Anastasia no sabía cuánto tiempo había pasado acostada en la camilla, pero supuso que muchas, pues el sitio empezaba a oscurecerse y por eso las enfermeras y doctores del lugar se empeñaban en conectar la electricidad.
Ella observó a la enfermera entrar a su cubículo y le sonrió.
—¿Cómo estás, Anastasia? —preguntó mientras sonreía ampliamente—. Pronto anochecerá. Debes dormir, que mañana a las dos de la madrugada saldrá el tren hacia Leningrado.
Anastasia sonrió. Y mientras la enfermera salía, ella miraba su pie vendado. Suspiró aburrida, pero sonrió nerviosa cuando recordó cuanto había lloriqueado cuando le regresaron el hueso del pie a su lugar. Se enrojeció de la vergüenza cuando por su mente pasó el rostro del teniente Alexandr, que al escuchar gritos entró para ver qué sucedía. El hombre se mostró tan confundido como Anastasia y la enfermera, pues siendo ella una mujercita todavía lloraba como una niña de cinco años a la que inyectaban durante revisiones médicas.
Anastasia dejó que el pensamiento se fuera acallando en su mente, pues más adelante el recuerdo no sería tan vergonzoso.
Anastasia entrelazó las manos en su regazo y observó a través de la tela mal amarrada los últimos rayos de sol, que entraban con timidez y que con el paso del tiempo palidecían hasta extinguirse y darle paso a la luz de la luna.
La llegada de la noche le hizo recordar a Lena, a Denis y a Nikolái. Pensar que la muerte estaba tan cerca le aterraba y enojaba de igual manera. Tan solo deseaba que Nikolái hubiese encontrado a Denis con vida y que pudiera regresar también a Leningrado.
La guerra parecía estar lejos de la ciudad, pero Anastasia sabía de primera mano que tan solo faltaba tiempo para que los alemanes estuvieran a portas de Leningrado. Sin embargo, su mente no llegaba a dimensionar lo que eso significaba. Ella no tenía idea de que la ciudad padecería el peor y más brutal de los ataques, uno inhumano, que solo dejaría desolación y zozobra entre la población.
Anastasia dejó que las horas siguieran pasando. Y aunque estaba en un lugar asediado por las bombas, se sentía muy tranquila. Tal vez… el hombre no le tenía miedo a la muerte, sino a morir abandonado. Entre pensamientos distantes y sin sentido, Anastasia fue quemando el tiempo que faltaba para dormirse.
Se obligó a hacerlo tan pronto como pudiera, pues antes de las dos debía despertar para abordar el tren con destino hacia Leningrado. La idea de regresar le asustaba, pues tenía el sonido de los cañones y las bombas grabado en la mente. Finalmente, se durmió. Hacerlo fue muy fácil, ya que después de los de toda la dificultada por fin volvía a sentirse entre las personas, y de alguna forma, mucho más tranquila.
El sueño fue tranquilo. Las inquietudes todavía no se habían instalado en el corazón de la pelirroja, quien ignoraba todas las vicisitudes de una vida adulta durante la guerra. Un momento en donde las noches eran interminables y tortuosas, como la desesperación de un alma inquieta, que no veía salidas.
…
Anastasia despertó. La enfermera se estaba encargando de quitar el suero intravenoso.
Estaba oscuro y ella tenía sueño. Bostezó lentamente, pero las ganas de dormir no desaparecieron. Ocurría todo lo contrario, Anastasia solo deseaba volver a recostarse sobre la camilla y dormir hasta que su cuerpo dijera no más.
—¡Vamos, Anastasia! —animó la enfermera con su usual sonrisa. A Anastasia le parecía curioso que, en medio de la guerra y la muerte, la mujer todavía tuviera ganas de sonreír. Eso era admirable—. En el tren tendrás tiempo para dormir.
Anastasia no le creyó. Sonaba utópico dormir en un tren que podía ser bombardeado en cualquier momento.
—No creo —respondió.
—Bueno, levántate, que el teniente te está esperando.
Anastasia se levantó de la camilla y se sostuvo con uno de sus pies.
—¿Me ayudas?
La enfermera asintió con rapidez, se aproximó a ella, la agarró por la cintura al mismo tiempo que Anastasia se sostenía de su cuello. Salieron al encuentro del teniente Alexandr, quién ya las esperaba desesperado.
—¡teniente, súbala rápido! —le dijo la enfermera mientras lo hacía sostener a Anastasia—. Dentro de unos minutos el tren estará tan lleno, que no tendremos más oportunidad para evacuarla.
El hombre asintió. Agarró a Anastasia y la condujo casi que cargándola.
Anastasia regresó la mirada a la enfermera y se despidió de ella agitando los brazos.
—¡Gracias!
La mujer le devolvió mientras le sonreía.
—¡Adiós, Anastasia!
Anastasia concentró su atención en el tren que se acercaba a la región. Las luces incandescentes la sobresaltaron y por un momento pensó haberse quedado ciega.
En ese momento, entendió por completo lo que allí sucedía… La gente estaba desesperada por regresar a la ciudad.
Cuando el tren se detuvo, el teniente la cargó entre sus brazos y la subió al tren tan rápido como pudo, pues si no se apuraba ella podía quedar sin ningún asiento. El tren estaba lleno de militares que regresaban de licencia a la ciudad para visitar a sus familias.
El teniente la sentó en el interior del vagón de pasajeros menos lleno.
—teniente, ¿usted regresará también?
El hombre asintió.
—Los hombres a mi cargo tienen licencia. Debo escoltar su regreso.
—Entiendo.
Anastasia quedó en silencio mientras lo observaba bajar del tren. A las afueras del tren, camiones militares con evacuados y soldados heridos en batalla empezaban a llegar para embarcar el tren. Ante toda esa cantidad de personas, Anastasia solo sentía desazón. No dejaba de pensar que, si la guerra no hubiese estallado, todas esas personas seguirían sus vidas, vivirían en tranquilidad, no estarían aterrorizados por el ataque alemán.
En cada rostro carente de emoción, Anastasia podía percibir el miedo de la gente y la incertidumbre que sentían respecto a sus futuros. Algunos sostenían pequeños maletines… En ellos guardaban toda una vida, todas sus esperanzas de vida.
Ver aquella escena la entristeció. No era justo, más bien era desconsolador.
Anastasia observó a través de la ventana a las personas que subían al tren. Pero no logró encontrar vida en ellas. Parecía que tan solo vivían por obligación, sin ningún anhelo ni ambición. Aquellos rostros estaban vacíos.
Devastada por aquel nuevo hallazgo, Anastasia decidió observar la luna brillante que se alzaba sobre el cielo ennegrecido. Agradeció con toda el alma haber hecho eso, pues a lo lejos alcanzó a reconocer la figura de Nikolái.
En un principio pensó haberse confundido, pero a medida que el muchacho corría en compañía de un niño, Anastasia supo que no estaba equivocada. ¡Ese era Nikolái en compañía de Denis!
El grito de alegría quedó ahogado en su garganta.
El tren hizo sonar la chimenea en repetidas ocasiones para hacer saber que pronto empezaría el viaje de regreso. Las enormes ruedas empezaron a deslizarse con mucha suavidad a través de los rieles.
Anastasia se alertó. Tenía a Nikolái tan cerca, pero a la vez tan distante.
—¡Kolya! —gritó mientras sacaba la mitad de su cuerpo por la ventana.
Nikolái la observó. Se sorprendió de verla montada en el tren, en realidad se sorprendía de verla allí cuando se suponía que ella estaba en Leningrado.
—¿Anastasia? ¿Qué haces aquí? —gritó mientras corría junto a Denis.
—¡El tren está a punto de salir! —gritó ella—. Deben apresurarse.
Nikolái hizo eso. Sabía que no debía perder dicho tren. Intentó en varias ocasiones lanzar a su hermano hacia las escaleras del vagón, pero no se atrevió a hacerlo.
Anastasia por su parte empezaba a perder las esperanzas. No veía más alternativa. Ellos perderían ese tren.
Nikolái no saltó. Más bien, corrió hacia la ventana donde estaba Anastasia y cargó a Denis, haciendo que ella por inercia lo empezara a alzar. El pequeño niño entró por la ventaba del tren.
—¡Tómalo, llévalo con mi madre! —le gritó Nikolái.
El muchacho dejó de correr. Su hermano al menos iría a la ciudad con la madre.
—¡Saldrá un último tren! —le avisó Anastasia.