfrente. Un festín para los sentidos. El corazón de ella latió acelerado ante la expectativa de lo que estaba a punto de suceder. Él se acercó con toda la delicadeza posible e introdujo sus manos por debajo de la blusa de ella. Sin poder evitarlo, la piel de Jessica se erizó al tacto de esas manos varoniles. Eso no estaba en el plan, pero a él le encantó, por la autenticidad que le aportaba al momento. Ella se mordió el labio y dejó escapar un gemido. Él sonrió de nuevo, mientras la despojaba de su blusa. —He esperado tanto este momento —confesó ella

