Una semana en Zermatt, entre encuentros y desencuentros que parecían algo comprometedores, había pasado. Y Olivia Rous descubrió dos verdades fundamentales: que el ambiente del pueblo era lo que ella deseaba para su vida, y que el padre Claudio Marccetti tenía la extraña costumbre de aparecer justo cuando ella estaba a punto de hacer el ridículo.
La confirmación de la segunda llegó esa mañana, cuando Olí, en su afán por ayudar, había decidido demostrar que era una «simple mortal trabajadora» y aceptó pintar una cerca del orfanato.
—¿Has pintado antes? —preguntó doña Dorotea, entregándole una brocha.
—Claro —respondió Olí con seguridad—. Pinté… eh… una pared en París.
Eloisa la miró con expresión sospechosa. Olí empezó sin tener la más mínima idea de cómo hacer su trabajo. Y cinco minutos después, Olí tenía pintura blanca en el cabello, en la mejilla, en la sudadera y, misteriosamente, en una ceja.
—¿Eso es arte abstracto? —preguntó una voz conocida detrás de ella.
Olí se giró de golpe.
Claudio estaba ahí. Sonriendo. No su sonrisa sacerdotal correcta. No. La sonrisa peligrosa.
—Me distraje —respondió ella, sintiendo calor en su rostro.
—No todos nacimos sabiendo pintar cercas y salvar almas.
—Lo siento —dijo él, conteniendo la risa—. Es que… tienes pintura aquí —señaló su mejilla—. Y aquí… y aquí… —señaló con el dedo.
Y cada roce quemaba en la piel de Olí. Ella dio un paso atrás.
—Perfecto. Gracias por el informe detallado —dijo, y dio media vuelta y corrió al baño.
Entró y quedó de espaldas a la puerta, y se dejó resbalar hasta quedar en cuclillas. Cerró los ojos y suspiró profundo. Se puso de pie y caminó a limpiarse; se miró al espejo y tocó cada parte donde Claudio la había rozado. Después regresó nuevamente sin mirarlo. Tomó la brocha y empezó a pintar de manera torpe, tanto que cada brochazo que daba era una lluvia de pintura.
Claudio tomó una servilleta del bolsillo y, antes de que ella pudiera protestar, se acercó para limpiarle la mejilla. El gesto fue automático… hasta que ambos se quedaron inmóviles. Sin imaginar que unos ojos curiosos los estaban observando desde hacía días.
«Demasiado cerca», pensó el anciano sacerdote Ricardo, que los miraba.
—Quizás, hijo mío. Quizás esa sea tu verdadera redención. Porque está claro que no es tu vocación.
Claudio limpió la mejilla y, muy despacio, deslizó la servilleta por el labio inferior mientras Olí lo miraba intensamente.
—Listo… —dijo él, retirando la mano de inmediato—. Esto no es apropiado —susurró.
—Tranquilo, padre —respondió Olí con una sonrisa torcida—. No pienso confesarme por una brocha.
Eloisa, observando desde lejos, negó con la cabeza.
Claudio cometió su primer gran error, sin pensarlo.
—Doña Olga —dijo—. Las muchachas han trabajado duro. Tal vez… podrían acompañarme por un café. Como agradecimiento.
El silencio fue tan notorio como el cruce de miradas entre Eloisa, doña Dorotea y doña Olga.
Olí levantó la vista lentamente.
—¿Un sacerdote invitando a dos trabajadoras y sin dinero a un café?
—Es… café fraternal —se defendió él.
—Muy fraternal —respondió Eloisa con sarcasmo.
—¿Con torta? —preguntó Olí.
Claudio suspiró.
—Con torta.
—Acepto —respondió, limpiando sus manos en su ropa.
Eloisa levantó el pulgar. Y salieron los tres, subieron a la camioneta y fueron al centro del pueblo. Llegaron a un lugar muy pequeño y acogedor.
El café resultó ser el inicio de una amistad… y peligrosamente romántico.
Olí observaba a Claudio mientras hablaba con el mesero, y algo dentro de ella se divertía demasiado.
—Entonces —dijo ella, apoyando el mentón en la mano—. ¿Siempre quiso ser sacerdote? —preguntó sin más.
—No —respondió él con honestidad—. Quise ser muchas cosas antes de eso.
—¿Actor? —preguntó Olí, con ojos brillantes.
—¿Por qué actor?
—Porque tienes cara de hombre que dramatiza todo.
Claudio rió... Y ese sonido… Eso fue un problema. «Qué hermoso ese acento de su risa», pensó ella.
—¿Y tú? —preguntó él—. ¿Siempre quisiste huir?
—No huir —corrigió ella—. Elegir. Elegir mi libertad.
—Eso suena peligroso.
—Lo es. Pero es divertido.
Eloisa los observaba, divertida.
—Bueno —los interrumpió—. Yo iré al baño. No hagan nada ilegal mientras vuelvo.
—¡Elo! —protestó Olí.
—Bromeo… más o menos —dijo Eloisa, sonriendo, y se alejó.
El silencio se volvió extraño.
—Olivia —dijo Claudio con suavidad—. Tengo que ser claro contigo.
—Uy. Eso nunca empieza bien.
—Soy sacerdote. Y aunque ahora esté… —se miró a sí mismo—. Tomando café y riendo demasiado… mi vida tiene límites.
Olí lo miró fijamente.
—Tranquilo, Claudio. No estoy tratando de seducirte.
—Gracias a Dios —dijo, levantando las manos.
—Pero —añadió ella—, si lo hiciera, probablemente funcionaría.
Claudio tosió y se atragantó con el café.
—¡Olivia! —pronunció, sin saber exactamente lo que sentía en ese momento.
—¿Qué? —respondió ella, bebiendo su café tranquilamente, y sonrió—. Humor n***o. Relájate.
Eloisa regresó justo a tiempo para ver al sacerdote que seguía tosiendo.
—¿Me perdí algo bueno? —preguntó, alternando miradas entre ellos.
—No. Nada —dijo Claudio rápidamente.
—¿Seguro? —insistió, mirando a Olí sonreír.
—Absolutamente nada —confirmó Claudio.
—Claro —dijo Eloisa, aceptando en apariencia esas respuestas y sentándose en su lugar.
Olí y Eloisa terminaron su café entre conversación y chistes que ponían a Claudio en aprietos.
—Muchas gracias por el café, padre Claudio. Pero tenemos que volver a nuestro trabajo —dijo Eloisa, y se despidieron. Olí extendió su mano, sintiendo una sensación electrizante recorrer su cuerpo. Olí se despidió y Claudio respondió.
—Gracias por la invitación, Claudio.
—Siempre que pueda.
Dos días después.
Zermatt era un pueblo pequeño… y muy hablador.
—Dicen que el padre Claudio tiene novia —susurró una señora en la panadería.
—¿Quién? —preguntó otra.
—Una jovencita. Una de las invitadas de doña Olga. Muy bonita, por cierto.
Olí escuchó eso mientras pasaba en bicicleta y por poco se chocó.
—¿Novia? —repitió—. ¡Yo no soy su novia! —trató de aclarar.
—Entonces, ¿por qué lo vieron riendo contigo? —preguntó la señora, desconfiada.
—Porque… —pensó rápido—. ¿Qué tiene de malo que un sacerdote se ría? —respondió con otra pregunta, porque no sabía qué contestar.
Salió de ahí roja de vergüenza. Pedaleó tanto que llegó a casa de Olga. Bajó, dejando la bicicleta tirada en el portal, y subió corriendo a la habitación. Entró al baño y se lavó el rostro. Se miró al espejo por largo rato.
«Dicen que el padre Claudio tiene novia... Una de las invitadas de doña Olga», esas palabras retumbaban en su mente.
—No es posible. No pueden estar hablando de eso —se dijo, mirándose al espejo.
Los golpes en la puerta la sacaron de su ensimismamiento. Eloisa entró y la vio extraña.
—¿Qué pasa, Olí? Llegaste como un rayo. No me escuchaste.
—No te vi.
—Lo sé, por eso estoy aquí. Dejé a doña Olga con las vacas.
—¿Las vacas?
—Sí... vacas. Desde mañana nos enseñará a ordeñar. El hombre que lo hacía se enfermó, y necesitamos leche para los pastelitos y el chocolate.
—Eso es peligroso.
—Más peligroso es lo que estás sintiendo, Olí.
—¡Aaam! ¿Qué cosa siento? —preguntó, fingiendo no saber.
Eloisa la miró y entrecerró los ojos.
—Nada —respondió Olí, desviando la mirada.
—Olí. Mira que te conozco bien.
—El pueblo entero está rumorando cosas que no están pasando.
—¿Qué hiciste, Olí?
—Nada.
—Aún, Olí. Aún.
—Ya, Elo, no empieces tú también.
—Será mejor irnos de aquí. Por el bien del padre.
Olí la miró fijamente.
—Se supone que eres mi amiga.
—Y lo soy. Pero este juego que se está iniciando es muy peligroso. Saldrás lastimada. Y el padre... bueno, no sé qué pasará con él.
Olí cayó sentada al borde de la cama. Su corazón latía tan fuerte.
Mientras tanto, Claudio estaba de regreso en la parroquia. Fue directo a su habitación, se duchó, se cambió y después salió al salón del credo.
El padre Ricardo estaba en oración; Claudio entró sin interrumpir. Se inclinó de rodillas y elevó sus plegarias por sus hijos, mientras que en su mente retumbaba la imagen de Olí.
«Padre, perdóname. Dame fuerzas para no caer en tentación. Siento que me estoy quebrando. Pero no puedo... tengo que pensar en mis hijos, en estar preparado para enfrentarme a ellos. Esperar. No puedo ir en contra de su tiempo. Solo tengo que ser paciente».
El sacerdote mayor salió del cuarto de oraciones. Y después lo hizo Claudio.
—Hijo... ¿podemos hablar? —dijo el padre Ricardo.
Claudio se giró y se acercó.
—Padre.
—¿Todo bien, íntimamente? —preguntó, mirando a Claudio parpadear—. ¿Algo nuevo que tengas que decirme?
Claudio titubeó, pero logró mantenerse firme.
—Nada importante, padre Ricardo. Tiene que conocer a las chicas que trabajan con doña Olga. Me alegra mucho que tenga compañía —dijo Claudio sin mirar a Ricardo.
—Mírame a los ojos, hijo —ordenó Ricardo.
Claudio parpadeó y lo miró, sintiéndose delatado. ¿Pero de qué? Si hasta ese momento estaba seguro de que solo eran pensamientos que sabría controlar.
Claudio miró a Ricardo, y el anciano sacerdote sonrió.
—Nunca antes vi ese brillo en tus ojos. Siempre vi tristeza y soledad. Pero ahora es diferente. ¿A qué se debe ese cambio?
Claudio tragó grueso, sintiendo una presión en el pecho.
—Padre... yo...
—Claudio. Cuando llegaste aquí, te recibí no solo como a un hijo de Dios. Te recibí roto, destruido, y el ver cómo luchabas cada día por reconstruirte me hizo ver el valor que le das a las decisiones que tomaste. La iglesia te abrió las puertas. Y mi corazón también.
—Y yo valoro eso.
—¿Y no crees que merezco saber lo que pasa?
Claudio dudó un momento. Miró a Ricardo y suspiró profundo.
—No está pasando nada, padre Ricardo. Y no pasará. Estoy a la espera de la decisión de venir y enfrentarme a Enzo, Paolo y Emiliano.
—Pide a Dios que te ilumine, hijo. Si fue difícil para ti, imagínate lo que será para mí enterarme de una verdad tan dura.
—Lo sé, padre.
Ricardo se alejó de Claudio, dejándolo pensar en lo que estaba por enfrentar.
Claudio miró al cielo y cerró los ojos.
—No pasará nada, señor. No puedo pasar a más.
El padre Claudio entró a la iglesia para empezar con su labor.
El crujido leve de la puerta de madera resonó, mezclándose con el eco de las campanas que acababan de marcar la hora. El aire olía a incienso y cera derretida, un aroma que siempre le recordaba que, pese a sus dudas, aquel lugar seguía siendo su refugio.
Avanzó lentamente por el pasillo central, con la sotana rozando el suelo. A cada paso, las imágenes de los santos parecían observarlo, no con juicio, sino con una paciencia que a veces le resultaba más pesada que cualquier reproche. Se detuvo un instante frente al altar, inclinó la cabeza y cerró los ojos.
—Dame claridad, señor —murmuró—. Aunque no sea la respuesta que espero.
Encendió una vela y, mientras la llama tomaba fuerza, pensó en las confesiones que escucharía ese día, en las cargas ajenas que se sumarían a las suyas. Sabía que su labor no era solo repetir oraciones, sino escuchar, acompañar, sostener silencios. ¿Pero quién lo sostenía a él? Pensó por un momento, sintiendo dudas por esa inquietud nueva en su pecho, una sensación de que algo... o alguien... estaba a punto de poner a prueba todo aquello en lo que había creído.
Cuando levantó la vista, notó que no estaba completamente solo. En uno de los últimos bancos, una figura permanecía sentada, inmóvil, como esperando el momento exacto para hablar. El padre Claudio respiró hondo. Acomodó los pliegues de su sotana y se preparó para comenzar, sin imaginar que aquella jornada marcaría un antes y un después en su vocación.