Capítulo 7.

1477 Words
La pelirroja descendía del vehículo, mientras pensaba en cuál era su mejor opción en ese caso. Aunque no tenía muchas, estas tampoco le daban la sensación de sosiego. No conocía Manhattan, no le resultaba nada agradable tener un esposo que la encerraba para no darle libertad de al menos salir al pasillo. No quería volver a casa de los Bohemond, porque Lorcan tenía la manera de obligarla a hacer lo que quería y en el palacio Visconde, nadie le abriría los brazos para darle la bienvenida. Pero quería a su nana con ella. Comenzar una vida lejos de todos, al menos, mientras encontraba la forma de liberarse de las tres cadenas que ahora la estaban ahogando. Tenía cinco mil dólares y una habitación de hotel donde la llevaría por el momento. Por lo que con el nerviosismo que llamar a esa casa le causaba, tomó el teléfono y marcó el número de la mansión Bohemond. La voz de una de las empleadas contestó enseguida. —Necesito contactar a la señora Winifred— trató de que nadie reconociera su voz. —¿Puedo hablar con ella? —La señora que busca ya no vive aquí— la respuesta la hizo cuestionar enseguida si estaba hablando a la mansión Bohemond—. Lo que sucede es que ella era una persona de compañía de alguien que ya no vive aquí. Entonces fue enviada a las… La voz de Yara detuvo a la chica, preguntando con quién hablaba. Tuvo que colgar de inmediato, pues no debía pensarlo mucho para pensar a donde habían enviado a Winifred. Trabajar en minas era el único trabajo al cual podían enviar a alguien de su edad. Y eso fue mucho pero que saber que estaba sola en una casa dónde ninguna de las dos eran prisioneras. Tenía que encontrar la forma de llegar a ese sitio para llevársela. Orvyn la llevó algunas veces cuándo los demás también llevaban a sus esposas, aunque no era agradable por la crueldad con la cuál los Bohemond sometían a todos, nunca tenía derecho a abrir la boca para replicar. Pagó un taxi hasta el sitio más cercano, mirando todo el tramo que debía caminar, la ola de arrepentimiento llegó por los zapatos que llevaba. Pero no podía comprar otro par cuando el dinero era limitado. Llevaba los mismos con los que salió de Manhattan y mientras sirvieran los seguiría usando. —Señorita, este sitio es peligroso para alguien como usted— le dijo el taxista. —¿Segura que es aquí a donde quería venir? —Sólo espere una hora, prometo que voy a pagarle todo el tiempo que tarde— acomodó sus guantes. —No es eso, sino el sitio tan…aquí nadie viene —explicó el hombre al verse rodeado de un solitario lugar, en donde lo único que podía sentir era un frío atroz. Sin embargo, prometió quedarse hasta que llegara. Harper comenzó su camino, recorriendo el terreno repleto de rocas que la hacían tener que usar todo su entrenamiento para caminar con esos zapatos. Fue preparada por personas que le exigían perfección absoluta en su imagen, en cada momento, que ahora era la única manera que conocía. La melena rojiza destacaba en el lugar, pues un sitio donde había poca visibilidad de colores vivos, el fuego ondeándose era lo único que podía resaltar. En cuanto llegó, se acercó al cerco de mallas que limitaba la zona para cualquier curioso. No era una opción subir. Por lo que revisó algún desperfecto que se alegró de hallar a unos cuantos metros. Los Bohemond siempre se quedaban de quienes trataban de escapar, pero jamás arreglaban las fallas de nada, porque representaba un gasto que no tomarían. Avanzó más rápido, notándose que su guante se había descolocado. Le acomodó el broche y continuó hasta que comenzó a escuchar el ruido de picos y martillos golpeando las rocas. El olor a barro, humo y pólvora inundó sus fosas, viendo la imagen más grotesca de personas bajando por los escalones hechos en el suelo. Mujeres, hombres y personas mayores. Pero lo que más presionó su pecho fue ver a niños en la esquina, esperando a sus padres, cuidando de los más pequeños. Pero la falta de oportunidades llevaban a muchos a aceptar ese trato tan inhumano, por lo que hacer juicios por dejarlos ahí no era su derecho. Aunque ellos, al menos, contaban con algo que ella jamás tuvo. Sus padres. Se escondió cuando vio varios autos detenerse a la vez frente a la puerta. Los niños se alejaron enseguida al escuchar al grupo que se acercaban algunos hombres desde la mina. Su corazón se detuvo al ver a Winifred siendo arrastrada con ellos, mientras Lorcan caminaba furioso desde las camionetas que esperaban por él. —Tú niñita me ha dado muchos problemas y si estás aquí es por su culpa— indicó hacia su nana. —Aunque al parecer, a ella no le quedó claro lo que debía hacer y tengo que recordarle lo que tiene que darme. —No lo conseguí porque ni siquiera pude salir de la habitación— dijo Harper detrás suyo. Pues entendió lo que querían hacer con Winifred. —Me encerraron y no tenía más poder que una rata más en esa casa. —Eso es algo que podías resolver fácil— el padre de Orvyn se giró hacia ella. —Tan complicado no es que le ruegues a tu esposo por ser llevada a las reuniones cómo el trofeo que eres. —¿No entiendes que no fui tomada en cuenta jamás? —Le disparaste a tu marido en tu boda, pedazo de estúpida —la tomó del mentón con fuerza. Harper lo empujó, pero Lorcan la volvió a tomar con más fuerza. —Que no se te olvide que tengo tu vida, tu libertad, tu pasado y la vida de tu nana en mis manos— la fuerza ejercida en su cabello le nubló la vista. —Porque al único al que le sirves es a mí. A tu familia le da igual tenerte o no. Les hago un favor, quitándoles de encima a una asesina nata y por elección cómo tú y, por ello no van a interferir —la puso de rodillas. Las rodillas de Harper dolieron al ser presionadas con más fuerza. —Suéltala. No la toques— peleó su nana por ella. Pero fue ignorada, pese a sus gritos desesperados. —Llamé para preguntar por tí a casa de tu marido y ¿sabes qué dijo?— la lanzó al piso. —Te habías ido de su lado. Ni siquiera se esforzará en buscarte porque así cómo al resto del mundo, no le importas. Harper apretó sus ojos para no dejarse llevar por sus emociones. —Supe que vendrías por tu vieja y no se me da la gana darte privilegios que no te mereces —la tomó del pelo, recibiendo el golpe que ella le estampó en su defensa. —Mata a la esclava. —¡No! —Harper se levantó enseguida. Lorcan enredó la mano en su cuello. Ella no quería llorar, pero todo la estaba sobrepasando. —Puedo intentarlo de nuevo. Tengo dinero para un boleto de avión. Voy a regresar y…haré que me tomen en cuenta. Pero no me la mates. —Así me gusta —se acercó a ella. —Pero no vas a regresar allí. Tu marido dejó muy claro que no le interesa nada de tí. Me dijo muy seguro que podía hacer contigo lo que yo quisiera— resaltó. —Lo que necesito de tí es que te prepares, porque tu nombre ya está ligado a los Crown y no sabes cuántos pagarían sumas enormes por tener a una de sus mujeres. Harper quiso vomitar enseguida. El asco fue un golpe que acabó con su fortaleza totalmente. Eso era mucho para soportar. Lo único que quería era huir. Pero no tenía que negarse. La posibilidad de hacerlo era nula y por ello, la subieron al vehículo que la sacó de la mina junto a Winifred para que la ayudara a prepararse. Su actitud fría regresó mientras se daba un baño, actuaba en automático mientras secaba su cabello y veía la lencería elegida por otros. Todos a su alrededor le daban instrucciones hasta que pidió un respiro para poder hacerlo sola. —Mi niña, no tienes que… —Calla, Win— deslizó el vestido sobre su cuerpo. —Trata de encontrar la forma de salir de aquí. Vamos a escapar, pero tendremos que correr. —¿Qué? —Prostitución es lo único que no podría soportar, nana— sabía que la observaban por las cámaras. —Nos iremos. Aunque deba incendiar este sitio entero, nos iremos. Prefería la cárcel o cualquier otro lugar, que quedarse para que Lorcan la vendiera solo por ser la esposa de alguien que detestaba cada vez más.
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