Tatiana Volkova se quedó de pie, frente a la casa de su prometido Vladimir. No tocó la puerta, pues temblaba del nerviosismo. Al final no tuvo que golpear la puerta, pues esta se abrió abruptamente y del interior, una mujer de avanzada edad salió. Era la madre de Vladimir.
Tatiana tragó saliva. Estaba nerviosa. Ver a su futura suegra solo le ponía los nervios de punta, pues sabía que la madre de Vladimir no la quería como la esposa del muchacho. Era algo congruente, más teniendo en cuenta el origen común de Tatiana y lo acomodado que era Vladimir.
Era más que seguro, la mujer sospechaba que ella solo estaba con su hijo por interés.
—Buenas noches, señora —saludó mientras trataba de esbozar una sonrisa. Pero en su lugar, logró salir una mueca.
La madre de Vladimir la observó de arriba abajo y sin decir nada se retiró.
La hija mayor de los Volkov se quedó de pie, tensa por el desplante de la entongada mujer. Pero, esa sensación desapareció después de esperar un rato, pues Vladimir salió de la casa.
—¿Tatiana? —la observó con dureza. Vladimir la tomó por el brazo hasta conseguir llevarla hacia el jardín trasero de la casa, lejos de la entrada principal—, ¿qué haces aquí?
Tatiana observó el agarre Vladimir. La zona donde el hombre había apretado estaba ahora roja.
—Necesito tu ayuda —respondió finalmente—. No hay nadie más que me pueda ayudar.
—¿Qué sucede?
Tatiana trató de no llorar. A Vladimir le disgustaba verla mientras lo hacía. Determinó que en ese momento lo que necesitaba era endurecer los ojos y convencerlo de ayudarla. Nada de sentimentalismos.
—Vova, se trata de Anastasia —dijo débilmente. Un nudo se le hizo en la garganta—. No está en casa… Está en un tren hacia la región de Nóvgorod.
Vladimir la observó en silencio. Su expresión había cambiado completamente, y definitivamente estaba más preocupado que la propia Tatiana. Sin embargo, ella no notó nada extraño en eso, tal vez porque su mismo desespero no le permitía pensar con claridad.
—¿Por qué hizo esa estupidez? —reclamó a gritos.
—Fue detrás de Nikolái…
—¿Nikolái? —bramó enojado—. ¿Quién es ese tal Nikolái?
—Es nuestro vecino. Recientemente llegó desde Moscú, pero lo conocemos desde que era un niño. Él y Anastasia eran compañeros de juegos, son muy amigos —explicó rápidamente—. El hermano pequeño de Nikolái fue evacuado en un tren hacía la región de Nóvgorod, pero ese tren fue bombardeado por los alemanes. Nikolái fue a buscarlo y Anastasia se fue tras él más tarde.
—¿Trenes a Nóvgorod? Ya no están saliendo trenes con evacuados de la ciudad, ¿Cómo pudo haber salido de Leningrado?
—No lo sé, Vova… Algo debió haber hecho para salir. Sabes cómo es ella.
—Solo pudo haber salido en el tren que evacuaba la maquinaria de una fábrica… Solo ese tren tenía permitido salir de la ciudad.
Tatiana quedó en silencio. Si ya no había más trenes asignados para salir de la ciudad con pasajeros, eso significaba que ella no tendría más oportunidades para ir a buscar a Anastasia. Lo había pensado bien, pero no quería quedarse de manos cruzadas y sin hacer nada… Alguna salida debía haber.
—¿No puedes emitir un permiso para que yo salga?
—¿¡Como quieres que haga eso!? —bramó Vladimir de mal humor—. No soy el líder del partido en la ciudad, soy solo el secretario de su departamento.
—Pero algo puedes hacer, ¿verdad?
Vladimir la observó. Se notaba a leguas que estaba enojado.
—Sí, puedo hacer algo, pero de eso me encargo yo.
—¿Qué quieres decir? —reclamó Tatiana harta de su mal comportamiento con ella—. Anastasia es mi hermana, ¿por qué no puedo encargarme yo?
Vladimir se acercó mientras la tomaba con fuerza de los brazos.
—¿No lo entiendes? —preguntó mientras sonreía con burla. Luego de darse cuenta de que se ponía en evidencia, la soltó abruptamente—. ¿Eres el secretario de un departamento en Smolny?
Tatiana no entendía la irritación de Vladimir y no tenía la intención de seguirlo provocando. Suspiró cansada antes de caminar de regreso, alcanzó a dar unos cuantos pasos cuando Vladimir volvió a tomarla de los brazos, pero esa vez con suavidad.
Tatiana explotó. Se dio la vuelta, deshaciendo el agarre de Vladimir.
—¿Qué es lo que pasa contigo, Vladimir?
—Lo siento, yo… he tenido un mal día.
—¿Qué culpa tengo yo de eso? Solo vine aquí a buscar ayuda, pero tú eres un grosero. Me voy. Sabes, olvida que vine aquí.
Vladimir corrió tras ella. Antes de que saliera del jardín, la abrazó. Tatiana se quedó quieta entre sus brazos. Simplemente estaba harta de Vova, pero no podía decirlo por miedo a hacerlo enojar y que definitivamente no la ayudara a buscar a Anastasia. A regañadientes lo abrazó. Mentalmente se condicionó a aceptarlo de manera sistemática y sin reproches.
—Es tarde —susurró Vladimir—. Debes irte.
Tatiana apretó los puños. Estaba ardiendo de la rabia, pero se contuvo. Solo ella sabía cuánto había retenido su genio y cuánto le había costado mantenerse al margen. Le enojaba saber que Vladimir la había retenido solo para él poder despedirla. ¡Le encantaba tener el control de las cosas!
Tatiana caminó de regreso dando pasos airados, pasó por el lado de su hermano Alexéi, haciendo que el muchacho hiciera una mueca burlona. Al salir a la calle, se sintió renovada, estaba lejos de Vladimir y eso le aliviaba.
—¿Qué sucedió? —preguntó cuando llegó al lado de Tatiana.
—Nada. Logré convencer a Vova de ayudarme a encontrar a Anastasia.
—Eso es bueno. ¿Por qué estás enojada?
—Porque las cosas entre Vova se están volviendo más difíciles… No entiendo qué es lo que le pasa. Se comporta agresivo conmigo.
Alexéi siguió caminando junto a Tatiana. Analizaba con detenimiento las palabras de su hermana, pues quería ayudarla en lo que se refería a su futuro, y evitar que cometiera un error del que más tarde se arrepintiera.
—¿Qué sucedió?
—Estaba enfadado. Me gritó en cuánto le dije que Anastasia no estaba en la casa.
—Deberías dejarlo.
Tatiana dejó de caminar. Ambos se detuvieron en medio de la acera.
—No haré eso.
—¿Por qué?
—No me conviene hacerlo, porque él me ayudará a encontrar a Anastasia.
Alexéi sonrió con burla. Las sospechas que tenía respecto al amorío de su hermana con el secretario del partido habían resultado ciertas. Se enojó, se sintió deshonrado, pues su misma sangre resultaba traicionera y falta de valores.
—¡Estás con él por interés! —vociferó enfadado—. No lo amas, Tatiana.
—¿Quién te crees para meterte en mi relación? —estalló—. No te inmiscuyas en mis problemas, Alexéi Volkov.
—Tanushka, eres mi hermana mayor y te respeto, pero eso que estás haciendo no está bien… No lo amas. Por favor, reacciona.
—Alexéi, estás delirando. Yo lo amo… Además, se trata de Anastasia y no quiero arriesgarme a nada.
Tatiana volvió su camino hacia la estación del tranvía. Alexéi la observó hacerlo y poco después la siguió. Cuando montaron al transporte, cada uno tomó un asiento diferente, con el fin de no crear más discordias.
Tatiana suspiró cansada en cuanto su cuerpo tocó el asiento del tranvía. Observó por la ventana todo el recorrido mientras internamente evaluaba las palabras de su hermano.
Las luces de la calle nocturna le asfixiaron la visión. Nadando en medio de pensamientos profundos y lagunas pantanosas que nunca habían sido exploradas, Tatiana sopesó por primera vez que en realidad no amaba a Vladimir, sino que se sentía deslumbrada por su cartera y posición.
De reojo observó a Alexéi, quien estaba sentado en la última hilera del tranvía. Tatiana no pensó aceptarlo nunca, pero la verdad era que nunca había amado a Vladimir… Después de todo, su hermano tenía razón. Ella era una interesada sin valores. Pero ¿qué podía hacer? La vida en la ciudad no era fácil para aquellos que estaban desamparados por el gobierno, así que lo único que le quedaba era recurrir a un hombre con dinero.
Aunque ella trataba de justificarse, muy dentro, en su conciencia, una leve alarma sonaba… Siempre había estado sonando. Sin embargo, ella vez tras vez la había silenciado hasta volverla un chillido tenue y sin importancia.
Su moral se había corroído con la omisión de valores éticos y familiares.